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Publicado el 14 agosto, 2020

Eduardo Rodríguez Guarachi: Chile y Bolivia, una salida diplomática global

Embajador, académico UDP, presidente Instituto Chileno Sanmartiniano Eduardo Rodríguez Guarachi

No se trata de ceder soberanía o partir nuestro territorio. Lo que necesitamos es voluntad política, sapiencia diplomática e imaginación para dar una solución contemporánea en un mundo globalizado a un problema que, en muchos aspectos, seguimos tratando con herramientas del siglo en que se inició.

Eduardo Rodríguez Guarachi Embajador, académico UDP, presidente Instituto Chileno Sanmartiniano
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La mayoría de los chilenos tenemos un juicio formado sobre la mediterraneidad de Bolivia. Es consecuencia de una guerra y de tratados sellados con el sacrificio de nuestros antepasados. Para los bolivianos, en cambio, Antofagasta es una provincia cautiva, y el acceso al mar fue, es y será una aspiración legítima, mitigada sustancialmente luego del fallo de La Haya. Sin embargo, los prejuicios, aunque ayudan a conformar identidad nacional, cuando se extrapolan se transforman en trabas para el progreso y entendimiento de los pueblos.

La actual emergencia sanitaria nos plantea un imperioso desafío de revisar la forma en que nuestro país se ha relacionado con el mundo, con la región en general y con Bolivia en particular. La magnitud de la pandemia ratifica la vulnerabilidad del hombre contemporáneo, nos invita a recordar la necesidad ineludible de enfrentar con unidad las amenazas planetarias y reconocer que la mejor fortaleza de nuestra región es una profunda integración económica, física y un activo multilateralismo.

En esta óptica debemos ver la relación entre Chile y Bolivia. Es urgente que nuestra diplomacia comprenda que este vínculo es, con sus matices, como el que nos une con Argentina; debe implementarse con un criterio de política de Estado y, por lo tanto, debe situarse a la altura de los desafíos políticos, económicos, culturales de cooperación técnica del siglo XXI entre ambas naciones, a las que ya no les basta con una figura consular. La tardanza en restablecer relaciones diplomáticas solo denota una falencia en el manejo de nuestra política exterior con relación al país altiplánico.

La última vez que Bolivia vislumbró una salida al mar tras el histórico encuentro de Charaña entre Banzer y Pinochet en 1975, una nota peruana hizo fracasar las negociaciones. Ante una consulta nuestra, el país del Rímac utilizó el Protocolo Complementario del Tratado Chileno-Peruano de 1929, que impide a ambos gobiernos, sin previo acuerdo, ceder a una tercera potencia territorios bajo respectivas soberanías. La respuesta no aceptaba ni rechazaba la entrega de un corredor a Bolivia, pero implicaba una revisión al tratado de 1929, extremo nunca aceptado por nuestra diplomacia. Ante el estancamiento de esas negociaciones, Banzer sintió que nuestro país había traicionado el espíritu de Charaña y rompió relaciones diplomáticas el 17 de marzo de 1978. Hace más de 42 de años que permanecen interrumpidas.

No se trata de ceder soberanía o partir nuestro territorio. Lo que necesitamos es voluntad política, sapiencia diplomática e imaginación para dar una solución contemporánea en un mundo globalizado a un problema que, en muchos aspectos, seguimos tratando con herramientas del siglo en que se inició.

La posibilidad de Bolivia de acceder a mercados internacionales a través de puertos chilenos y nuestra conveniencia de explorar conjuntamente sus enormes reservas energéticas son factores que deben jugar en pro de nuestra integración binacional en un mundo global. Es prioritario el tratado energético que contemple la construcción de gasoductos y la exportación en conjunto a terceros países de la región. En este mismo sentido se inserta la construcción del cable transoceánico que permitirá conectar las orillas del pacífico con Oceanía, e invitar a Bolivia a este objetivo. Chile, el gobierno, los empresarios y los gremios en una diplomacia empresarial no deberían prescindir en esta nueva apuesta, ni descartar con Bolivia un Tratado Minero. El país altiplánico ostenta un rol geopolítico estratégico en la integración vial a través de corredores entre Atlántico y el Pacifico. Pero estos puentes terrestres requieren inversión en infraestructura y en la creación de una amplia plataforma de servicios. A su vez, los inversores necesitan factores de credibilidad. El proceso de integración profundo e imaginativo debe contar con la confianza entre las FF.AA. Dentro de este contexto es preciso consignar la loable y antigua iniciativa -9 años- de constituir el capítulo chileno del Consejo Empresarial Chile Bolivia Presidido por Alberto Salas, vicepresidente Juan Eduardo Errázuriz y Pedro Reus secretario ejecutivo, bajo la jurisdicción de SOFOFA.

Con nuestro vecino Bolivia deberíamos llegar a tener reuniones de ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa, como las que se hicieron con Argentina a partir de 1996. La razón es simple pero profunda. Sin confianza militar tampoco hay verdadera integración política, cultural y económica duraderas. Es una agenda larga y difícil de construir, pero hay que empezar en el momento oportuno, con visión de futuro. Casi siempre ha pasado que cuando el proceso de integración económica entre Bolivia y Chile se intensifica, revive el conflicto histórico. Es por esa circunstancia que las conexiones solo comerciales serán siempre frágiles si no se coronan con relaciones diplomáticas formales, plenas y globales entre ambas naciones.

Dentro de este contexto, la economía, el comercio, la inversión y la integración física no pueden crecer sin un sólido blindaje político que la sustente, acompañe y potencie. Si no es así, una de las áreas flaquea y queda impedida de crecer. Y no estamos en condiciones en la segunda década del presente siglo, y con las enormes dificultades que enfrentamos, de poner en riesgo los beneficio de una real y verdadera unión económica, geopolítica y cultural entre Chile y Bolivia. Por último, de conformidad a lo expuesto, reitero la necesidad de una salida diplomática global.

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