Todos los chilenos conscientes y preocupados del futuro estamos abrumados por la incertidumbre de lo que ocurrirá en nuestro país a partir del 4 de septiembre próximo. Todos sabemos que lo que ocurra ese día determinará en gran medida lo que será nuestra vida de allí en adelante. Quizás analizar algunos desarrollos muy probables sirva, en esta instancia, para aminorar nuestra angustia. Y, curiosamente, resulta más fácil predecir el futuro en el caso de que triunfe el Apruebo que si ocurre lo contrario.

Ya se ha demostrado que Gabriel Boric ha elegido ser el mascarón de proa de la pandilla que lo gobierna antes que actuar para lo que fue elegido, o sea, como Presidente de Chile con las responsabilidades de tal. Si hubiera elegido otra cosa, no andaría aplanando calles para vocear un proyecto constitucional cuya aprobación sería catastrófica para el país, sino que estaría en La Moneda solucionando los agudísimos problemas de todo tipo que nos agobian. Y todos sabemos lo que ocurre con los problemas que no se atienden. Nos falta por saber si lo que hace es por ignorancia, incapacidad o simple deseo de apartar por algún momento a los moscardones que lo rodean, pero, por último, eso no importa porque el resultado es siempre el mismo: Chile está actualmente condenado a no tener Presidente responsable durante los próximos 4 años.

Otra realidad tangible a tener en cuenta emana de la experiencia histórica. Todos los gobiernos extremistas que ella registra siempre se derrumban por la crisis económica que sus políticas desatan. En nuestro caso, esa crisis se verá agravada por las circunstancias también críticas de la economía internacional. De modo que la crisis será más aguda y más rápida. Eso no lo sabe Boric, pero sí lo sabe bien el Partido Comunista, que ha sido expulsado a patadas de muchos países que había logrado apresar a consecuencias de la crisis que anticipo. Por lo tanto, el PC sabe que tiene un tiempo muy acotado para hacerse de un poder dictatorial que le permita sofocar con represión los intentos por arrebatarle el poder. Por lo señalado, si el 4 de septiembre triunfa el Apruebo, lo absolutamente predecible es un rápido intento de autogolpe de Estado.

Así pues, en ese evento, el día después es mucho más predecible que ese mismo día tras un triunfo del Rechazo. Si eso ocurre, no cabe duda que Chile puede tener la sólida oportunidad de eludir la muerte de su democracia, pero enfrentará el problema de solucionar todas las incongruencias que provoca la forma absurda en que se pretendió gestar una nueva constitución. Esta forma absurda obliga a aprobar el proyecto o rechazarlo en bloque, e impide que se rescaten de inmediato algunos aspectos positivos que pudiera tener. En otras palabras, la vía constitucional fue, desde su inicio, diseñada como opción de “todo o nada”, lo que desde ya mostró la filosofía que subyace en la praxis del marxismo leninismo, que siempre es una opción de “todo o nada” porque tiene la conciencia de que el socialismo a que aspira no se puede construir sin pasar por una etapa totalitaria.

Una larga experiencia me ha demostrado que no es frecuente que haya ciudadanos que comprendan la diferencia que hay entre dictadura y totalitarismo. La dictadura es un sistema en que el poder se detenta por la fuerza y no existe oposición política que pueda contradecir el dictado del mandatario supremo. Es por eso que la mayor parte del gobierno de Pinochet acepta el título de dictadura. Pero el totalitarismo es una dictadura que pretende gobernar no solo la actividad pública del individuo, sino que pretende también gobernar todos los aspectos de su vida. Por eso, los gobiernos comunistas que registra la historia aceptan el título de totalitarios, porque no solo pretendieron siempre gobernar las actuaciones, sino que siempre pretendieron, además, educar las conciencias.

Así pues, de triunfar el Rechazo tendremos que acordar formas de dar a luz una nueva constitución mediante algún procedimiento racional sobre el que no ha habido tiempo para alcanzar un acuerdo básico. Ese es un problema arduo, pero no imposible, y estoy seguro que la dura experiencia que vivimos será el mejor soporte de ese acuerdo mayoritario.

Ciertamente que al superar el problema ineludible de forjar una nueva constitución, que tal vez recoja más de lo que se supone del disparatado proyecto emanado de la Convención, igual tendremos que lidiar con la crisis económica que, aunque amortiguada por el optimismo de la nueva situación, es severa. Habrá que restaurar las confianzas para que, en lugar de sangrar a Chile con la fuga de capitales, estos se vuelvan a volcar en el desarrollo productivo, en la generación de trabajos estables y bien rentados, en la creación de proyectos renovadores. No existen ejemplos en la historia de situaciones económicas críticas que se hayan superado sin recurrir a ese flujo positivo de capitales. Contra lo que creen los marxistas, el capital es mucho más trabajo ahorrado que el instrumento de poder de una clase para oprimir a otras. Esto tal vez fue verdad en un cierto periodo de la historia, en el cual ellos se empantanaron para siempre, pero está ampliamente superada por las etapas más modernas del devenir colectivo. Si no hubiera sido así, haría mucho tiempo que nuestro mundo se hubiera sumido en un holocausto terminal.

Espero que estas reflexiones sirvan para ayudar a la racionalización de la angustia que hoy nos embarga. Siempre las angustias se calman cuando se racionalizan y, sin duda, es la fórmula que tenemos que seguir para lo que ocurre hoy día: predecir racionalmente lo que será el día después.

*Orlando Sáenz es empresario.

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