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Publicado el 03 de octubre, 2015

Defensa de la horca en la plaza pública

La horca en la plaza pública, que tanto nos espanta, está puesta al cuello de cada espectador. Mientras los acusados contemplan el ahogo del público, se victimizan y juegan al colgado en el cadalso ficticio que los reúne.
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Excesos publicitarios y abusos de confianza

José Joaquín Bruner ha escrito un artículo titulado “Secretos de familia del poder y del conocimiento”.

El recorrido del artículo nos pasea de manera ecuánime entre las necesidades del secreto en la vida política y sus consecuencias expropiatorias en el espacio público. Sin embargo, en el final se precipita una defensa indiferenciada de la información segregada y una denuncia de la ilusión de la transparencia que parece elegir un mal menor apelando al fantasma del absolutismo.

No se tratará aquí de oponer el secreto y la discreción, en abstracto, a una transparencia utópica y espectacular. Se tratará más bien de desarticular esa oposición y de poner en primer plano la necesidad de impedir abusos –cuyos modelos puede ser SQM o La Polar- desarmando los mecanismos complicidad y negligencia que los hicieron posibles. Esto vale para bancos, pollos, farmacias, representación parlamentaria, mineras, isapres, educación, transportes y servicios públicos que han dejado al descubierto las grietas legales, institucionales e incluso lógicas que los autorizan.

Secretos privados y miserias públicas

No hay duda de que el secreto fortalece el vínculo entre los que participan de él. René Girard, sociólogo francés, afirmaba que las sociedades se construyen sobre la base de la complicidad en un crimen cometido en común. Complicidad y fidelidad son los nombres del vínculo.

Una diferencia posible entre secreto privado y un secreto socio-político, es que el segundo no constituye un secreto propiamente tal, sino un paso convenido a la dimensión de lo implícito, lo sabido y que es inconducente mencionar. Es una opción funcional o fundacional por el olvido o la relegación a departamentos poco usuales de la memoria.

El secreto social no es el ocultamiento de un hecho excluyente y relevante para dos o para unos pocos, es más bien como la ‘carta robada’ de Poe. Un hecho o un objeto que está a la vista y que sin embargo es transparente y deja pasar la luz volviéndose invisible en el acto mismo de exponerse.

El secreto público –un contrasentido de los términos- es un hecho que se guarda en un limbo que no es privado ni es público, en espera de las condiciones políticas en que pueda aparecer o finalmente desvanecerse en su peligrosidad. Nuestros conflictos mapuche y boliviano borran las huellas de su origen y desarrollo en este tipo de operaciones de ‘factificación’. Lacan toma de Joyce este juego fáctico entre certificación y falsificación que anuda un trio que conocemos bien en Chile.

Hay también secretos escudados en la ignorancia y el engaño. Esos son los que estallan en medio de contra acusaciones de publicidad indebida y de alegatos de privacidad que quisieran transferir la falta desde los hechos al relato. Estos secretos son los que dividen al público entre los iniciados y los retrasados, entre cínicos golpeados y sorprendidos indignados.

El retorno de la culpa y la deuda liberal.

Dice J.J.B. ‘La introspección, la represión de la libido, la sublimación, la culpa y la confesión son todos aspectos vinculados con esa interioridad’.

Hay una curiosa vuelta del liberalismo al catolicismo que lleva a rescatar la culpa y el misterio como formas de mantener a la gente en la obediencia y ajena a los sinsabores del poder. Este movimiento es contrario al de la modernidad y sorprende en un país que no ha completado los procesos de la ilustración ni ha cumplido con sus promesas de inclusión.

Pareciera que nuestros liberales sucumben a la presión del oscurantismo como otras veces, muchos de ellos, han depuesto su amor por la libertad prefiriendo las protecciones del autoritarismo o han postergado sus anhelos de mercado en una especie de solidaridad propietaria que los lleva a proteger los monopolios.

Sin duda, como afirma J.J.B., hay un papel social del ocultamiento, ´como condición de civilización’ y como herramienta de ejercicio del poder. Basta ver la historia del taparrabos. Pero decir ocultamiento u opacidad no cierra el problema, sino que apenas empieza a abrirlo. ‘Civilización’ en el contexto del ocultamiento de los genitales parece una exageración eurocéntrica. El desnudo no es necesariamente incivil, son las apropiaciones del cuerpo y el fetichismo de sus partes las que hacen a la indecencia y la pornografía.

En la confusión de la interioridad con la represión de la libido, la culpa y la confesión, hay una mezcla entre la individuación y los métodos de socialización. Uno es el movimiento del individuo en el descubrimiento de sus posibilidades y otro es el movimiento de la sociedad para recortar y disciplinar esas capacidades. Es bueno separar ambos movimientos para entender que la educación que necesitan los jóvenes no es idéntica a la que nosotros queremos darles.

Ciudadanía, ignorancia y segregación

El secreto es necesario, se nos dice, porque el arte de gobernar, expuesto a la ignorancia del público, no puede sino generar escándalo.

“[…] pero este Arcano sólo debe estar vinculado en VE, a quién únicamente pertenece su conocimiento, sin que ninguna otra jerarquía de gente de que se compone el cuerpo de la Monarquía llegue a saberlo, porque penetrándole, miraría (por su ignorancia) con pesadumbre y escándalo estas máximas de Estado”.

Lo que impide una adecuada valoración de la información publicitada es la ignorancia del pueblo. Este es el motivo alegado de que la promesa democrática esté regularmente postergada y sujeta a la virtud y a la cultura cívica de la población. Al parecer, el conocimiento público de las artes del gobierno no forma parte de la cultura cívica necesaria para participar de la vida pública.

Nos dicen que necesitamos conocimiento para participar y que necesitamos desconocimiento para dejarnos gobernar.

En otras palabras, el conocimiento y la información son pretextos para la usurpación del poder. El conocimiento se da, se sustrae, se considera suficiente o un exceso, según los intereses facciosos y solidarios de las élites. La columna que se ha roto es la de la solidaridad de las élites.

En este análisis, la lucha por el conocimiento siempre se da entre facciones de la élite tecnocrática y mediática. Secreto y publicidad son distintas caras de ataque y defensa en esta lucha que de todas maneras excluye a la gente.

Usurpación sin escándalo

… “lo que mueve la historia universal…es el plan bien meditado de los gobernantes que tratan de mantenerse a sí mismos y al Estado, por lo que el poder de los gobernantes, el bien público y el orden y la seguridad públicos son naturalmente una y la misma cosa” .

“La razón de Estado de nuestros días designa el imperativo en cuyo nombre el poder se permite transgredir el derecho a causa del interés público. Tres condiciones la determinan: el criterio de la necesidad, la justificación de los medios por un interés superior, y la exigencia de secreto”.

‘…el Estado no conocería otra ley que el afán por su propia conservación’.

Estas afirmaciones, citadas en el artículo, responden a los fenómenos de autorreferencia y de autonomía burocrática que se extienden a todo tipo de organizaciones (públicas y privadas) y de lenguajes. Podría pensarse que forman una confesión del carácter antidemocrático de las conductas secretistas; sin embargo, expuestas de esta manera, su efecto es hacer retroceder la exigencia democrática hacia la sombra de la quimera.

Sí. ¡El arte de gobernar incluye el engaño y qué!!

¡No se haga ilusiones ni desconfíe!

Se nos pide evitar la cultura de la sospecha y confiar en las instituciones. Pero por otro lado, se nos dice que no podemos ceder a indignaciones ingenuas ante debilidades del sistema que en el fondo, son sabidas.

‘Lo sabido’ es uno de los expedientes más eficaces de la segregación política. Se entiende que lo sabido pertenece a los que están en el secreto del poder y que no tienen nada que hacer con esa información más que guardarla para evitar explicaciones incómodas.

Chile; revelación y desastre.

Lo que se hace en el artículo de J.J.B. es exponer algunas verdades anti estéticas del poder y quitarles su potencial de escándalo. Se transfiere el mal al mensajero, eludiendo la enseñanza bíblica de que revelación y apocalipsis son sinónimos. No hay revelación verdadera sin escándalo ni escándalo sin catástrofe. El resto es conventilleo.

´En rápida sucesión fueron acumulándose situaciones de ocultamiento, tráfico de influencias, venta de favores, actos de corrupción, redes de política-empresa, mails comprometedores, transacciones ocultas, actos de clientelismo; en pocas palabras: las dinámicas fácticas del poder’.

‘…nada resulta más destructivo para la legitimidad democrática de la política y del personal político que la revelación ‘escandalosa’ de los intereses particulares de aquel personal…’

‘…de acuerdo al pacto democrático se entiende que esa trastienda de la política (y los pactos con el demonio de los cuales habla Max Weber) debe  ocurrir ‘como si no ocurriera…’

Es una bella serie rematada por la cita del más equívoco de los sociólogos de la modernidad. Con Weber el racionalista, el análisis propuesto resbala de vuelta a una mística del conocimiento iniciático pero desencantado. En su falta de elegancia y de generosidad, el conocimiento de las formas en que se produce la política no puede ser presentado a los ignorantes.

El ‘como si no ocurriera’ pertenece de lleno al ‘como si sí’ de las parodias del Chapulín Colorado. Es el simulacro de un equilibrismo que oculta su riesgo en el centro de gravedad pero en los extremos de la vara bascula entre el mal gusto y el delito. Estamos condenados al simulacro pero no a las bipolaridades y exclusiones que exhibe nuestro sistema político. Hay matices que construir entre privacidad y clandestinidad.

El deber de discreción no pertenece ni al público ni a los medios; es una responsabilidad de los conspiradores con sus actos. De hecho, ha sido gracias a sus desprolijidades y a sus mezquindades que se ha abierto la gaveta de los milagros incómodos. Aquí no hay una ingenuidad popular culposa, sino un legítimo derecho de mirada.

Arte y reflexión

El problema óptico de la modernidad es más amplio que la separación entre lo que se ve y lo que se oculta. Hay contextos de visualización y apropiación que son los que dan sentido a la mirada. Lo que está a la vista puede ser lo que mejor se esconde. Lo que interesa es la mano que guía al ojo y que lo sigue; la que toma lo que se advierte y hace un espectáculo del hallazgo.

La lucha contra el ilusionismo y la mistificación está en el impulso de todas las disciplinas del arte y del conocimiento en la modernidad. Es lo que funda el arte contemporáneo como una práctica autoreflexiva y que expone sus propios mecanismos de creación como obra. Es cierto que la modernidad peca de un exceso racionalista y de una confianza ingenua y macabra en el término de las ilusiones, pero ese es el precio de la universalización de la humanidad.

Sin embargo, la discusión no puede repetir el debate de generalidades de los siglos anteriores. Nosotros hemos vivido bajo versiones bastardas, mezcladas y simplificadas, de un racionalismo tipo Excel, comparativo, generalizador y alejado de la experiencia. Podemos legítimamente proponernos una mezcla propia de iluminación y literatura, de ilusión y crítica de la ilusión.

Cocinería y ahorcamiento.

Intimidad y cocinería son situaciones enteramente distintas. No es lo mismo el intercambio de mails entre dos obispos cambulloneros que la duda fundada de que Orpis y Rossi obedecían, en materias específicas, a los intereses de sus financistas. ¿Qué gravedad puede tener la distorsión del trabajo parlamentario y legislativo que se desliza en esos financiamientos? ¿Hay que mirar para el lado? Tome su tiempo para responder.

No podemos olvidar que los fraudes que hemos conocido en el último tiempo se generaron en denuncias y filtraciones debidas al azar de cálculos mezquinos en el reparto del botín. Todavía no sabemos cuáles son las dimensiones de la manipulación de la política por negocios ilegítimos y ya se nos pide silenciar los medios y dejar atrás este reequilibrio de la política.

La salida de la tormenta no se trata de ajusticiar a nadie, sino de reequilibrar las prácticas y los discursos en favor de una mayor incidencia ciudadana en los asuntos políticos. La horca en la plaza pública, que tanto nos espanta, está puesta al cuello de cada espectador. Mientras los acusados contemplan el ahogo del público, se victimizan y juegan al colgado en el cadalso ficticio que los reúne.

Convergencia democrática

‘La modernidad secular y racionalizadora, en su giro kantiano más extremo, imagina que una convergencia entre moral y política es posible…’.

Esta ilusión es efectivamente irrenunciable aunque es comedida. No hay utopía aquí ni moralismo. Hay exigencias que vienen de tomarse en serio el giro democrático. Es además el argumento que ha hecho la fama de Weber; la conjunción entre ética protestante y espíritu del capitalismo. Conjunción necesaria entre intereses y valores (o entre distintas denominaciones del valor), aunque no sea más que por acercarse y mirarse a los ojos sin tocarse.

Todo el argumento que favorece al secreto y desmerece los derechos del público a la información –así, en bloque-, encierra una cierta defensa corporativa de las élites y a pesar de la buena voluntad, una dificultad para proponer una medida justa de publicidad. No es casual que la argumentación gire en torno a autores pre modernos y a un espacio político en que la democracia es inimaginable o, como en el caso de Carl Schmitt, indeseable.

La democracia no es la abolición de las distancias entre las clases sociales o entre los estamentos políticos y técnicos por un lado y el pueblo por otro. La representación establece una medida institucional variable de esa separación. Pero establece, además, la promesa y la obligación de estrechar las brechas sociales y políticas de modo que el pueblo sea crecientemente incorporado a la vida de la ciudad.

No es que esta convergencia sea producto de un estiramiento quirúrgico e idealizado de la razón; se trata más bien de una condición de la convivencia.

Del mismo modo, la convergencia entre moral y razón, entre razón económica y racionalidad ética es irrenunciable porque abstenerse de buscar esa conjunción resultaría en una farsa invivible. Tan absurda como una ciudad donde es imposible mentir, sería una sociedad donde la mentira es tolerada y la verdad sea motivo del desinterés general.

El lugar en que la fe se cruza con el buen comer

Hay un momento de credulidad necesaria en la formación cotidiana de una sociedad y esa inocencia no tiene que ver ni con una confianza unilateral de la gente en las instituciones ni en los técnicos, sino en una creencia compartida en la rectitud y la eficacia del camino de desarrollo y de convivencia elegido. Siempre habrá un cinismo dispuesto a reírse de la ingenuidad de esta creencia, pero eso no la hace ni menos potente ni menos necesaria. La pregunta no es en quién confiamos, sino ¿en qué creemos?

La democracia es el compromiso de considerar al pueblo no en tanto el conjunto de los débiles que deben ser asistidos sino en cuanto es fuerte y se hace necesario para el diseño de desarrollo en el cual estamos participando.

El artículo de J.J.B. no aprecia la democracia como una innovación política. La analiza en la continuidad de prácticas políticas a las que les es indiferente la opinión ciudadana. La democracia abre una puerta al pueblo gobernado que no estaba ahí antes de su tiempo. Ni la práctica política ni los análisis pueden ignorar esa presencia y esa presión por formas nuevas de dignidad popular.

La democracia es la apertura del poder político al pueblo, tal cual existe. Ningún mito, ninguna sanación, ninguna espera liberadora, ninguna apuesta a la virtud lejana pueden sustituir las urgencias del pueblo real. Prejuiciado, ignorante, apasionado o apático, la democracia es la realización de la promesa de igualdad política. Una igualdad parcial, en proceso, llena de distorsiones y obligadamente perfectible. Pero la potencia de su derecho básico –un hombre un voto- y del principio mayoritario son tales que permiten poner en duda los excesos de confianza en los que incurren sus representantes. La democracia invierte la temporalidad, la causalidad y la jerarquía entre fenómenos políticos, sociales y técnicos.

La técnica tiene su lugar, subordinada al soberano. Esto siempre ha sido así. Lo que sucede en democracia, es que el soberano ha perdido sus fundamentos místicos y se ha vuelto profano dando la falsa impresión de que puede ser sustituido. La noción misma de soberanía debe ser repensada a la luz de la globalización, las redes tecnológicas y la democracia.

MCM, intermitencias de la vista gorda y promesas de libertad.

Las redes sociales y los medios efectivamente han jugado un papel importante en el desnudo que estamos escenificando. En una sección del artículo se atribuye a los medios una participación orgánica en las luchas de poder de la élite. En otros, se les autonomiza y se les atribuyen capacidades de ‘construcción de lo público’ y de ‘administración de la opinión pública encuestada’.

Aquí se confunden los sueños manipuladores del marketing y las pesadillas paranoicas de la sociología de los sesenta. La masa sería manipulada por una voluntad externa que la apunta como arma contra sus enemigos, potenciando sus bajos instintos.

No podemos desconocer que las redes sociales juegan un papel nuevo y propio en la configuración de lo público y que los medios tradicionales están compenetrados por las exigencias que vienen de las redes.

Ellas aportan una masividad y una instantaneidad nuevas en el comentario. Una opinión poco filtrada, pasional, fiel a adhesiones muy arraigadas, exacerbada. Rápida en el insulto y la descalificación. Sin embargo, las redes son también una escuela de opinión. Si tuviéramos ciencias sociales en Chile, tal vez alguien investigaría la evolución de los comentarios en las redes.

Los medios, por su parte, han sido sensibles a la pérdida de referencias políticas y éticas de nuestra crisis reciente. Actúan guiados por un ‘deber de información’ que cada uno interpreta a su modo, pero que en conjunto reflejan alianzas políticas poco definidas y enmarcadas en los ideales de transparencia de la ilustración y la modernidad. Sin duda hay servidumbres en los medios, pero hay también una inclinación libertaria en su existencia que es consustancial a la democracia.

No hay maneras de presentar la información sustrayéndose a las leyes del espectáculo. El espectador se ha vuelto crecientemente la figura más activa y poderosa de la sociedad.  Esto significa bombos, platillos, suspensos y desenlaces dramáticos coreografiados con cuidado.

No es que las intenciones de los medios sean puras ni que sus recursos investigativos sean considerables. Sus afirmaciones y sus puestas en escena adolecen de rigor ‘científico’ y dramático. Pero ellos han equilibrado el imperio del secreto y al hacerlo han empujado las barreras de lo admisible y han puesto en duda la estructura de las relaciones entre política y dinero. Su presión ha rozado la asignación de sentido al concepto de responsabilidad política. Nada más y nada menos; han abierto una puerta para el desahogo de la gente y para ventilación del sistema.

P.S. Squella y Machiavello

Una muy buena columna de Agustín Squella en El Mercurio, llamaba la atención sobre la salud de los teóricos. Más específicamente, pone sobre la mesa las diferencias entre textos descriptivos y desencantados y textos prescriptivos y edificantes. Relata Squella que Machiavello escribió El Príncipe en el exilio y los ‘Discursos sobre (la república) de Tito Livio’, una vez restaurado en su ciudad. La elección del tono y del género sin duda tiene que ver con las circunstancias de su vida.

Es una pena que el propio autor no haya intentado relatarnos los pasajes que llevan de una reflexión a la otra; de la crudeza de una experiencia lúcida y desilusionada a la de una convicción ética y estructurada de la política. Puede que entre uno y otro texto se verifique justamente el salto entre discursos heterogéneos o el paso discontinuo del despotismo a la república. Pasamos del elogio al secreto a la exigencia de publicidad sin que medie un criterio general aplicable a cada caso particular.

Entre ambos textos está también una diferencia entre registros coloquiales y presentaciones más académicas. No hay duda de que parte de la merecida popularidad del Príncipe se debe a la soltura de su pluma, desembarazada de citas de autoridad y libre para el humor, el escepticismo y la malicia.

En todo caso, no es descaminado considerar las circunstancias biográficas para evaluar el malestar de los intelectuales. Cada serie de acontecimientos de nuestra historia desprende intelectuales que quedan en posiciones anímicas y vivenciales que son condicionantes. Algunos se privatizan y guardan silencio. Otros responden ofuscados a las provocaciones a su honor. Los más, se rebelan contra las inflexiones del viento público y muchos sienten que deben justificar las buenas obras en que participaron. Pero lo mejor de este tiempo convulso ha sido el bullicio de los inocentes y, finalmente, el silencio de los economistas.

 

Fernando Balcells, sociólogo.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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