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Publicado el 14 de febrero, 2020

¿El costo de hacerse escuchar?

La verdad es que lo que se obtiene por medio de la fuerza nunca es legítimo y menos sustentable. La violencia que presiona por una solución simplemente altera la priorización de un gobierno, pero no nos hace más ricos ni más felices, sólo distrae recursos de los que más necesitan a los que más gritan.

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Algunos sostienen que están en contra de la violencia, pero si no fuera por ella no los hubieran escuchado. El argumento es verídico: siempre se escucha a la violencia y al griterío (no lo sabrán las guaguas), la pregunta es si es moralmente aceptable y económicamente rentable.

Los que defienden la tortura, argumentan parecido, que ésta es necesaria para obtener información gracias a la cual se salvan vidas. Un supuesto fin altruista justifica un medio inaceptable.

Otros dicen que la violencia ha sido eficaz para que abran la billetera. Como que las lucas estaban escondidas y el gobierno tacaño no las soltaba.

Este es otro argumento económicamente errado y moralmente inaceptable; es la del mafioso que cobra protección contra sí mismo. La verdad es que lo que se obtiene por medio de la fuerza nunca es legítimo y menos sustentable. La violencia que presiona por una solución simplemente altera la priorización de un gobierno, pero no nos hace más ricos ni más felices, sólo distrae recursos de los que más necesitan a los que más gritan.

Con este estallido, los jubilados les quitarán recursos a los jóvenes; los que pelean contra el “tag” a los que andan en micro; los deudores del CAE a los párvulos, y la señora Juanita mejorará su pensión, pero su hijo perderá la pega. El costo de hacerse escuchar lo pagaremos todos y lo sufrirán mayoritariamente los que se mantuvieron en silencio.

Por otra parte, hay quienes sostienen que los perjuicios económicos reales y presentes son un pequeño precio que pagar por los beneficios futuros, utópicos e ideales que se obtendrán de los cambios “estructurales”. Este pensamiento representa la expresión cúlmine del raciocinio primate. Es como el chiste del gallego que compraba en 10 lo que vendía en 8 porque su negocio era el volumen. Hay que ser muy limitado para creer que la destrucción, desempleo, menor inversión y caída del crecimiento económico actual es un buen negocio porque en el futuro tendremos mejores pensiones, salud y educación.

De hecho, gracias a la violencia hoy todos los chilenos somos más pobres que hace 50 días, las casas, ahorros y trabajos valen menos. Eso lo reflejó la bolsa, el dólar y se notará en el desempleo, inflación y remuneraciones. Todos perdimos esa riqueza y nadie la ganó, simplemente la quemó la violencia y la intolerancia.

La riqueza no es un cofre con monedas, es un gas que se desvanece rápido porque depende de un factor que se llama confianza. ¿Cuánto vale una mansión en Caracas? El dueño perdió toda esa riqueza y no la ganó nadie. Debemos entender que la economía es un ecosistema  delicado en que está todo en equilibrio. La confianza produce inversión, ella genera crecimiento que crea trabajo y paga remuneraciones e impuestos. Es el círculo virtuoso de la creación de riqueza.

La épica juvenil de esta protesta evoca a esos jóvenes llenos de testosterona que después de un siglo de paz y prosperidad en Europa marcharon cantando a matarse en las trincheras de la primera guerra mundial. Después de millones de muertos, ninguno se acordaba porqué marchó ni porqué peleaba.

Por eso, a la hora de asignar responsabilidades por la crisis económica autoinfringida que se nos viene, que no lo engañen, la culpa será de la violencia y de los que la justificaron y apoyaron, no del gobierno, los empresarios o la Constitución.

Para mí, el daño peor no ha sido económico, ha sido moral, ha sido un ataque devastador al alma humana. Cuesta reconocernos en lo que vemos en la calle; jóvenes emulando a los nazis humillando inocentes obligándolos a bailar, quemando iglesias, dividiendo el mundo entre flaites y cuicos; despreciando la democracia y tirando bombas molotov a un par de carabineras adolescentes.

El Presidente del Banco Central nos advertía que de seguir así, retrocederíamos 27 años en desigualdad. Es una pena por los que marcharon por parecernos a Australia, porque terminaron ayudando a los que quieren que nos parezcamos a Venezuela.

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