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Publicado el 26 de diciembre, 2015

El discurso antiestatista

El ejercicio del poder estatal se vuelve cotidiano y asumimos que las prerrogativas de los gobiernos son legítimas en sí mismas, cuando en realidad ellas siempre deben pasar por la fiscalización institucionalizada de quienes son gobernados.
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En cada discusión de trasnoche que tengo sobre política, los ánimos de mis interlocutores se exaltan debido al tono antiestatista de mis palabras. Esa exaltación da paso al reproche, debido a que asumen que esa animadversión hacia el Estado es radical y poco constructiva. Eso no solo ocurre en esas instancias, sino que podemos ver diariamente en los medios, a una serie de intelectuales y líderes de opinión que se descargan contra el afán de quienes creen en el valor de una sociedad libre, por reducir el ámbito de poder el aparato estatal.

Aunque no es descartable que muchos de los críticos del Estado crean en la necesidad de su desaparición, la verdad es que el discurso antiestatista tiene otro objetivo. Si asumimos que el Estado es, innegablemente, una concentración de poder coactivo, es necesario que siempre se nos esté recordando que las cosas son así. Muchos esgrimen que esa concentración es legítima, lo que en buena parte es cierto, pero si olvidamos que esa legitimidad nace de los mismos ciudadanos, esa fuerza concentrada puede terminar volviéndose contra nosotros mismos. Así, el discurso antiestatista es más un recordatorio sobre el origen de esa legitimidad, más que un manifiesto efectivo de destrucción del Estado.

Al contrario de lo que muchos creen, no es solo a través del voto que esa legitimación se concreta. Tal como cierto académico ha mencionado, todos los días le damos nuestro beneplácito al Estado cuando decidimos no levantarnos contra él. Este reconocimiento tácito, sin la existencia de la opinión pública, puede convertirse en una inercia muy dañina para la vida cívica. Esto porque el ejercicio del poder estatal se vuelve cotidiano y asumimos que las prerrogativas de los gobiernos son legítimas en sí mismas, cuando en realidad ellas siempre deben pasar por la fiscalización institucionalizada de quienes son gobernados.

Lo problemático es que esta idea resulta chocante para quienes creen que todos los problemas deben ser resueltos a través del Estado. Lo necesario es, a la larga, que se instale la idea de la legitimación ciudadana. De esa manera nos ubicaremos en una posición no paternalista, que se atreve a ir más allá y pensar en soluciones fuera de lo estatal. El resultado sería una ciudadanía activa en un sentido integral y amplio. No una que reduce la participación en el ejercicio automático del voto. Solo teniendo eso en cuenta, la eterna vigilancia de la que hablaba Jefferson cobra real sentido.

 

Francisco Belmar Orrego, investigador Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO_

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