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Publicado el 01 de junio, 2018

Decirlo todo, sin miedo al escarnio público

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

¿Qué nos pasa hoy como comunidad? Respecto del lenguaje sucio, no vale la pena extenderse. Y en cuanto a la posibilidad de decirlo todo, la estamos perdiendo a una velocidad pasmosa. La nueva vulgata feminista se impone como una cuestión de fe a la que han de someterse creyentes y no creyentes.

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)
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Los griegos descubrieron algo único y destinado a forjar la cultura política de Occidente: nada menos que la posibilidad de instaurar una convivencia política fundada en la fuerza de la palabra y no en la violencia muda de los tiranos.

El poder de la palabra está en su capacidad de persuasión respecto de lo que es preciso hacer como comunidad política. Platón sugiere incluso que en las leyes promulgadas haya un preámbulo explicativo de por qué son sancionadas. La palabra lo es todo y de ella depende la vida de la polis, si es que verdaderamente aspira a ser llamada tal. Tan precioso es este instrumento, que se necesitan dos sólidas protecciones contra su ruina, que acarrea la ruina de la comunidad.

Los griegos nada menos que la posibilidad de instaurar una convivencia política fundada en la fuerza de la palabra y no en la violencia muda de los tiranos”.

Una de ellas, nos dice Aristóteles en la Política, es que el legislador habrá de preocuparse por desterrar el lenguaje sucio, pues a la despreocupación por las palabras sigue el descuido de las acciones. La otra protección es la parrhesía, esto es, la posibilidad de decirlo todo. El ciudadano tiene que poder decirlo todo sin temor al escarnio público.

¿Qué nos pasa hoy como comunidad? Respecto del lenguaje sucio, no vale la pena extenderse. Y en cuanto a la posibilidad de decirlo todo, la estamos perdiendo a una velocidad pasmosa. La nueva vulgata feminista se impone como una cuestión de fe a la que han de someterse creyentes y no creyentes. Ya lo dijo Daniel Mansuy en una magnífica columna en El Mercurio. Esta liturgia de símbolos obscenos y actos violentos es lo opuesto a la parrhesía. Nadie puede contradecir una coma del evangelio feminista sin que sobre él caigan los anatemas de la nueva autoridad religiosa y su feligresía.

El dogma de la infalibilidad ha cambiado de titular y la posibilidad de sostener el nuevo credo con razones es considerada propia de personas retrógradas que necesariamente han de ser castigadas. Vamos camino a una nueva barbarie, es decir, a eso que Aristóteles tanto reprochaba a los persas: el desprecio por la palabra y la opción por la tiranía. Sin embargo, no hay ninguna idea que justifique eso.

 

Jorge Martínez, Instituto de Filosofía – Centro de Bioética PUC

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO

 

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