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Publicado el 14 octubre, 2020

Eduardo Fuentes: El pueblo y la derecha

Académico, Doctor en Filosofía Eduardo Fuentes

La derecha, si quiere ser algo más que una versión extemporánea y con actores secundarios de la Concertación, debe buscar su propio camino de integración social.

Eduardo Fuentes Académico, Doctor en Filosofía
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El pueblo no es una divinidad, pero casi. Es inabordable, indómito, misterioso, una fuerza dinámica que no se deja conceptualizar fácilmente. La política tiene como una de sus tareas esenciales, quizás la principal, auscultar sus pulsiones ya pacíficas, ya violentas, y reconducirlas institucionalmente. Hacer política es una labor hermenéutica, esto es, un esfuerzo por interpretar la situación existencial del pueblo. Es precisamente acá donde la derecha ha fracasado, seducida por los cantos de sirena del economicismo y el liberalismo más ramplón.

Al menos esto es lo que piensa Hugo Herrera, tal como lo ha ido explicando en numerosas columnas, entrevistas y, sobre todo, en su libro Octubre en Chile. Sin embargo, Herrera yerra porque la noción política del pueblo que él defiende es totalmente contraria a lo que la derecha (especialmente la corriente socialcristiana en ella) debe sostener. Ahora bien, me gustaría señalar que, a pesar de los errores, su propuesta es un gran aporte al debate político nacional. Por muchos años hemos escuchado que a la derecha “le falta relato”, “le faltan ideas”, como un mantra que fuese a hacer surgir las ideas a pura fuerza de voluntad y denuncia. Herrera, por el contrario, se arriesga y propone ideas, propone un relato. Eso lo hace blanco de críticas como la mía, pero también lo hace menos escurridizo y por ende más interesante que quienes se limitan a constatar las falencias del sector.

Herrera denuncia a aquel liberalismo que postula que la sociedad no es más que un conjunto de individuos aislados, operando bajo criterios económicos. En efecto, los acontecimientos de octubre pasado mostrarían la falsedad de esa imagen de la sociedad, porque no puede explicar la unión de sentido, la acción colectiva que desató su furia (¿redentora?) sobre el país. Hay experiencias que son naturalmente colectivas, en las que nos podemos sentir parte de un todo mayor que nosotros, donde dejamos de vivir una vida meramente privada. La cantinela del crecimiento económico es insuficiente porque reduce todas las experiencias vitales a lo privado. La derecha, entonces, tiene que aprender a integrar al pueblo como un todo en su proyecto político. Es decir, no someterse a él irreflexivamente, claro está, pero sí encauzar lo que en esas experiencias colectivas late. Precisamente eso está detrás de su apoyo al “Apruebo” y a las demandas que se hicieron sentir en octubre. El “Rechazo”, por otro lado, sería  equivalente a ignorar al pueblo en su devenir agente político. Vox populi, vox Dei.

El primer problema de esta argumentación es que asume que las pulsiones populares son racionalizables. Es decir, supone que un ejercicio hermenéutico mostrará que en esa vorágine que es la manifestación popular se puede discernir un contenido coherente. Después de todo, si no es así, ¿qué es lo que habría que encauzar? Sin duda, en las calles se podían y todavía pueden ver letreros que dicen “No+AFP”, “No+TAG”, lo que puede llevar a pensar que hay que conducir políticamente este gran “No+”. Sin embargo, un análisis más pausado muestra que no todas las personas comparten la misma visión del problema, sin siquiera empezar a hablar de las soluciones. “Dignidad” es una palabra, una consigna, que surgió en medio del calor de las manifestaciones, pero eso no quiere decir que pueda explicar todo lo que sucedió. Ni que tenga un contenido unívoco ni libre de contradicciones. Curiosamente, el mismo pueblo que se manifestó contrario al sistema hace filas para entrar al mall. Es posible que haya causas psicológicas y sociológicas que no requieran ser “encauzadas” por los políticos, sino enfrentadas con valentía y sin miedo a “quedar abajo del carro de la victoria”.

En segundo lugar, representa una visión demasiado idealizada de las manifestaciones. Lejos de mí está negar que el estallido social tuvo gran apoyo ciudadano. Pero eso no prueba el advenimiento del “pueblo”, sino una combinación compleja de diferentes “organizaciones” y “gente”. Hubo grupos organizados que comenzaron las movilizaciones y las mantuvieron (no me refiero a ninguna conspiración de milicianos chavistas, por si acaso), y gente que por diversos motivos se sumó. A diferencia de “pueblo”, el concepto de “gente” refiere simplemente a una multitud de personas, que pueden o no a ratos actuar concertadamente. Pero no es una entidad (o cuasi entidad) a la que puedan atribuírsele pulsiones o deseos, anhelos o pesares. La gente puede movilizarse, y puede ser guiada con mayor o menor control por organizaciones. Concluir de esa combinación la aparición del pueblo es concluir demasiado.

Relacionado con lo anterior, esa noción de pueblo es contraria a la visión que la derecha  debería tener de la sociedad. Una de las razones por las que el principio de subsidiariedad merece ser defendido es precisamente porque da cuenta de la pluralidad de la sociedad. Ella va más allá del mero hecho de que hay muchos grupos, sino que indica la conveniencia de que ellos existan y que puedan buscar sus fines por sus propios medios, obviamente dentro de lo posible. La idea de fondo es que la ciudadanía se vive mediada por la pertenencia a organizaciones particulares, a los llamados cuerpos intermedios. El modo en el que los ciudadanos eligen organizarse es el modo en que eligen participar de la sociedad; por ende, la subsidiariedad no es sólo un asunto de eficiencia económica (aunque también lo sea). Herrera pareciera asumir que la ciudadanía se vive plenamente en las experiencias colectivas, cuando somos todos partes del pueblo chileno. Evidentemente, si uno cree eso, la opción por una nueva constitución que nos haga sentir, por fin, como un solo grupo se sigue fácilmente. Pero eso es un error: no es más plena la ciudadanía en medio de la gran masa que es el pueblo que en la participación en nuestros cuerpos intermedios. O, para presionar más el punto, en la participación voluntaria en un mecanismo común a todos nosotros como es el mercado.

Para ser justos, Hugo Herrera ha defendido férreamente la subsidiariedad y la división del poder que ella acarrea. Me parece, no obstante, que su defensa enfatiza demasiado la distribución del poder. Esta defensa es necesaria, qué duda cabe, pero adolece de un olvido “antropológico”, a saber, que la vida humana se realiza plenamente en la participación en cuerpos intermedios (colegios, empresas, familia, universidades, etcétera) y no en la gran asamblea nacional. Es entendible la preocupación por la integración social, pero hay distintos modos de abordarla. Podemos, como le gusta a la izquierda, soñar con grandes proyectos nacionales y espacios donde nos encontremos despojados de nuestras pertenencias grupales. La asamblea donde surja la voluntad general de la que nos hablaba Rousseau, y podamos abandonar nuestras facciones. Hay un sector de la derecha que, sorprendentemente, comparte ese anhelo, quizás con culpa al ver –y al haber contribuido a a generar- la sociedad actual. Claramente, es un error. La derecha, si quiere ser algo más que una versión extemporánea y con actores secundarios de la Concertación, debe buscar su propio camino de integración social. El loable esfuerzo de Hugo Herrera, creo, va por el camino equivocado.

Finalmente, un punto algo académico pero importante. A pesar de no ser un liberal, me pareceque es injusta la objeción al liberalismo como “asocial”. Los liberales no niegan el carácter social del ser humano (al menos no todos ellos), como la lectura de Locke lo muestra. Por lo tanto, no niegan la existencia de la sociedad ni afirman la existencia de puros individuos aislados. Sostienen, sí, que conceptos de pueblo robustos como el defendido por Herrera no deben tener un lugar en la política. Es mi impresión que, y aquí me dirijo al sector del cual me siento más parte, el socialcristianismo debe estar con los liberales en esto. Las aspiraciones colectivistas son comprensibles en el Chile actual, pero tienen que ser resistidas. Ya vengan de la izquierda, ya de la derecha.

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