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Publicado el 23 de agosto, 2015

De los buenos cuídanos Señor

Cuando se confunde el sentido ético de los objetivos, con la naturaleza relativa y opinable de los medios, se instala la pretensión de superioridad moral de un grupo por sobre el resto.

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Esta semana Benito Baranda hizo declaraciones a radio Cooperativa que considero extremadamente equivocadas y que, lamentablemente, expresan una visión que no es sólo propia de él. En pocas palabras, dijo que quienes nos oponemos a las reformas que impulsa el gobierno somos incapaces de ponernos “en el lugar de quienes las necesitan” y que estos cambios los tenemos que entender “como un problema ético, no económico, un problema ético profundo”.

Aunque procuro que mis columnas se refieran a aspectos de interés general y no a discrepancias particulares, en este caso haré una excepción, porque me parece que esta manera que tiene Baranda de ver la realidad no sólo es propia de él y porque nos lleva a un debate necesario e importante. De sus palabras se desprende que para Baranda, y para los que piensan como él, mi oposición a las reformas del gobierno expresan un punto de vista que adolece de un “problema ético profundo”. Es decir, se niega a la discrepancia la legitimidad propia del desacuerdo político, para situarla en el plano de las antinomias éticas que, por definición, no son entre pares. Es la lucha del bien contra el mal.

Karl Popper, un intelectual de primera allí dónde los haya (como dice un buen amigo mío), sostenía que “desde el punto de vista moral es tremendamente inmoral considerar a los oponentes políticos como moralmente malos. Eso conduce al odio, que es siempre malo y a una actitud que enfatiza el poder en lugar de contribuir a su limitación”.

Hay quienes tienen una visión crítica de nuestra sociedad occidental capitalista, la consideran injusta, materialista y deshumanizada. Una forma de organización que ha quitado al ser humano la visión del otro como alguien sujeto de derechos, digno de tener una vida plena, para lo cual requiere cierta satisfacción de sus necesidades materiales; las que, además, no se pueden alcanzar en un sentido profundo, si la persona está inserta en un medio en que hay diferencias económicas tan extremas, que se llega a afectar la igualdad esencial que todos compartimos.

Hasta aquí nada que objetar, puesto que incluso yo –que me opongo a la gratuidad universal en la educación universitaria, a la prohibición del reemplazo en la huelga y valoro el lucro- comparto buena parte, si es que no toda, esta descripción. El problema es cuál es la visión que, a partir de este diagnóstico, tenemos del origen de esa deshumanización, del ámbito en que se encuentran sus soluciones, de la capacidad del Estado para resolverla y de los peligros que entraña el uso desviado de su poder cuando se aplica de manera voluntarista a ese objetivo.

Aunque les resulte difícil de comprender y aceptar a los que, a partir de esta visión crítica de la sociedad, plantean soluciones estatistas, también hay un punto de vista que, con integridad ética, honestidad intelectual y fundamento técnico, sustenta una alternativa diferente respecto de la mejor manera de ayudar a los más necesitados, permitir la plena expresión de la igual dignidad del ser humano y promover una forma de progreso justa y eficiente. No se trata, por lo demás, de una suerte de planteamiento excéntrico, que no se haya probado en ninguna parte del mundo. Al contrario, son esas propuestas “éticas” las que no tienen sustento en la experiencia de los países exitosos en llevar bienestar y progreso a sus habitantes.

El problema es que, como muy bien veía y explicaba Popper, cuando las opciones políticas son situadas en el eje del bien y el mal se pierden los límites propios de la competencia democrática. Las reglas que se aplican para dirimir las diferencias en el ámbito de lo opinable son completamente distintas de las que se usan para resolver el enfrentamiento entre lo bueno y lo malo. Si las alternativas, como plantea Baranda, son la expresión del desacuerdo sobre aspectos de profundo contenido ético, entonces es cuestión de tiempo, o de alcanzar una cierta forma de distribución del poder, para que el punto de vista alternativo al suyo, que es antiético y, por ende, esencialmente ilegítimo, sea primero silenciado y luego penalizado, como correspondería hacer en una sociedad verdaderamente “ética”.

Baranda, y los que piensen como él, tiene(n) todo el derecho a creer y defender que su punto de vista es el correcto, que es la única, o la mejor forma de organización social, incluso a sostener que sus propuestas son un imperativo de justicia. Pero a lo que no tiene(n) derecho en una sociedad laica, pluralista y democrática, es a sacar su punto de vista del plano de la política y situarlo en el de la ética, porque eso implica que el debate deja de ser entre ciudadanos equivalentes, para convertirse en un enfrentamiento entre los buenos como él, que defienden ideales, y los malos que defendemos bastardos intereses.

No creo que Benito Baranda se represente todos los alcances de su aproximación al debate político; quiero pensar que sólo se trata de una confusión entre el sentido ético de los fines que la inmensa mayoría buscamos, con los medios que él considera mejor para alcanzarlos. Pero la diferencia es demasiado profunda e importante, porque cuando en una sociedad se confunde el sentido ético de los objetivos, con la naturaleza relativa y opinable de los medios, es el momento en que se instala la pretensión de superioridad moral de un grupo por sobre el resto. A partir de ahí la libertad política queda amenazada en sus fundamentos más profundos.

Así nacieron todos los totalitarismos, desde el nacionalsocialismo hitleriano hasta los fundamentalismos teocráticos. Por eso, en un acto cívico y democrático, hay que pedir al Señor que, en política, nos libre de los “buenos”, puesto que la libertad sólo está a salvo en la común y recíproca relación de los humildes que se saben falibles y, por lo tanto, siempre más próximos a los humanos errores, que a la esquiva y divina verdad.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO

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