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Publicado el 20 de junio, 2019

Diego Schalper: ¿Quo Vadis JAK?

Diputado RN Diego Schalper

¿Acaso la alternativa que propone José Antonio Kast es no abrirse a dialogar, quedarse en las posturas propias y salir a denunciar en los medios de comunicación el previsible rechazo de la mayoría opositora? Esa lógica testimonial probablemente dejaría muy contentos a muchos partidarios. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que confiaron en nuestra capacidad de dar viabilidad política a los cambios en materia tributaria, laboral, previsional, de salud y educacional?

Diego Schalper Diputado RN
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¿Quo Vadis Chile Vamos? (“¿Hacia donde va Chile Vamos?”) es la pregunta de José Antonio Kast a partir del cambio de gabinete. Es una interrogante legítima, pues los ajustes de ministros son y deben ser indicativas de los rumbos que se están tomando y deben someterse a la crítica política. Sin embargo, los cuestionamientos deben evaluarse en su mérito, para ver si realmente aportan o más bien se trata de críticas partisanas.

En ese sentido, es indudable que el cambio de gabinete deja planteados varios desafíos. Urge mejorar la gestión política y la capacidad comunicacional del Gobierno, cuestión que los mismos ministros han reconocido. Esa tarea no incumbe solamente al comité político, sino a la coalición en general. Es urgente delinear una narrativa sólida, compartida y ampliamente difundida, de manera de explicar mejor las prioridades (¿por qué será recordado este gobierno?) y las razones de las cosas que se van haciendo. Solo así podremos cautivar a la ciudadanía y sacar al pizarrón a la oposición.

Por lo mismo, es urgente poner el foco en los temas sociales que afectan a los chilenos. Discusiones como la legalización de las drogas o la eutanasia pueden ser muy interesantes para ciertas elites, pero no empatizan con las preocupaciones del Chile profundo. Si vamos a mirar esos asuntos, preguntémonos por los dramas sociales que ocultan esos temas de moda (el abuso de los narcos y el abandono de los adultos mayores, respectivamente). El desafío del nuevo Ministro de Desarrollo Social, Sebastián Sichel, es poner el foco en los más vulnerables y en la clase media, brindándoles protección, seguridad y proyección. Para eso debe ser capaz de reflejar el espíritu de Chile Vamos, entendiendo que ahora es el ministro social de una coalición que tiene una responsabilidad histórica decisiva. A saber, demostrar que es mejor que la centroizquierda para implementar políticas que combatan la desigualdad y la segregación. Es cierto que su designación sorprendió. Pero más que desacreditarlo a priori, como pareciera hacer Kast, lo que corresponde es sincerar su responsabilidad política, dándole la oportunidad de que pueda demostrar su capacidad.

Se critica también por parte del excandidato presidencial que “se han hecho concesiones con la izquierda”. ¿Habrá acusado recibo de que Chile Vamos no tiene la mayoría en el Congreso? ¿Acaso la alternativa que propone Kast es no abrirse a dialogar, quedarse en las posturas propias y salir a denunciar en los medios de comunicación el previsible rechazo de la mayoría opositora? Esa lógica testimonial probablemente dejaría muy contentos a muchos partidarios. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que confiaron en nuestra capacidad de dar viabilidad política a los cambios en materia tributaria, laboral, previsional, de salud y educacional? ¿Satisfacemos sus legítimos anhelos manteniéndonos en la guerrilla política, desconociendo la diversidad ideológica existente y gritando a los cinco vientos que “la oposición no estuvo disponible”? Es comprensible que la apuesta de nicho de José Antonio Kast funcione en esos términos. Pero gobernar –especialmente cuando no se tiene la mayoría en el Congreso– es algo más complejo. Entiéndase bien: nadie ha dicho que haya que claudicar a priori a la identidad que da motivo a la coalición y da sentido a participar en el Gobierno, especialmente en los temas de fondo. Pero los temas en que se juegan principios fundamentales son muy pocos: no cualquier diálogo o negociación política implica ceder en ellos. Y obviar la dificultad de llevar a la práctica los compromisos programáticos en un contexto de minoría es poco realista.

Surge así otra pregunta: ¿Quo vadis JAK? Ahora que se pretende ir más allá de un caudillo e institucionalizar un partido, ¿se harán críticas atendiendo a la realidad o se quedará en la facilidad de la denuncia abstracta y reiterativa? ¿Se entrará en diálogo con los distintos en aras de lograr mayorías o se insistirá en el tono disruptivo y polarizante, en pos de afirmar una minoría (a pesar de las lamentables consecuencias para la convivencia republicana)? ¿Cuál es la viabilidad política y proyección que se ofrece desde el camino propuesto por los republicanos?

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