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Publicado el 19 de julio, 2017

Dos propuestas para evitar el riesgo de fraude en nuestras elecciones

En la actualidad no existen sistemas para controlar que los votos contabilizados fueron efectivamente emitidos por quienes asistieron a sufragar.
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El sistema actual de vocales de mesas que opera en nuestras elecciones se basa en la confianza y no en el control, debido al criterio implícito de imparcialidad que se les supone a estas personas. Esto es porque los cuatro ciudadanos que constituyen cada mesa han sido elegidos al azar y, por lo tanto, representan estadísticamente al resto de la población votante, con lo cual se estima que no tienen un interés en el resultado con un sesgo mayor que todo el conjunto.

Sin embargo, esto en la práctica no es cierto, pues muchas personas se excusan de ejercer su obligación cuando se da a conocer la primera lista de vocales escogidos al azar, o bien simplemente no concurren el día de la elección, por lo que finalmente las mesas las constituyen personas que —por su interés de ir a votar y quedarse— demuestran sin duda un particular mayor sesgo a favor de algún posible resultado y se ofrecen a integrar las mesas incompletas.

¿Puede ser calificado como “sistema de confianza” aquel que, por su origen, muestra al menos potencialmente un sesgo a favor de un resultado? Los vocales de mesa, en este escenario de gran ausentismo de los convocados en primera instancia, no son los que el sistema eligió al azar, sino una combinación de algunos al azar con otros que se ofrecen voluntariamente. Estos últimos tienen, presumiblemente, un interés mayor en el resultado de la elección que el resto de la población.

Por otro lado, durante nuestros procesos eleccionarios se observa que cuando no existe obligación de estampar la huella digital tras firmar el libro, no existe un control de la cantidad de cédulas de identidad que llega a cada centro de votación, para cotejarla con los votos totales emitidos. Además, aunque las huellas hayan sido estampadas en el libro, nadie las escanea, porque es muy engorroso, haciendo posible en la práctica que cualquier huella sirva.

Esto hace que, justo antes del cierre de las mesas, exista la tentación de introducir votos de personas que no llegaron. Así, estos vocales interesados podrían hacer una firma cualquiera en el libro de votantes, usar un voto no ocupado, y marcarlo con su preferencia, e incluso atreverse a suplantar una huella digital. Y como nadie coteja la cantidad de votos emitidos con la de personas que fue efectivamente a votar (sólo se cotejan los votos en la urna con las colillas y con el número de firmas), entonces es posible hacer votar a quienes no fueron a emitir su sufragio.

Para solucionar este potencial fraude se sugieren dos sistemas posibles. Una opción es un contador de cédulas de identidad al ingreso del recinto de votación, como se hace en los estadios de fútbol, conteo que luego se compara con los votos totales del recinto, con lo que se hace mucho más dificultoso que voten personas que no llegaron al local de votación. La otra posibilidad es que, después de cada elección, se suba el listado de votantes a las bases del Servel y así cada persona que no votó puede ingresar con su clave a la página del Servicio y verificar si, efectivamente, aparece como ausente.

Estos dos sistemas no dejan espacio para la (eventual) mala práctica de hacer votar a los ausentes.

En un año electoral como éste, en que se deciden cuestiones de gran relevancia para el país, bien valdría la pena estudiar fórmulas para hacer menos vulnerables nuestras elecciones.

 

Sergio Weinstein, ingeniero civil

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO

 

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