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Publicado el 27 de junio, 2015

El costo de la impunidad

Consultor de empresas Jaime Jankelevich
El caso Vidal es un ejemplo de las oportunidades que Chile pierde para educar cívicamente y corregir, enviando señales que por muy idolatrado que sea alguien, estas conductas tienen consecuencias y se castigan.
Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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¿Qué hubiera sucedido si Arturo Vidal hubiese sido marginado de la selección nacional después del bochornoso incidente en que se vio involucrado, y no admitido y perdonado como ocurrió en la realidad?

Talvez la respuesta de una señora Juanita entrevistada en la TV refleja el sentimiento que hubiera prevalecido en un amplio sector del país. Al preguntársele qué diría si sacaran a Vidal de la selección, ella dijo “no mató a nadie, no causó heridas graves a nadie, así es que si lo sacan, quemo el Estadio Nacional, porque tengo entradas para ir a verlo”.

Y lo más probable es que en el país real y en las redes sociales se hubiera desatado una reacción de rechazo de insospechados alcances y no habría sido raro haber presenciado un espectáculo de declaraciones de apoyo al jugador por parte de las más altas y variadas personalidades del quehacer nacional, exigiendo su reintegro a la roja y criticando abiertamente una medida disciplinaria de esa naturaleza.

Pero ya sabemos que la decisión fue otra. Reintegrarlo, perdonarlo y hacerlo jugar de titular ante Bolivia para recibir el apoyo de la hinchada que lo premió con una ovación, demostrándole que estaban con él, que no importaba lo que pasó, que nada podría bajarlo del pedestal de ídolo; que nadie podría arrebatarle su corona de Rey, que Chile podía permitirle que se vistiera con la roja y representara a nuestro país… porque era un grande, un intocable.

El resultado de todo esto es que, una vez más, se impuso la impunidad, talvez no legal en este caso, pero impunidad al fin, porque la sanción moral no existió; al contrario, se estimuló su conducta al premiarlo. En el análisis final, lamentablemente el costo de la impunidad es altísimo, pues genera el perverso incentivo de repetir conductas no sancionadas ni castigadas, pero aún peor, incentiva a otros a replicar esas conductas ante la total falta de consecuencias.

¿No es acaso la consecuencia del aumento indiscriminado de la delincuencia? ¿No es de lo que con justicia se quejan los agricultores de La Araucanía ante los innumerables atentados incendiarios y criminales en la región? ¿No se ve constantemente que esto es lo que sucede con quienes agreden brutalmente a Carabineros en las marchas, arrojándoles bombas molotov o pegándoles alevosamente sin que nadie esté ni siquiera detenido un día por mal trato de obra? ¿No pasa lo mismo con quienes destrozan propiedad pública y privada en las manifestaciones “pacíficas”? ¿O con quienes no pagan en el Transantiago? ¿O con aquellos que presentan licencias falsas? ¿O con un largo etcétera de transgresores de distinta índole que se sienten intocables y actúan en total impunidad gracias a la laxitud de las consecuencias?

El caso de Vidal aparenta ser distinto, pero la señal es idéntica. Vidal abusó de la confianza depositada en él, puso en riesgo la cohesión de su equipo en un momento crítico, violó la ley conduciendo en estado de ebriedad, agredió verbalmente a un Carabinero, y por todo aquello en lugar de ser drásticamente sancionado, fue premiado y además avalado por las más altas autoridades del país.

Estas son las oportunidades que Chile pierde para educar cívicamente y corregir, enviando señales que por muy importante, poderosa o idolatrada que pueda ser una persona, las conductas reprochables moral o éticamente o directamente ilegales tienen consecuencias y se castigan con la severidad que la transgresión amerita. Al no ser así, el famoso caiga quien caiga pasa a ser tan solo una inofensiva muestra de voluntarismo comunicacional y las conductas despreciables se seguirán repitiendo.

 

Jaime Jankelevich, Consultor de Empresas.

 

 

FOTO:CARLOS QUEZADA/AGENCIAUNO

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