Sostenibilidad, empresas con propósito, empresas B, ESG, son temas recurrentes en el mundo de los negocios actual. Son enfoques que buscan ayudar a las organizaciones a “hacerse cargo” de las expectativas que existen respecto a su actividad y, de este modo, facilitar la continuidad exitosa de las mismas. La realidad que da pie a todas estas iniciativas es la transformación del rol de la empresa en la sociedad o, si se quiere, la necesidad de que las potencialidades presentes en su naturaleza se manifiesten más expresamente en el quehacer que despliegan.  

El enorme incremento que, durante las últimas décadas del siglo XX y las que van corridas del XXI, ha tenido la importancia de la empresa -especialmente la privada- en el entorno social nacional y mundial la ha puesto en un lugar de privilegio, de gran centralidad, al tiempo que ha aumentado su visibilidad e impacto. Este fenómeno ha tornado más patentes dimensiones consusstanciales a su existencia que habían pasado desapercibidas, en comparación con el carácter económico que le es nuclear. Sus responsabilidades para con la sociedad y la ecología han despuntado fuertemente, a tal punto que la consecución de los máximos beneficios posibles ha dejado de ser un objetivo suficiente -aunque siempre resulte necesario- para justificarla y conferirle la legitimidad que permitan su perduración. 

Dicho de otro modo, para la empresa no ha cambiado el escenario por razones puramente circunstanciales. Las (nuevas) exigencias que le plantean diversos agentes de la sociedad parecen hallarse estrechamente vinculadas con una ampliación real de sus fines. Al objetivo económico se han sumado las metas sociales y medioambientales. Al aumento del valor financiero para los accionistas se ha adicionado la obtención de valor para diferentes stakeholders. Más todavía, la lógica económico-contractual-legal ya no permite comprender cabalmente el despliegue de las corporaciones de negocios. Ella ha de ser armonizada con una lógica de reciprocidad, que excede el ámbito de la justicia conmutativa (de los intercambios) y se adentra abiertamente en la esfera de la justicia distributiva y general (orientación al bien común social). La competitividad y la eficiencia, las utilidades, son ahora “condiciones de posibilidad” requeridas, pero al servicio de la cooperación, la colaboración y hasta la solidaridad. La persona y la comunidad reclaman su preeminencia.

En este contexto, resulta imprescindible mirar a la empresa y su desenvolvimiento desde tres pilares fundamentales: entendiéndola primeramente como una comunidad de personas, donde estas son su origen, su motor y su finalidad; viéndola, seguidamente, como un cuerpo social intermedio, situado en la trama social entre las familias (células básicas del orden social) y el Estado, plena en deberes, derechos y responsabilidades recíprocas con aquellas otras entidades; comprendiendo la riqueza inagotable de plenitudes humanas asociadas al trabajo profesional. El desafío que emerge es diáfano: estrellarse o proyectarse.

Álvaro Pezoa Bissières, director  Centro Ética Empresarial ESE Business School

Deja un comentario

Cancelar la respuesta