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Publicado el 12 de agosto, 2015

El consejero florentino y nuestra crisis de conducción

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner
Nuestra coyuntura política y escena gubernamental se prestan para un análisis con mirada maquiavélica (en sentido positivo, no de caricatura).
José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro

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En medio del torbellino de confusiones, apelo una vez más a la sabiduría de Niccolo Maquiavelo (1469-1527), el ilustre consejero florentino cuyos consejos –precisamente por su antigüedad y entregados ya a la atemporalidad– no pueden ser tildados de interesados u oportunistas.

Recurro a él, además, porque a partir de los últimos sucesos se vuelve imprescindible contar con un parecer independiente, ajeno a las ambigüedades de palacio y alejado del choque entre rupturistas y reformistas en los laberintos del poder. En efecto, durante una misma semana hemos presenciado una seguidilla de fenómenos político-comunicacionales contradictorios que no tienen una racionalidad fácilmente comprensible.

Primero, un cónclave del gobierno y la Nueva Mayoría (NM) que concluye sin un aparente desenlace, donde al final manda la indefinición y apenas se logra mantener la unidad de la administración. Con todo, hubo una modesta ratificación del programa bacheletista y el compromiso de la Presidenta de llevarlo adelante graduando el ritmo pero sin renunciar a los objetivos ni a los medios.

Esto fue leído por los analistas y proclamado por las pantallas de TV como una derrota del realismo político, virtud que tanto interesaba a nuestro ilustre consejero. Y a partir de ahí, se concluyó que representaba un serio debilitamiento de los dos principales ministros, cargos a los cuales Maquiavelo atribuye especial importancia, como veremos a continuación.

Expuestos a esta ordalía simbólica –prueba ritual usada en la antigüedad para establecer el verdadero status de los sujetos interpelados–, los dos secretarios ministeriales reaccionan con una pública maniobra de reafirmación del realismo político y la prudencia. A su turno, ese gesto es interpretado por la intelligentsia local y deconstruido por los media como una audaz contraofensiva en el tablero del poder cortesano. A media semana algunos se preguntaban incluso, aunque discretamente, si acaso los ministros estaban despidiéndose de sus cargos –“not with a bang, but with a whimper”, No con un estallido, sino con un quejido (TS Eliot)– o bien si previo a embarcarse en tan audaz maniobran ellos mismos habían presentado la renuncia a sus cargos a la Presidenta, quien la habría rechazado, ratificando de esa manera el curso medio, moderado, junto con amortiguar el efecto del cónclave.

Quienes así piensan, señaló al día siguiente la Presidenta, cometían un grave error de comprensión. Puro wishful thinking –esto es, imaginación o deseo de algo que carece de todo realismo– dijo en una sorpresiva entrevista dominical. Se completaba de esta manera una semana de intensas batallas comunicacionales en la esfera del poder gubernamental. Apenas 24 horas después de la entrevista presidencial, el ministro de Hacienda anunciaba una revisión de la reforma tributaria, sin que los voceros oficiales hayan podido explicar aún si se trata de un giro hacia el realismo o de una renuncia sin realismo.

Estos son los datos de la coyuntura. Escuchemos ahora al consejero del Príncipe, sea hombre o mujer. (Textos de El Príncipe, Editorial Liber Electronicus. Subtítulos míos).

De príncipes irresolutos

«Acerca de este punto quiero presentar un ejemplo moderno. El sacerdote Luc, dependiente de Maximiliano, actual emperador, dice de él que no toma consejo de nadie, y que, sin embargo, nunca hace nada a su gusto. Ello proviene de que Maximiliano sigue un rumbo opuesto al que he indicado. Es un hombre misterioso, que no solicita el parecer ajeno ni comunica sus designios a persona alguna. Pero cuando los lleva a ejecución, sus cortesanos empiezan a contradecírselos, y desiste fácilmente de ellos. De aquí resulta que las cosas que hace un día las deshace al siguiente, que no prevé jamás sus proyectos ni sus actos y que no es posible contar con sus resoluciones».

De las promesas que no se deben guardar

«Cuando un príncipe dotado de prudencia advierte que su fidelidad a las promesas redunda en su perjuicio, y que los motivos que le determinaron a hacerlas no existen ya, ni puede, ni siquiera debe guardarlas, a no ser que consienta en perderse».

De la volubilidad de los hombres

«Y obsérvese que, si todos los hombres fuesen buenos, este precepto [el anterior] sería detestable. Pero, como son malos, y no observarían su fe respecto del príncipe, si de incumplirla se presentara la ocasión, tampoco el príncipe está obligado a cumplir la suya, si a ello se viese forzado».

Del realismo con renuncia

«Nunca faltan razones legítimas a un príncipe para cohonestar la inobservancia de sus promesas, inobservancia autorizada en algún modo por infinidad de ejemplos demostrativos de que se han concluido muchos felices tratados de paz, y se han anulado muchos empeños funestos, por la sola infidelidad de los príncipes a su palabra. El que mejor supo obrar como zorro [el animal astuto] tuvo mejor acierto».

Del nombramiento de ministros como espejo de príncipes

“No es cosa de poca importancia para los príncipes la buena elección de sus ministros, los cuales buenos o malos, según la prudencia usada en dicha elección. El primer juicio que formamos sobre un príncipe y sobre sus dotes espirituales, no es más que una conjetura, pero lleva siempre por base la reputación de los hombres de que se rodea. Si manifiestan suficiente capacidad y se muestran fieles al príncipe tendremos a éste por prudente puesto que supo conocerlos bien, y mantenerlos leales a su persona. Si, por el contrario, reúnen condiciones opuestas, formaremos sobre él un juicio poco favorable, por haber comenzado su reinado con una grave falta, escogiéndolos así».

De antiguas injurias ha de cuidarse el Príncipe

«Cualquiera que crea que los nuevos beneficios hacen olvidar a los eminentes personajes las antiguas injurias, camina errado».

Del afecto del pueblo

«Así, el pueblo sometido por un príncipe nuevo que se erige en bienhechor suyo, le coge más afecto que si él mismo, por benevolencia, le hubiera elevado a la soberanía. Luego el príncipe puede captarse al pueblo de varios modos, pero tan numerosos y dependientes de tantas circunstancias variables, que me es imposible formular una regla fija y cierta sobre el asunto, y me limito a insistir en que es necesario que el príncipe posea el afecto del pueblo, sin lo cual carecerá de apoyo en la adversidad».

De necesidad, virtud

“Pero en épocas revueltas, cuando el Estado más necesita de los ciudadanos, son poquísimos los que le secundan. Y la experiencia es tanto más peligrosa, cuanto que no cabe hacerla más que una vez. Por ende, un soberano prudente debe imaginar un método por el que sus gobernados tengan de continuo, en todo evento y en circunstancia de cualquier índole, una necesidad grandísima de su principado. Es el medio más seguro de hacérselos fieles para siempre”.

De la liberalidad fiscal

«Pero, como el que quiere conservar su reputación de liberal no puede abstenerse de parecer suntuoso, sucederá siempre que un príncipe que aspira a semejante gloria, consumirá todas sus riquezas en prodigalidades, y al cabo, si pretende continuar pasando por liberal, se verá obligado a gravar extraordinariamente a sus súbditos, a ser extremadamente fiscal, y a hacer cuanto sea imaginable para obtener dinero. Ahora bien: esta conducta comenzará a tornarlo odioso a sus gobernados, y, empobreciéndose así más y más, perderá la estimación de cada uno de ellos…».

De la avaricia como austeridad gubernamental

«¿Por ventura no hemos visto, en estos tiempos, que solamente los que pasaban por avaros lograron grandes cosas, y que los pródigos quedaron vencidos? El Papa Julio II, después de haberse servido de la fama de liberal para llegar al Pontificado, no pensó posteriormente (especialmente al habilitarse para pelear contra el rey de Francia) en conservar ese renombre. Sostuvo muchas guerras, sin imponer un solo tributo extraordinario, y su continua economía le suministró cuanto era necesario para gastos superfluos. El actual monarca español (Fernando, rey de Aragón y de Castilla) no habría llevado a feliz término tan famosas empresas, ni triunfado en tantas ocasiones, si hubiera sido liberal. Así, un príncipe que no quiera verse obligado a despojar a sus gobernados, ni que le falte nunca con qué defenderse, ni sufrir pobreza y miseria, ni necesitar ser rapaz, debe temer poco incurrir en la reputación de avaro, puesto que su avaricia es uno de los vicios que aseguran su reinado».

De la apariencia virtuosa y su utilidad

«No hace falta que un príncipe posea todas las virtudes de que antes hice mención, pero conviene que aparente poseerlas. Hasta me atrevo a decir que, si las posee realmente, y las practica de continuo, le serán perniciosas a veces, mientras que, aun no poseyéndolas de hecho, pero aparentando poseerlas, le serán siempre provechosas. Puede aparecer manso, humano, fiel, leal, y aun serlo. Pero le es menester conservar su corazón en tan exacto acuerdo con su inteligencia que, en caso preciso, sepa variar en sentido contrario».

Del bien y del mal en la política

«Un príncipe, y especialmente uno nuevo, que quiera mantenerse en su trono, ha de comprender que no le es posible observar con perfecta integridad lo que hace mirar a los hombres como virtuosos, puesto que con frecuencia, para mantener el orden en su Estado, se ve forzado a obrar contra su palabra, contra las virtudes humanitarias o caritativas y hasta contra su religión. Su espíritu ha de estar dispuesto a tomar el giro que los vientos y las variaciones de la fortuna exijan de él, y, como expuse más arriba, a no apartarse del bien, mientras pueda, pero también a saber obrar en el mal, cuando no queda otro recurso».

Hasta aquí los pensamientos del ilustre consejero.

¿Iluminan nuestra propia situación? Creo que sí, al menos sirven para reflexionar críticamente sobre aquella saliéndose de los parámetros habituales de análisis y del camino más transitado.

Resulta intrigante ver a Bachelet bajo esta luz, en el rol de la aconsejada; y a los secretarios de Estado bien o mal elegidos, a los que partieron y a los que recién llegan para cumplir (o no hacerlo, ¿quién sabe?) las promesas del programa.

Maquiavelo pone el foco sobre el poder donde está y luego observa cómo los hombres y los acontecimientos se mueven en torno de aquel. Hoy se diría: estudia las élites políticas y económicas y militares y religiosas como una trama en continuo movimiento, con sus desgarros y quiebres, recomposiciones e irradiaciones. Dice por ahí, recordémoslo, que las acciones humanas están determinadas en una mitad por su libre albedrío –su capacidad de prometer y cumplir o no, de hacer el bien o actuar el mal– y en la otra mitad, o casi, por la diosa Fortuna que a veces semeja un río desbordado.

Nuestra coyuntura política y escena gubernamental se prestan para un análisis con mirada maquiavélica (en sentido positivo, no de caricatura). En efecto, ¿qué ocurrió en la intimidad del cónclave, qué se quiso decir allí cuando se dijo esto o lo otro, quién calculó las probabilidades y anticipó el juego? ¿Y cuánto de lo que pasó con posterioridad fue obra de la virtú y cuánto de la diosa Fortuna? ¿Quiénes son los astutos y quiénes los fuertes, zorros y leones? ¿Y dónde en medio de esto están los partidos de la NM, las banderías como las llama Maquiavelo, con sus caudillos y falanges de seguidores? ¿Quién manda sobre quién y quiénes se quedarán al final con el poder y la gloria?

Y de continuar el actual estado de cosas, ¿cómo evolucionará el cuadro político-dramático? ¿Puede la Presidenta caer más abajo todavía en la opinión pública encuestada o comenzará pronto su recuperación? De ser así, ¿cuándo, cuánto y cómo? ¿Habrá cambio de rumbo o bien, como viene ocurriendo desde hace varias semanas, una suerte de gatopardismo inverso, que podría parafrasearse así: Si queremos que todo cambie, es preciso que todo siga como está…? En efecto, ¿a quién aprovecha el empate instalado en el corazón del gobierno si no al rupturismo apenas encubierto ahora de gradualismo? ¿Hay mayor realismo tras el cónclave o persiste el mismo deseo refundacional a la espera de una más generosa caja fiscal? ¿Cuánta tensión puede resistir el gabinete, la NM y la propia Presidenta? ¿Qué conviene al país, su desarrollo y estabilidad?

Claro está, Maquiavelo no tiene las respuestas, pero al menos nos advierte, como recuerda Quentin Skinner, historiador británico de las ideas políticas, que la clave de un gobierno exitoso está en reconocer la fuerza de las circunstancias, aceptando lo que la necesidad dicta y armonizando el propio comportamiento con los tiempos. ¿Acaso no consiste precisamente en eso el realismo o virtú como la llama Maquiavelo?

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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