De acontecimiento a recuerdo

No cabe duda de que en períodos de crisis el tiempo transcurre velozmente y también las percepciones de la realidad mudan con notable rapidez. La más reciente encuesta Cadem parece señalar que las expectativas de cambio que se tuvieron hace tres años, con motivo del estallido social, están teniendo un frustrante desenlace.

Simplemente, ninguna de los demandas mencionadas en las pancartas más frecuentes que se veían en las marchas a lo largo de Chile aparecen bien encaminadas, ni en cuanto igualdad, ni tampoco en salud, educación y pensiones. Y la situación es evaluada de forma todavía más crítica por los encuestados en cuanto a orden público, violencia y delincuencia.

Incluso en la misma evaluación sobre las protestas se marca también un giro. Según un sondeo de la universidad Andrés Bello, casi un 60% de los consultados estima que esas manifestaciones terminaron por generar efectos negativos para el país.

Tanto ha sido la mudanza en la evaluación que este 18-O hemos tenido una conmemoración, pero no un hito. En Chile somos dados a los aniversarios, pero eso mismo demuestra que algo ha quedado en el pasado, que nos sentimos en la obligación de recordarlo aunque eso mismo muestra que ya no representa un tema presente en la agenda.

En esta ocasión, según las cifras oficiales, todos los indicadores de violencia muestran una baja sostenida. Los actos delictuales, como los saqueos, por ejemplo, disminuyen a prácticamente un tercio respecto de 2021, los carabineros lesionados en las manifestaciones fueron la mitad del año anterior y los ataques a cuarteles policiales pasaron de 13 a 4. Hasta los violentistas muestran signos de cansancio. 

En estas manifestaciones hubo 14 civiles lesionados, pero casi todos ellos se vieron afectados por la explosión de una bomba de ruido manipulada por un estudiante en un establecimiento educacional en Peñalolén. También los focos conflictivos se han reducido en número. La participación masiva ciudadana en esta ocasión brilló por su ausencia.

En resumen, “estamos en otra”, ahora a nadie se le ocurre justificar un vandalismo que ha quedado desnudo de apoyo ciudadano, un gobierno de izquierda se congratula de la mantención relativa del orden público y el Presidente señala que en su administración “seremos como perros” para perseguir la delincuencia.

La verdad es que el presente tiene sus propias prioridades y ellas son acuciantes. Aunque parezca paradójico, el estallido social se dio luego de décadas de disminución de la extrema pobreza y una más lenta pero paralela disminución de la pobreza. Por eso el tema fue la desigualdad, mucho más que la miseria.

Esta situación ha sufrido un retroceso alarmante. Según las proyecciones del Banco Mundial, la pobreza en Chile podría llegar este año al 10,5% de la población, en momentos en que la inflación alcanza el 14% y los precios de los alimentos se han incrementado en un 22%. Se protesta menos porque vivir día a día cuesta más, por eso, de momento, han cambiado las prioridades.

Ahora es cuando no hay que dormirse

La marea está en reflujo, por lo mismo abundan los líderes políticos que están dando por superado el anterior escenario, proponiendo concentrarse en los problemas de corto plazo.

Ciertamente al país le hace bien la disminución del debate sobreideologizado tan presente los años anteriores. Sin embargo, el olvido intencional y la amnesia respecto de los compromisos ya asumidos no son la solución

No podemos transitar entre problemas que no terminan de resolverse y de los que nos desentendemos apenas dejan de ser alarmantes. Ellos no vinieron de la nada ni se fueron a la nada. El que esté en reflujo no hace que la marea se detenga, sino más bien asegura su regreso apenas las condiciones lo permitan. Una cosa es haber dicho “no lo vi venir” y otra bien distinta es repetir muchas veces “nunca lo veo venir”.

Una lección nos puede dejar el estallido social y es que no es sensato dejar que los pendientes se acumulen a la espera de que otra vez eclosionen, porque entonces se llega tarde, se pierde el decoro tratando de disculparse por la lenidad propia del excesivamente confiado y las soluciones rápidas que se encuentra suelen acarrear dificultades que antes no se tenían.

El signo de la buena política es la capacidad de anticiparse. Ahora es cuando no hay que dormirse. Como todos sabemos, los caminos se reparan en verano -y no en estación de lluvias- para que no existan problemas mayores en temporada de invierno. Por algo será.

Los problemas no pasan, sino que se solucionan, en caso contrario, se vuelven a presentar. Hasta los huracanes tienen un ojo calmo en su centro, y nadie retorna a la rutina cuando se encuentra en el medio, lo que hace es redoblar sus precauciones ahora que tiene la oportunidad.

Cada cual tiene que mostrar que ha ocupado el tiempo de manera productiva. La izquierda no tiene solo que borrar los tuits que hoy resultan más controvertidos; lo que tiene que hacer es convencer de que se ha adaptado a la idea de gobernar y que sus personeros no recuperarán sus tuits apenas dejen sus puestos.

La derecha tiene que mostrar no solo que es razonable cuando tiene la soga al cuello, sino que sabe llegar a acuerdos nacionales, cuando pudiera conformarse con llegar a la maestría en provocar demoras en los procesos importantes.

En fin, todos deben entender que el primer estallido es cosa del pasado, pero que vendrán otros si nada sucede ahora. Las causas de fondo tienen que ser enfrentadas con diálogo que desembocan en reformas constantes y oportunas. En la confianza está el peligro y en las demoras injustificadas se encuentra el principio de la catástrofe.

*Víctor Maldonado es analista político.

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