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Publicado el 28 de agosto, 2015

El dilema del gobierno: Corregir o perseverar

El gobierno está hoy paralizado. Reconocer su error de diagnóstico significaría expulsar a la izquierda autoflagelante que prefiere perseverar a aceptar que Chile hoy no comulga con sus ideas sesenteras.

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La oposición de los años 2011 y 2012 disfrutaba con la abrupta baja de aprobación que sufrió el gobierno del ex Presidente Sebastián Piñera como consecuencia de las movilizaciones estudiantiles. Veían ahí, la concreción del anunciado “malestar general que invadía a Chile”, como parten su libro los autores de “El Otro Modelo”. Este libro es bastante sintomático de lo ocurrido en nuestro país. Académicos y profesionales bien formados y partícipes de los gobiernos de la Concertación, veían en las movilizaciones estudiantiles el germen de un fenómeno de malestar generalizado que se originaba en las bases políticas y económicas del modelo neoliberal heredado.

La solución ante este diagnóstico desolador era clara. Había que deshacer, o quizás destruir, las bases institucionales y económicas que permitían la hegemonía neoliberal, para reemplazarlas por otras. Respecto del reemplazo había, sin embargo, poca claridad, más allá de un utópico rescate “del régimen de lo público”.

Este diagnóstico fue rápidamente adoptado por las fuerzas políticas de izquierda que, agrupadas en la Nueva Mayoría, renunciaban a su pasado deshonroso y autocomplaciente, que antes era motivo de orgullo, para transformar al país en uno de abusos, conflictos de interés y mentiras.

Detrás de ese diagnóstico vino el sacrosanto programa de Michelle Bachelet que, con grandes reformas: la tributaria, la educacional, la laboral y la constitucional, refundaría las bases políticas y económicas de nuestro país para superar el desahuciado modelo. Así, la Presidenta llegaba a Chile anunciando el inicio de un “nuevo ciclo político económico y social” y justificaba el “enojo” de los chilenos en la enorme desigualdad existente en el país. La victoria electoral no hacía más que confirmar a los embriagados miembros de la Nueva Mayoría que el vino de las reformas era el necesario para saciar la sed de justicia de los ciudadanos.

Se equivocaron. Chile efectivamente cambió, pero lo hizo para transformarse en un país de clase media. Como lo muestra el Pew Research Center, Sudamérica es el continente en que más crece la clase media en el mundo y dentro del continente la mayor clase media es la chilena. Es decir, nos enfrentamos a una sociedad más educada, con altas expectativas de movilidad social y con mayor acceso a bienes y servicios.

El cambio que los chilenos exigían no era acabar con el modelo de desarrollo que se venía consolidando desde el retorno a la democracia sino, por el contrario, completar ese proceso con apertura y modernización en las áreas faltantes. Avanzar gradualmente en aspectos sociales, institucionales y culturales que seguían anclados en el pasado.

Las reformas del gobierno se enfrentan hoy a esta realidad. Basadas en un diagnóstico equivocado, propusieron soluciones erradas que, al encontrarse con la oposición ciudadana, giran en círculos sin saber qué hacer. Así, una de las soluciones propuestas por Atria, Larraín y Benavente como la gratuidad universitaria, ya va por su quinta formulación, sin saber aún el rumbo que tomará.

El gobierno está hoy paralizado. Reconocer su error de diagnóstico significaría expulsar a la izquierda autoflagelante que prefiere perseverar a aceptar que Chile hoy no comulga con sus ideas sesenteras. No reconocerlo implica seguir en la caída libre de aprobación y llevar al país al fracaso  social, político y económico. ¿Qué hará? ¿Corregir o perseverar?

 

Juan Francisco Galli, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: MARCELO SEGURA/AGENCIAUNO.

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