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Publicado el 25 noviembre, 2020

Eduardo Fuentes: Cristianismo y respeto político: Crítica y propuesta

Académico, Doctor en Filosofía Eduardo Fuentes

Imponer una creencia es algo que se hace con una pistola, no algo que se hace en las campañas electorales y en la deliberación parlamentaria. El respeto que nos debemos, en cuanto ciudadanos de una sociedad diversa, es emplear los mecanismos institucionales de manera correcta.

Eduardo Fuentes Académico, Doctor en Filosofía
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¿Por qué hay políticos que, como recientemente nos ha recordado Ignacio Walker, se declaran católicos pero votan en contra de lo que la Iglesia enseña? Sin duda hay factores tanto sicológicos como teológicos que en parte lo explican; a fin de cuentas, es difícil mantenerse firme en lo que se cree cuando los aplausos del mundo van en la dirección contraria.

Probablemente, empero, haya una explicación política. Es frecuente escuchar a estos y otros políticos diciendo que no quieren “imponer” sus creencias al resto de la población. Se apartarían del catolicismo, y del cristianismo en general, debido al respeto que merecemos todos los ciudadanos. La democracia implicaría una distinción estricta entre las creencias personales y aquellas que pueden ser justificadas en la plaza pública. Las segundas son aquellas, nos dicen, que pueden ser aceptadas por todas las personas, independientemente de su fe o cosmovisión. Tal vez Ignacio Walker cree que sólo los católicos podrían aceptar la prohibición del aborto, o la indisolubilidad del matrimonio, por lo que defender esas posiciones en el parlamento sería una falta de respeto: sería imponer el catolicismo a los no creyentes.

Siendo justos, parte importante de la literatura en teoría política ha sostenido una tesis semejante. John Rawls es el más famoso de sus proponentes, pero ni por lejos el único. La idea central es que el uso del poder político debe ser justificado a todas las personas que se ven afectadas por él. Si una ley es justificada mediante razones que yo no podría aceptar, entonces no se me está justificando el uso de la coerción que inevitablemente acarrea la ley. Por ende, no se me estaría tratando como a un sujeto político sino como un mero objeto, porque mi opinión no sería relevante para la conformación de la sociedad. ¿Qué creencias no son aceptables para todos? En este segundo paso hay desacuerdo, pero casi todos quienes sostienen esta aproximación creen que las creencias religiosas no son aceptables. Rawls incluso va más lejos, ya que argumenta que toda creencia dependiente de una cosmovisión particular es injustificable políticamente.

Eso es un error, y reconocerlo es sumamente importante ahora que empezaremos una deliberación constitucional. Es erróneo por dos razones. Primero, porque no es verdad que sólo las personas religiosas puedan entender las razones religiosas. Sin ir más lejos, la columna de Carlos Peña sobre los dichos de Walker muestran una mayor comprensión del catolicismo por parte del rector que del ex senador. Tampoco es verdad que sólo los católicos puedan aceptar los razones que propone la Iglesia. Por una parte, muchas de esas razones son expuestas en términos puramente racionales; por otra, es posible aceptar parte de una doctrina sin aceptarla toda. Por ejemplo, yo puedo aceptar aspectos del hinduismo (o del socialismo) sin ser hinduista (o socialista). Puedo aceptar que hay verdad y valor en lo que cosmovisiones distintas a la mía dicen, aunque crea que ellas son fundamentalmente falsas. Adicionalmente, es posible aceptar una razón de una religión que uno no profesa porque es posible la conversión. Hay socialistas que se vuelven cristianos y cristianos que se vuelven socialistas. Es absurdo diseñar el debate público de modo que se excluya esa posibilidad.

En segundo lugar, la concepción de respeto subyacente es inadecuada. Podemos, siguiendo a Thomas Besch, denominarla “respeto discursivo”. En palabras simples, dice que respetar a alguien equivale a ofrecerle razones que pueda aceptar. El respeto se da a nivel de las razones, del discurso empleado. Entre los múltiples problemas de esta concepción se encuentra su dificultad para lidiar con la diversidad social. Si el criterio de aceptabilidad de una razón es estricto, entonces en sociedades diversas como la nuestra no hay ninguna razón que sea aceptable para todos. Las minorías existen, después de todo, y no podemos ignorarlas sólo para que nuestras teorías funcionen. Si, por el contrario, se vuelve demasiado laxo, el criterio de aceptabilidad no cumple ningún papel. Luego, no habría ningún problema en ofrecer razones religiosas (o socialistas, o libertarias, o ecologistas profundas, o feministas radicales, o transhumanistas, etcétera).

Por consiguiente, hemos de rechazar la concepción discursiva del respeto. La alternativa es una concepción institucional: respetar a los ciudadanos es permitir y fomentar que todos participemos igualitariamente en las instituciones de decisión política. Dicho de otro modo, respetamos a los demás cuando no hacemos trampa en las deliberaciones públicas, cuando las votaciones parlamentarias son transparentes, etcétera. Si yo creo que la educación religiosa es fundamental para la vida humana, y lo creo en parte por mi pertenencia a la Iglesia, respeto a los demás (creyentes o no) si la defiendo en los mecanismos institucionales adecuados, si no utilizo estratagemas para invisibilizar a mis rivales, si no trato de “pasar gato por liebre”. La ciudadanía puede elegir si votar por un político que defienda algo así o no. No hay ninguna imposición en ello, a menos que uno crea que el mecanismo mismo de las elecciones es una imposición.

Imponer una creencia es algo que se hace con una pistola, no algo que se hace en las campañas electorales y en la deliberación parlamentaria. El respeto que nos debemos, en cuanto ciudadanos de una sociedad diversa, es emplear los mecanismos institucionales de manera correcta. Por lo tanto, nos debemos ser transparentes en lo que creemos, y no cambiar de posición según lo dicten las redes sociales. Consiguientemente, si nuestros políticos quieren respetarnos como ciudadanos deberían estar más preocupados de cuidar las formas institucionales y de mantenerse firmes en lo que declararon como sus convicciones que de entrar en el juego de la aceptabilidad de las razones. Un político que sale electo declarándose católico (o socialista, o vegano, o libertario, etcétera) y después actúa de manera contraria está faltándole el respeto a los que votaron por él, porque los engaña. Ojalá que en la Convención Constitucional no suceda eso.

  1. Sergio Menares dice:

    El artículo del Sr Eduardo Fuentes, titulado ´´Cristianismo ….´´ afirma que hay Socialistas que se hacen Cristianos y viceversa. Este Sr. parece que no sabe de la existencia del Socialismo Cristiano (anti-marxista).Ser Cristiano y ser Socialista no marxista es perfectamente compatible. Existen otros varios Socialismos en la Democracia que no son Marxistas. Persistir en lo contrario, es un error. (www.purochile.net)

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