Tras el terremoto político del domingo 4 de septiembre, dediqué casi todo el día siguiente a escuchar la lectura que de él hacía una interminable serie de personeros de todos los sectores políticos, comenzando por el propio Presidente Boric. Eso me terminó de convencer que, para entrar exitosamente en el mundo de la política chilena, se necesita dominar el arte de no escuchar o, más bien, de escuchar lo que se quiere oír. De toda esa interminable serie de declaraciones, la única que escuché que se acercara a lo que dijo el pueblo chileno fue la de José Antonio Kast.

Decir que el domingo el pueblo chileno, por abrumadora mayoría, simplemente dijo que no le gustaba una propuesta constitucional que ya había sido calificada a lo menos de confusa por sus propios defensores, es no entender en absoluto lo que realmente ocurrió. En verdad, el pueblo chileno dijo mucho más que eso: dijo que el gobierno de Boric había dejado de ser el depositario de una legítima soberanía porque había optado por ser el más comprometido de los derrotados por el telúrico escrutinio; dijo que su programa de gobierno había dejado de ser viable; dijo que su coalición política ya le era un estorbo más que una colaboradora; dijo que quería un gobierno que atendiera a sus principales angustias de estos tiempos y dejara de perseguir cambios profundos que ni siquiera sabe traducir en ideas coherentes y realistas. De todo eso, el único que insinuó entender el mensaje fue el Sr. Kast que apuntó certeramente a una verdad demasiado evidente para que no dé un poco de vergüenza tener que enfatizarla: que la votación había sido un plebiscito sobre Boric y su gobierno y no un simple juicio sobre un texto que todo Chile ya había asumido como inservible.

Con su votación el pueblo chileno no pidió la renuncia de Boric. Simplemente le mostró que no tiene más que dos caminos posibles: o se va voluntariamente o se resigna a ser un “pato cojo” de tres años y medio, tal como lo fue Piñera a partir del llamado “estallido social”. Tampoco pidió interrumpir el proceso de pergeñar una nueva constitución, pero ciertamente que dijo, claro y fuerte, que había que construirla no repitiendo el proceso fracasante del anterior, sino que ateniéndose a realidades concretas. Y la más grande de todas ellas es que una constitución no se puede elaborar en una convención multitudinaria, heterogénea y compuesta por gente sin preparación ni conocimientos. Porque, en realidad, la Convención Constitucional que elaboró la propuesta rechazada no fracasó porque se colaron en ella elementos desquiciadores, sino que fracasó el mismo día en que se determinó cómo y cuándo se conformaría con el mismo criterio de selección que hubiera tenido el público de un estadio. En verdad, hay que estar muy loco para intentar un nuevo proyecto por el mismo camino, que es el principal causante del fracaso anterior.

Estamos en vísperas de un cambio de gabinete, como si bastara sacar del mismo árbol nuevos frutos con la esperanza de que fueran de una fruta diferente. Sin conocer siquiera los nombres, se puede adelantar que no habrá ninguno que haya votado “Rechazo” dos días antes, y eso porque ni el propio Presidente está oyendo lo que le dice la gente.  

Es demasiado evidente que el gobierno de Boric no tiene capacidad para enfrentar los gravísimos problemas de seguridad interior que afectan a la nación. Es evidente que jamás tendrá la confiabilidad suficiente para activar la vigorosa inversión interna que se necesita para aliviar la contracción económica que imponen los derroches de los últimos cuatro años y la situación general del mundo actual. Es demasiado evidente también que no es capaz ni de ordenar el funcionamiento del centro de su capital, el que ha convertido en basural la delincuencia desatada. Y, así, la lista de sus incapacidades podría extenderse a dimensiones incompatibles con un simple artículo de opinión.

En todo caso, la falta de comprensión del mensaje del domingo no es monopolio del gobierno de Boric y de sus partidarios. Los propios partidos de oposición parecen igualmente sordos, desde el momento que creen que sostener al gobierno en todo momento es lo que quiere Chile, aún al precio de abdicar de ideas fundamentales. No fueron ellos los triunfadores del domingo y no tienen siquiera derecho a desperdiciar la oportunidad que el pueblo les está abriendo para imponer un rumbo muy radicalmente distinto al que sigue La Moneda.

En este lunes de atónita observación, tuve la oportunidad de ver a un grupo de archiderrotados que fueron a hablar con el Presidente para decirle: “Aquí estamos ilesos y venimos a gobernar con usted”. Esos comunistas y frenteamplistas, probablemente en estado de shock, ciertamente que no dieron muestras de haber entendido que salvar al gobierno de Boric significa para ellos “irse para la casa”. No es compatible la continuación del gobierno de Boric con base en esa coalición y es ella la que debe comprender que no tiene más que dos opciones: o abdicar de sus sueños revolucionarios y unirse al rebaño político que podría sustentar al régimen o elegir el camino de los principios en una larga travesía por el desierto. El PC ya eligió el camino antes del domingo cuando su ridículo presidente convocó al pueblo a defender la victoria. ¿Cuál victoria? ¿Cuál pueblo?

Ciertamente que el resultado del domingo crea un clima más propicio para encontrar caminos redentores, pero no será repitiendo los mismos procedimientos que condujeron al desastre. El caso de Boric, que en seis meses dilapidó un capital político como no tuvo ninguno de los presidentes de Chile desde el término del régimen militar, pasará a la historia como ejemplo de lo que no se debe hacer. Y todo ello se debe a su maestría en el arte de no escuchar.

*Orlando Sáenz es empresario.

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