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Publicado el 13 de marzo, 2015

El desencanto

El desencanto no tiene explicación científica. Uno no sabe exactamente en qué momento se instala esa sensación extraña, el pudor por habernos dejado engañar y la decepción por lo que no fue.
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Han transcurrido apenas doce meses desde que la Presidenta Bachelet, por segunda vez en su vida y en gloria y majestad, cruzara el salón de honor del Congreso con la banda presidencial sobre sus hombros. Un año desde que, algunas horas después, y asomada al balcón de La Moneda, reiterara las promesas de igualdad “para todas y todos” y fuera interrumpida una y otra vez, por los aplausos cariñosos de quienes, en representación de los casi 3 millones y medio de chilenos que la habían elegido, la acompañaban en la Plaza de la Constitución.

Y ha transcurrido también un año desde que jurara y prometiera (algunos se ofenderían si nos saltamos la precisión) esa aplastante Nueva Mayoría, que desembarcaba en la Cámara de Diputados y en el Senado, eufórica de triunfo y convencida de representar hasta los más ocultos sueños de todo un país, que se encargaría de cumplir uno por uno.

¿Qué pasó en estos 12 meses? ¿Por qué se ha desplomado la aprobación ciudadana de una mandataria que contaba con el cariño y confianza de millones de personas? ¿Por qué un gobierno que promulga en menos de un año varias reformas emblemáticas, conmemora su primer año con más rechazo que apoyo?

¿Por qué la promesa más reiterada en campaña, una reforma educacional que aseguraría calidad e inclusión, es mayoritariamente resistida? ¿Por qué la reforma tributaria, aprobada en tiempo record y que pagaría solo el 1% más rico, despertó en un mes el malestar de la clase media y se mantiene hasta hoy con apenas un 36% de aprobación?

Probablemente la razón más inmediata y también la más sentida por la ciudadanía, es el deterioro evidente en tareas claves para que las personas funcionemos con razonable normalidad todos los días.

En un año el Metro ha fallado con más frecuencia que nunca en su historia, con un efecto devastador para la paciencia de sus pasajeros (llegar tarde al trabajo y arriesgarlo, es motivo suficiente para enojarse mucho con los responsables). La delincuencia se pegó un salto importante y según la Fundación Paz Ciudadana, el número de personas que fueron víctimas de un delito el año pasado alcanzó su nivel más alto en 14 años (43,5%). La Salud pública ha enfrentado cuatro paros, las listas de pacientes que esperan atención están volviendo a los niveles anteriores a 2010; y, sin más explicación que un confuso slogan para rechazar el aporte de privados a servicios públicos, se paralizó el proceso de construcción de 11 hospitales con el que sueñan desde hace décadas varias ciudades del país.

No es necesario mirar encuestas para comprobar que un amplio sector de la ciudadanía percibe hoy que, en vez de acercarse a esos sueños de igualdad que le prometieron hace un año, durante el primer gobierno de la Nueva Mayoría Chile retrocede respecto a lo avanzado en los últimos 25 años. En marzo de 2014, cuando se terminaba el gobierno de Sebastián Piñera, 7 de cada 10 chilenos creían que el país iba por “Buen Camino”; en febrero de 2015, menos de la mitad mantiene ese optimismo y se ha triplicado quienes creen que Chile va por “Mal Camino”.

La segunda razón es de fondo y, por tanto, revertir sus efectos es más difícil, salvo que se contara con la voluntad presidencial y de la izquierda, lo que parece muy poco probable. Algunos lo llaman un error de diagnóstico, en mi opinión es un profundo error de interpretación: un evidente divorcio entre lo que la Nueva Mayoría interpretó como demandas urgentes y aquello que los chilenos esperaban del gobierno que esta semana conmemora su primer aniversario.

Sin contar con más evidencia que su óptica ideológica (legítima, por cierto, aunque evidentemente equivocada), la izquierda entendió que para alcanzar calidad en la educación era imprescindible prohibir la legítima retribución de los sostenedores de colegios particulares subvencionados; y que la integración se cumplía poniendo fin a la selección de alumnos con mérito académico, en los colegios públicos reservados hasta hoy para que los mejores alumnos de familias vulnerables cumplan la aspiración de llegar a la universidad. Entendió que para cumplir con la promesa de igualdad era necesario ampliar la gratuidad incluso para los bienes privados (antes se llamaba confiscación, ahora se llama fin de los abusos), ahogar con impuestos el emprendimiento, poner trabas a la inversión e instaurar un monopolio sindical, que tendrá atribuciones exclusivas para acordar condiciones de trabajo y para decidir quiénes reciben beneficios y quiénes no. Entendió que mejor democracia era terminar con un sistema electoral, cuyo solo nombre convirtieron en un insulto (pese a que les permitió elegir a 11 diputados por arrastre en 2013) y reemplazarlo por otro con severos sesgos para favorecerse a sí misma y, por si esto fuera poco, que aumenta en más de 50 el número de parlamentarios.

El desencanto no tiene explicación científica. Uno no sabe exactamente en qué momento se instala esa sensación extraña, el pudor por habernos dejado engañar y la decepción por lo que no fue. Algo como eso probablemente están sintiendo miles de chilenos desde hace meses.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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