Mientras todos hablábamos de la eliminación del Senado, muy pocos comentaban lo sucedido en un concierto de música urbana en Coronel. El artista nacional Pailita tuvo que detener el concierto para pedir que “guarden las pistolas”. Días después, en una entrevista radial reconocía que muchas veces sentía miedo en sus eventos por los disparos y armas. Ahora, si a esto le sumamos que el cantante urbano Vichito, el incorregible, fue detenido en un masivo decomiso de drogas, queda claro que el submundo criminal está creando en Chile una cultura que desafía al Estado día a día.

El crimen organizado que llega de la mano del narcotráfico, más temprano que tarde iba a terminar replicando los estilos tan propios de carteles mexicanos. Si en el país norteamericano la pauta cultural la marca el narcocorrido, en Chile lo hace el trap. Armas y autos de lujo se exhiben en videoclips y conciertos, mientras los jóvenes ven en estos ídolos urbanos un modelo a seguir. Preocupa que llegue a Chile tan rápido la cultura criminal que se ha instalado en otras latitudes del continente. 

En las comunidades vulnerables, los menores de edad se ven expuestos a situaciones que para cualquiera son complejas e inaceptables, pero para ellos son pan de cada día. Fuegos artificiales, balas locas y narcofunerales que pueden durar una semana son situaciones que llevan tiempo ocurriendo y, a las que hoy se han sumado los asesinatos y cuerpos baleados en plena vía pública. 

La problemática de seguridad de Chile cambió, y no lo hizo en un largo período de tiempo, sino que todo pasó bastante rápido a partir de la segunda década de este siglo. Por mucho tiempo el océano, la cordillera y el desierto nos protegieron de la llegada de estas amenazas, pero la globalización con sus avances tecnológicos acortó las distancias, bajó las alturas del macizo de los Andes e insertó a Chile en un mundo nuevo, donde los desafíos son múltiples y con infinitas dimensiones. 

Nadie dijo que iba a ser fácil. Hoy más que nunca el gobierno está siendo puesto a prueba día a día. La violencia en el sur, el descontrol migratorio y los asesinatos en zonas urbanas constituyen un panorama que requiere de respuestas firmes y transversales. Pero, no pueden olvidar la multidimensionalidad del desafío. El crimen organizado es la continuación del negocio por otros medios y para ello se valdrán de todas las herramientas disponibles. La falta de oportunidades puede ser una muy potente.

En un contexto donde nuestros jóvenes han crecido con la inmediatez de las redes sociales y las compras por internet, la frustración por no alcanzar las metas rápido puede ser alta y, frente a la opción de conseguir fortuna fácil, se transforman en un instrumento para el crimen. Llegó la hora de dejar atrás las diferencias políticas. Los líderes del Estado, presentes y pasados, deben trabajar en conjunto para que, junto a las respuestas de seguridad, creen oportunidades para las nuevas generaciones, donde la educación sea la piedra angular que les permita progresar y alejarse de las tentaciones. Sólo así, surgirán nuevos liderazgos y se construirá un Chile mejor y más seguro. 

*Pilar Lizana es investigadora de AthenaLab.

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