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Publicado el 28 de agosto, 2018

Drina Rendic: Democracia dentro de la historia

No se ha escuchado mucho sobre el punto de vista museal que debería tener una iniciativa como la del Museo de la Democracia. Ojalá se procediera con la idea de educar a la población sobre la historia de la democracia y sus aristas materiales e inmateriales a través de las personas idóneas, los recursos adecuados, la serenidad necesaria y en el lugar mas apropiado, el Museo Histórico Nacional.

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Muchas opiniones se han vertido respecto a los pro y contra de crear un Museo de la Democracia en Chile. Todas ellas se basan en los efectos políticos que la instauración de esta institución tendría en el ámbito nacional. Algunos hablan de que sería un museo de derecha para llenar el relato cultural que este sector carecería; otros dicen que la democracia no se puede encerrar en un museo. Todavía hay quienes desconfían de la posibilidad de un “consenso” para presentar la historia y reniegan de un “empate” o “desquite” de parte del oficialismo. A su favor están aquellos que opinan que la democracia debe ser puesta en valor a toda costa, y  un grupo  aboga por el “contexto” que llevó al  quiebre de la democracia.

 

Sin embargo, no se ha escuchado mucho sobre el punto de vista museal propiamente tal que una iniciativa como esta debería tener. Partamos de la base que, según dice el Registro de Museos de Chile (RMC), existen a lo largo del territorio nacional 178 museos de historia, 136 de arqueología, 101 de arte y 68 de ciencias naturales, repitiéndose los nombres en más de una categoría. Algunos son públicos, otros privados y otros una mezcla de ambos. De todos estos, no hay ninguno del que podamos sentirnos realmente orgullosos como chilenos, a excepción tal vez del Museo de Arte Precolombino.  Menos aún los hay que atraigan a una audiencia internacional como lo hacen  importantes museos en Perú, Ecuador y México, por ejemplo, los que por sí solos ameritan un viaje especial a sus respectivas ciudades, relevando así la imagen país y la identidad de su población, e incrementando de paso sus ingresos. Para qué mencionar siquiera la calidad de los museos de países desarrollados. No habría aquí espacio para enumerar ni siquiera los más importantes.

 

Los museos deben gozar de una gestión que promueva el fácil e inclusivo acceso de la población nacional e internacional y que asuma una labor educativa intensa a través de tecnologías adecuadas.

 

Según las definiciones más recientes, los museos hoy son depositarios de memorias colectivas  diversas y dinámicas, y que constituyen el tejido patrimonial de un país. Ellos deben gozar de una gestión museal que promueva el fácil e inclusivo acceso de la población nacional e internacional y que asuma una labor educativa intensa a través de tecnologías adecuadas. Para lograr esto se necesitan recursos  bien direccionados y administrados, promoviendo la interacción pública y privada con la ayuda de legislación adecuada  y voluntad política prioritaria.

 

Teniendo en cuenta estas consideraciones, pareciera en primer lugar elogiosa la idea de ampliar significativamente los conocimientos históricos sobre nuestra democracia en general, la que desde el siglo XIX se ha ido desarrollando y dinamizando a través de diversos fenómenos hasta llegar a nuestros días. Son pocos los que conocen con exactitud las luces y sombras de la historia de Chile y los altos y bajos de sus esfuerzos democráticos. Más allá aún, es muy comentada nuestra ignorancia sobre  educación cívica, no sólo entre  nuestros niños y adolescentes, sino que en la mayoría de la población.

 

En segundo lugar, si el proyecto se hiciera por etapas, empezando por los albores de nuestra historia republicana, y se fuera  nutriendo de avance en avance (siendo de los más significativos el voto femenino -no puedo evitar mencionarlo-), tendríamos un tejido bien madurado que serviría de base a prestigiosos historiadores transversales para relatar los álgidos años de las “planificaciones globales” (Góngora) con objetividad de miras. Para entonces, la teoría del “empate” habría quedado atrás y el proceso curatorial depurado.

 

Parece acertado albergarlo dentro del Museo Histórico Nacional, el que podría transformarse en el gran museo chileno del que muchos anhelamos sentirnos orgullosos.

 

En tercer lugar, suena muy acertado que este capítulo -llamado por decirlo  de alguna manera “Democracia dentro de la Historia”- se albergue dentro del Museo Histórico Nacional, el que podría transformarse en el gran museo chileno del que muchos anhelamos sentirnos orgullosos. Fuera de hacer sentido curatorialmente, los recursos se maximizarían y el accionar pedagógico se podría potenciar a niveles insospechados. Con la instauración de la tecnología adecuada se podría lograr que  los alumnos interactuaran en instancias que demuestren el proceso democrático, y mejor aún, que demuestren cómo se puede perder.

 

Ojalá se procediera con la idea de educar a la población sobre la historia de la democracia y sus aristas materiales e inmateriales a través de las personas idóneas, los recursos adecuados, la serenidad necesaria y en el lugar mas apropiado, el Museo Histórico Nacional.

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE / AGENCIAUNO

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