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Publicado el 15 de febrero, 2017

Derecha y progresismo: intereses e ideas

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner
Llevada al extremo, la dicotomía “ideas” versus “intereses” ubica al progresismo del lado de aquellas, y a la derecha del lado de éstos.
José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Es una tradición del progresismo político, académico y cultural suponer que la derecha es poco densa intelectualmente y carece de figuras de pensamiento, de discurso ideológico y de una narrativa identitaria referida a las grandes cuestiones de la época. En el mejor de los casos, sostiene el progresismo, posee una dominación fáctica, del todo alejada de un correlato en el campo de las hegemonías simbólicas. O bien, se admite que cuenta con teorías y conceptos, pero únicamente en el ámbito de la economía y la administración, como resultado de las prácticas empresariales y su gestión organizacional.

Llevada al extremo, la dicotomía “ideas” versus “intereses” ubica al progresismo del lado de aquellas, y a la derecha del lado de éstos. Una se haría cargo de las fuerzas espirituales y del humanismo, la razón y la crítica; la otra, de las fuerzas materiales y del pragmatismo, los privilegios y su defensa. A un lado, acción de altura, orientada por fines y valores; al otro, racionalidad instrumental y cálculo de medios eficientes.

Esta visión dicotómica viene de antiguo, según muestra la historia de las ideas. Arranca con el origen del capitalismo y la oposición entre individuos egoístas y burgueses adinerados, frente a las masas pobres y sus defensores en el terreno de las ideas y la caridad. Puede rastrearse hasta la alta Edad Media, cuando la fuerza espiritual de Occidente —depositada en la Iglesia Católica—condena la usura y el lucro, a la vez que busca detener la incipiente formación de los mercados; todo esto en defensa de una economía al servicio del bien común.

Mas no necesitamos ir tan atrás para percatarnos de la profundidad de estos dualismos. En efecto, la Ilustración volvió a separar las aguas entre las luces y el oscurantismo, los modernos y los antiguos, el progreso y el tradicionalismo, las ciencias y la religión. Solo que ahora la Iglesia quedó del lado de la reacción, de la nobleza y del autoritarismo, mientras los mercados se hacían cargo de las banderas liberales, la emancipación del trabajo y la innovación en la economía y la cultura. Incluso J.S. Mill proclamó que el “mercado de las ideas” serviría para que la verdad nos hiciera libres.

 

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En Chile mismo, toda esta historia de contraste entre dos mundos ha calado profundamente, al punto de que rara vez se invoca un “pensamiento de derecha” o se cita a intelectuales públicos pertenecientes a dicho sector. Se dirá que quizá hubo algunos que participaron todavía en los debates del Centenario, como Encina o Palacios, y otros pocos en las décadas posteriores, como el Edwards de la Fronda Aristocrática, Góngora o Gonzalo Vial. Puede ser, ¿pero a quién podría nombrarse en las disciplinas más recientes de las ciencias sociales donde, al contrario, brillan nombres como Aníbal Pinto, Enzo Faletto, Norbert Lechner y los historiadores progresistas, amén de los intelectuales, technopols y publicistas del pensamiento avanzado que en sus variadas vertientes —desde liberales y católicas, hasta comunitaristas y socialistas— marcaron el tono, el estilo y los contenidos de los debates nacionales a partir de los años 1960?

Pero de ser efectivamente así, ¿cómo explicar, entonces, la reacción que condujo al golpe militar y a la prevalencia de la dictadura durante casi dos décadas? ¿Y cómo explicar, a la salida de aquella, la relativamente vigorosa y continua presencia de una derecha político-ideológica y cultural hasta el presente?

Según la narrativa dicotómica, todo lo ocurrido a partir del triunfo de la UP en 1970 vendría a confirmar la interpretación de “intereses” contra “ideas”, de la fuerza violenta frente a la fuerza espiritual de los profetas desarmados. El autoritarismo político impuesto por los militares, de la mano de una economía neoliberal de mercados desregulados, serían nada más que un producto de la alianza entre intereses de poder y negocios, sin sustento alguno en ideas. Por tanto, un experimento “irracional”, ciego, sin otra orientación que el exterminio, precisamente, del pensamiento de izquierda.

En suma, la violencia bruta, extendida y ciertamente destinada a suprimir a un sector de pensamiento —que constituye solo una parte (la más terrible) de una estrategia más amplia— no ha permitido hasta ahora ver la totalidad (político-cultural) que por esos años empezaba a construirse. La destrucción espectacular de la superestructura política ocultó la revolución capitalista que se gestaba por debajo.

 

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En esa lectura “materialista” de intereses contra ideas, que aquí no podemos sino presentar esquemáticamente y de manera algo tosca, no hay lugar para los pensadores del mercado como von Hayek, para las tradiciones hobbesianas del pensamiento político-estatal como el de Carl Schmidt, o para las visiones de democracia restringida y capitalismo de grandes empresas que comenzaban a encarnarse en algunos modelos asiáticos e intentarse también en Chile.

Tampoco hubo mayor sutileza sociológica para entender que el propio mercado encarnaba un pensamiento, unas ideas, una ética y una cultura que, por sí misma, reorganizaba las prácticas y las relaciones humanas, así como el significado cotidiano de la vida personal y de la historia de nuestra sociedad.

Una lectura atenta de Max Weber nos habría podido prevenir de que estábamos ante un proceso donde intereses e ideas iban a la par, transformándose mutuamente y apoyándose bajo la forma de políticas públicas que luego el mundo entero designaría como “neoliberales”, independiente de la forma del Estado y la orientación de los gobiernos que las impulsaban.

Efectivamente, mediante ese arsenal de políticas y su caja de herramientas se estaban revisando y disputando ideas respecto de la democracia representativa, el vínculo entre masas y Estado, las satisfacciones del consumo, el conformismo práctico, mudo, generado por el mercado, las maneras de incorporarse a la globalización y los riesgos que la acompañan, el significado del poder y la seguridad individual, etc.

El hecho de que estas revisiones y debates ocurrieran no en los paraninfos universitarios ni en las aulas académicas, ni tampoco en revistas intelectuales ni en un ambiente de libertades de expresión y crítica, sino que se comunicaran a través de diseños institucionales, de intercambios de mercado y en las pantallas de televisión, en las vitrinas de los malls y en la intimidad de los hogares, hace creer a algunos, equivocadamente, que se trató solo de movimientos prácticos, inconscientes, de domesticación y dominación, de colonización espiritual, pero sin cambio “auténtico” y “efectivo”.

Es una característica de la comprensión progresista de la historia creer que las transformaciones solo ocurren después de las ideas, a través de conversiones racionales, como producto de discursos y mediante motivaciones ideales. Nos gusta pensar que así ocurrió en la Francia revolucionaria de Tocqueville, o con la revolución bolchevique de 1917, o con Fidel y su discurso sobre “la historia me absolverá”.

Por lo mismo, nos cuesta entender procesos como la reforma religiosa de Lutero, la formación de la esfera pública burguesa, el culto de la personalidad y la dictadura de Stalin, la formación de la URSS y su proyección político-militar e ideológico-cultural en Europa Central y del Este, la aparición “democrática” del nacional-socialismo alemán, la formación de los recientes capitalismos de Estado en Asia y América Latina, etc.

 

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Seguramente por el mismo sesgo que identifica cambio “auténtico” con cambio anunciado discursivamente y elaborado argumentativamente, el progresismo está hoy en precaria situación para comprender los fenómenos de “intereses” e “ideas” en curso a nivel global y nacional.

Sobre todo, se siente descolocado frente a los fenómenos de transformación del capitalismo, cuyas variantes principales parecen dirigirse hacia una nueva combinación de lo “glonacal” (lo global-nacional-local), con énfasis cada vez más intenso en lo nacional; una rearticulación de las fuerzas productivas del capitalismo con el Estado; un progresivo quiebre de las mediaciones democrático-representativas; la revalorización de las formas carismáticas de dominación en desmedro de la legitimidad legal-formal; una pérdida de vigor de las ideologías liberales y hacia una demanda cada vez más fuerte por autoridad, jerarquía y seguridad.

Las declamaciones del trumpismo, el auge nacionalista, las experiencias de capitalismo de Estado en China, Ecuador y países árabes, la tentación de los muros físicos y simbólicos, las demandas por seguridad y por protección familiar, los sentimientos reaccionarios ante el globalismo, etc., son todos “fenómenos de derecha” más que progresistas en sentido convencional, igual como lo son los asaltos a la razón pública en las pantallas y las redes sociales, y el extendido apoliticismo que se va apoderando de las masas y de fracciones cada vez más relevantes de las élites.

También en Chile estamos rodeados por signos que apuntan a un resurgir de los tópicos tradicionalmente (y tontamente) adjudicados a la derecha —como crecimiento, productividad, buena gestión, seguridad ciudadana, etc.—, al mismo tiempo que a la renovación de las ideas de este sector, según testimonia el documento Manifiesto por la República y el buen gobierno, suscrito por dirigentes políticos e intelectuales públicos identificados con el nuevo pensamiento del sector.

Adicionalmente, los partidos y corrientes de la derecha, en su diversidad y pluralidad, aparecen hasta el momento como uno de los dos bloques con una clara posibilidad de disputar el próximo Gobierno.

En cuanto a las ideas de derecha que gradualmente van abriéndose paso —no sin resistencias, por cierto—, desde ya anuncian la voluntad de superar el pensamiento y las visiones institucionales de Jaime Guzmán, en su doble vertiente autoritaria y neoliberal, conservadora y mercantil, hobbesiana y friedmanista. Más adelante habrá oportunidad de revisarlas con cuidado.

Por ahora, cabe preguntarse si acaso esta renovación local en ciernes del pensamiento de derechas está condenada, ¿o no?, a ser una mera fase epigonal. Es decir, que tardíamente busca seguir en la huella del liberalismo republicano y de un capitalismo abierto al comercio internacional; preocupado por transformar los vicios privados en virtudes públicas, y de combatir los vicios públicos con un retorno a la ética privada que Weber ponía en la base del “espíritu del capitalismo”.

Sería una tragedia que tal renovación llegara tarde y fuese arrollada por las fuerzas más oscuras que hoy —en el plano internacional— pugnan por restablecer un orden capitalista basado en el carisma, el autoritarismo, la protección de las fronteras y la seguridad hobbesiana.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO

 

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