Pronto de comenzar 2023, la actividad empresarial enfrenta el difícil desafío de lidiar con una economía en números rojos (caída del PIB e inflación todavía muy por sobre la meta de 3%), junto a la necesidad de continuar adaptándose, con rapidez, para satisfacer las numerosas demandas que la sociedad le plantea.

Ello, en un contexto donde las ideas que animaron desde un inicio al proyecto político hoy en el Gobierno abominan del “modelo neoliberal” (pro iniciativa particular y libre mercado), considerado raíz de todas las desgracias, reales e imaginarias, que asolarían al país. Transcurridos nueve meses de la actual administración, sonora derrota en el plebiscito de salida incluida, la empresa privada es ahora por fuerza de las circunstancias aceptada, a regañadientes, entre sus principales partidarios. Este es el escenario.

No será fácil sortear un año contractivo, especialmente para la mediana y pequeña empresa, recién saliendo del impacto sufrido como consecuencia de la “revolución de octubre” y la pandemia del Covid.

Es de esperar que, en general, las organizaciones de negocios se hallen en condiciones de realizar los ajustes necesarios para encarar el futuro inmediato previsible. En tanto, es posible que el cuadro político anti empresa siga siendo morigerado por el bajo apoyo ciudadano con que cuenta el Presidente y su Gobierno, así como resultado del complejo equilibrio de fuerzas que exhibe el Congreso.

Paralelamente, parece imprescindible que las corporaciones afronten sin renuncias las nuevas expectativas que la opinión pública se ha forjado respecto a ellas. Más aún, que integren en sus quehaceres -modelos de negocio, estrategias y operaciones- las respuestas a las exigencias humanas, sociales y ecológicas que la propia relevancia que se han ganado dentro del orden social les ha impuesto.

Mirando hacia adelante no parece quedar mayor espacio para que ellas continúen enfocándose exclusivamente en sus fines económicos, aunque hacerlo vaya a ser siempre esencial. 

La adecuada proyección de las entidades económicas obliga a sus líderes a repensar y rediseñarlas, asumiendo una nueva realidad. No se trata únicamente de ser rentables para agregar valor a los accionistas o generar las condiciones para la continuidad del giro, a la vez que estabilidad a la oferta de empleo. Aunque, no sin cierta razón, éstos parezcan ya suficientes retos por lograr. Una comprensión cabal de la naturaleza de la empresa, como asimismo de los requerimientos de los “tiempos”, pide que ésta contribuya activamente a que los variopintos agentes con que se vincula puedan conseguir los diversos fines que su actividad facilita obtener.

Aparte de los bienes económicos, es preciso “hacerse cargo” de las dimensiones personales, sociales y medioambientales que las organizaciones pueden afectar positiva o negativamente. El realismo, la legitimidad ética y la confianza social en la empresa lo reclaman.

*Álvaro Pezoa Bissières, director  Centro Ética Empresarial ESE Business School

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