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Publicado el 01 de agosto, 2018

Derechos humanos a la carta

Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo

Es tiempo de salir en defensa de la persona humana antes que el sufrimiento de los desheredados y más débiles se transformen en dramas a escala mundial. Para ello se requiere nuevamente poner en el centro del debate a la persona humana.

Jaime Abedrapo Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián
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Siempre ha habido estados que han violado los derechos humanos a la luz de la Declaración Universal (1948). Sin embargo, la inquietud actual se amplifica producto de la franqueza con la que los líderes mundiales deciden hacerlo. Por otro lado, es evidente la carencia de referentes y liderazgos dispuestos a defender los derechos humanos desde una perspectiva antropológica. A esto se suma que las narrativas actuales han tendido a retornar a la comprensión de los derechos humanos como un instrumento más en el tablero de ajedrez de sus propios intereses, situándolos como medios y no como fines, es decir, se consumen según el propio apetito. ¡Derechos humanos a la carta!

En efecto, estamos siendo testigos del regreso de las razones de Estado como única acción válida para la política internacional (Maquiavelo). Por otro lado, líderes como Trump y Putin quieren convencernos que el estado de naturaleza salvaje es el que mueve a las naciones, reeditando el pensamiento Hobbesiano, en el cual la inseguridad nos hace depositar nuestros bienes, incluyendo la vida, bajo la protección del Estado.

Hoy no existe consenso respecto a qué es una persona humana y cuál es su dignidad.

Los líderes actuales en general han claudicado al denominado proceso histórico de protección internacional de los derechos humanos de la persona humana. Las razones son varias, pero en esta columna exaltaremos el olvido y confusión de su noción, la cual debía ser protegida por el sólo hecho de ser persona de manera anterior y superior al Estado, y a toda forma de organización política.

Hoy no existe consenso respecto a qué es una persona humana y cuál es su dignidad, lo cual se demuestra en las discusiones respecto a cuándo estamos en frente de ella (concepción, semana 14 o luego de nacido, entre otros). Además, hoy los derechos no se entienden como indivisibles, sino que se han generado pseudodisputas entre unos y otros; por ejemplo, algunos defienden que los derechos de las mujeres colisionan con el derecho a la vida del que está por nacer o, peor aún, argumentan que por razones socioeconómicas algunas mujeres de facto pueden violar el derecho del no nacido, realizándose abortos en clínicas privadas, mientras que la gran mayoría no tiene esa posibilidad, lo cual se ha presentado como un argumento válido para no penalizar el aborto. En definitiva, la discusión evita las preguntas ónticas y más fundamentales respecto a la persona humana.

Lo anterior muestra los derroteros por los cuales se ha ido desmoronando la coherencia política y jurídica evidenciada entre 1948, en la Declaración de los Derechos Humanos, y los acuerdos en Teherán (1968), cuando se consolidó el principio de universalidad de los derechos humanos, los que además se consideraron indivisibles, depositando en la comunidad internacional la responsabilidad de velar por la observación de los derechos humanos en todas partes y en cualquier momento.

La decadencia del Consejo de Derechos Humanos como un órgano creíble es un síntoma de los tiempos actuales.

La renuncia en junio pasado de Estados Unidos al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas es una manifestación de la decadencia política e institucional que vive la protección y promoción de los derechos humanos. Recordemos que en paralelo a la decisión de renunciar al Consejo, Estados Unidos separaba a hijos de inmigrantes de sus padres indocumentados, cuestión que resta credibilidad a las tres razones esgrimidas por la Casa Blanca para justificar su salida. Al respecto, la primera sostenía que muchos países vulneraban los derechos humanos por tanto instrumentalizaban el organismo, haciendo referencia a Venezuela, Cuba, China, República del Congo, entre otros Estados que no son precisamente unos garantes de los derechos humanos en distintas dimensiones e intensidades. Una segunda línea argumentativa de Estados Unidos fue que el organismo realiza un “perjuicio crónico” en contra de su aliado Israel, país que mantiene una conducta sistemática de encarcelamiento de niños, niñas y adolescentes. De hecho en la actualidad mantiene a más de trescientos de ellos en prisión, lo cual es agravado por su condición de potencia ocupante y causante de castigos colectivos frecuentes sobre Franja de Gaza, entre muchas otras violaciones a los derechos humanos. Un tercer argumento de Estados Unidos, compartido por muchos, es la necesaria reforma al Consejo de Derechos Humanos para hacerlo más eficiente en sus resoluciones, con el objeto de conseguir una protección efectiva de los derechos humanos, pero aquello ha colisionado con el desinterés de los Estados en general en avanzar en una perspectiva integral por promover los derechos humanos. Debemos preguntarnos si Estados Unidos, al salirse del Consejo, aporta algo al sistema de protección de los derechos humanos o simplemente rehúye de una discusión que no es de su interés. Por último, la decadencia del Consejo de Derechos Humanos como un órgano creíble es un síntoma de los tiempos actuales, en los cuales los derechos humanos se han transformado en un argumento sin consistencia en boca de los mandatarios. Un botón de muestra es la poca credibilidad de la Casa Blanca cuando condena la violencia y crímenes cometidos por el régimen de Ortega, puesto que mientras sanciona los más de trescientos cincuenta muertos y los miles de heridos en Nicaragua, aún no se consigue aclarar las razones que motivaron a Trump a realizar los ataques ilegales sobre Siria, ya que no se pudo acreditar el uso de armas químicas por parte del régimen de Al Assad. Posiblemente las razones fueron geopolíticas (disputas principalmente con Siria e Irán) y no humanitarias.

Desde otra perspectiva, líderes de países del primer mundo se han propuesto reformar el Reglamento de Dublín de modo de cambiar el enfoque migratorio en Europa, y de ese modo terminar con los derechos de los inmigrantes indocumentados, cambiando profundamente el paradigma del derecho internacional de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario.

En consecuencia, los personalistas no pueden seguir su siesta; es tiempo de salir en defensa de la persona humana antes que el sufrimiento de los desheredados y más débiles se transformen en dramas a escala mundial. Para ello se requiere nuevamente poner en el centro del debate a la persona humana.

Jaime Abedrapo, Doctor en Derecho Internacional Público y Ex Subdirector de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos

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