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Publicado el 08 de octubre, 2014

De la gloria del Teatro Colón a la barbarie de los piqueteros

Un recorrido ideológico por la decadencia argentina.
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Sin asumir la dialéctica hegeliana se podría decir que muchos argentinos han construido su propia identidad a partir del enfrentamiento al amo -el mundo anglosajón- malo, feo y avaro que le impide a él -al esclavo- la libertad y la manifestación de toda su belleza, bondad, plenitud y poder. Dado que la Argentina se desarrolló en un empate entre las tendencias tradicionalistas antiliberales y el liberalismo continental francés -siendo Juan Bautista Alberdi la excepción- los argentinos tienen amplios recursos dentro de su tradición cultural para racionalizar su odio atávico al inmundo imperialista anglosajón.

Iniciando el análisis en el siglo XIX, luego de su independencia de España, el nacionalismo argentino llamado católico encuentra en Rosas a su héroe principal; la Constitución de 1853 es vista como un adefesio anglosajón y su fracaso, que nunca termina de hacer carne culturalmente a pesar de su probado valor institucional, no es casualidad, aunque por un tiempo diera sus frutos.

Esa visión del mundo no tiene ningún problema, ya en la década de 1920, de tomar a Mussolini y luego a Franco como modelos; ello gana el corazón del ejército e incluso resulta extraño que el golpe del ´30 liderado por el general Uriburu contra el radical personalista Hipólito Yrigoyen no haya barrido con todas las instituciones republicanas para siempre.

El antisemitismo, siempre patológico, que los rodea los hace coquetear con Hitler, y encuentra unos años después en Perón -un típico dictador autoritario fascista y protector de nazis- la concreción de sus ideales. Para tipificar esta mítica figura argentina basta decir que luego de su triunfo electoral de 1946, Perón disolvió los tres partidos que se habían creado para sostener su candidatura: Laborista, Unión Cívica Radical Junta Renovadora y el Partido Independiente, para unificarlos en una sola organización política, llamada primero Partido Único de la Revolución y luego simplemente Peronista o Justicialista y mandó a asesinar al líder sindical Cipriano Reyes, quien se opusiera a la desaparición del Partido Laborista.

Tan pronto como asume, Perón capta inmediatamente -como en casi todo- el odio a lo anglosajón como un componente básico del pensamiento local y su famoso “Braden o Perón”[1] no es más que la genial instauración discursiva de un modelo de pensamiento donde todos nuestros males no son nuestros: son fruto del auténtico dominador colonial, el auténtico explotador, protestante y enemigo para siempre de las más preciadas tradiciones nacionales y católicas: los ingleses y, peor aún, los “yanquis”.

Con la introducción de la teoría marxista de la dependencia en los ´60 y ´70 esta visión tiene un giro, aunque siempre coherente. Las categorías marxistas de análisis internacional -deterioro de los términos de intercambio, centralidad-periferia, norte-sur, etc.- son asumidas por casi todos los argentinos, pero sólo en el peronismo encajan con máxima coherencia; el resto de los argentinos vivía en la feliz incoherencia de tratar de protegerse del imperialismo y la explotación del Norte manteniendo las instituciones republicanas. Para el peronismo de los ´70, en cambio, ello es pura retórica burguesa y lo que vale es la revolución armada. Los teólogos de la liberación de la época colaboran intensamente con todo ello convenciendo a casi todos los católicos de que la revolución marxista era el mandamiento número 11 -cosa que jamás reconocerán por supuesto- y prácticamente los ingredientes ya están todos puestos para la cosmovisión nacionalista-marxista que sigue hundiendo al país en el abismo. Hay tantos acontecimientos históricos que son fruto de esta concepción, pero es imposible dejar de mencionar que la guerra de Malvinas -apoyada en su momento por casi todos los argentinos- es la apoteosis de esta locura ideológica en la más terrible y asesina retro-alimentación de sí misma.

Así las cosas, los kirchneristas (2003 a la fecha), los actuales herederos y sobrevivientes de toda esa cosmovisión, no están en condiciones de entender el fondo del problema de la deuda externa. Para ellos la deuda se inscribe en los perversos mecanismos financieros del, otra vez, inmundo capitalismo anglosajón explotador. Critican a los gobiernos argentinos anteriores por haberse endeudado, atribuyendo el origen ideológico de ese endeudamiento al supuesto capitalismo con el cual habrían negociado los vendepatrias de la dictadura, del “neoliberalismo” de los ´90, etc. Son incapaces de entender a autores como Peter Bauer o Ludwig von Mises para quienes las deudas externas contraídas por los sectores públicos para financiar prebendas políticas, no son fruto del capitalismo o del mercado libre, sino todo lo contrario y en su extremo, representan su hundimiento. No es un detalle: el estatismo en la moneda, el crédito y consiguientemente en el mercado financiero son intrínsecamente incompatibles con el mercado libre. Para el realismo mágico de los populismos latinoamericanos la existencia del crédito internacional y su incontinente uso para financiar los despilfarros públicos les producen aporías trágicas. Por un lado tienen que besar la mano del maldito explotador para que les otorgue préstamos que financien su gasto público, gasto que es fruto de creer mágica –o convenientemente- que el Estado lo resuelve todo. Pero cuando la situación explota insultan furiosos de rabia y odio ideológico a los prestamistas, ante los cuales tienen que arrodillarse nuevamente para refinanciar la deuda. A veces, coherentemente, festejan el default cantando la marcha peronista, el himno, aplaudiendo de pie, gritando o bailando, en un éxtasis de sobredosis de ideología, como el que se vio en el Congreso en enero de 2002, para luego tener que besar nuevamente los pies del explotador, para ahora, otra vez, evangelizar a las masas en interminables discursos televisados por cadena nacional contra el maldito imperialismo, para luego tener que arrodillarse nuevamente y así sucesivamente hasta que la Patagonia sea invadida por chinos y japoneses, y el resto, declarado territorio arqueológico internacional por las Naciones Unidas.

En medio de todo este cambalache, como ya decía Discépolo en su famoso tango de 1934, es que pueden entenderse los recientes panfletos que empapelaron la ciudad de Buenos Aires con la frase: “Ayer Braden o Perón. Hoy Griesa o Cristina”. Es una película que ya vimos y vivimos. La Argentina es nuevamente víctima del imperialismo yanqui y del sistema financiero internacional que los quiere poner de rodillas y pretende quedarse con sus riquezas. El anciano juez Thomas Griesa, que ya tiene su lugar en las páginas de las atribuladas relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos, encarna la figura perfecta de un Tío Sam del siglo XXI. Servido en bandeja para desempolvar el siempre eficaz recuerdo de Braden. Lo cierto es que una vez más, la Argentina encarnada en su Presidente pero apoyada por grandes masas de argentinos, actúa sacando a lucir su más pura esencia fascista: no respetar a los otros poderes instituidos. Si el Congreso es la escribanía del Poder Ejecutivo, la relación con el Poder Judicial es cualquier cosa: cuando el fallo es a favor de la Argentina quiere obligar al otro a cumplirlo y cuando es en contra lo declara insanablemente nulo. Chile ya fue víctima de este tipo de conductas. Y en este momento le toca a la justicia americana volver a pronunciarse en la Corte de Apelaciones de New York -la Argentina busca siempre otra arista “creativa” para evitar cumplir sus promesas- a pesar que ya se había llegado hasta la Corte Suprema en una doble confirmación del fallo de primera instancia en el remanido caso del pago a los bonistas que no entraron el canje del 2005 y 2010.

De chispazos de respeto al Estado de Derecho coincidentes con una coyuntura económica favorable a una casi constante viveza criolla que desaprovecha oportunidades irrepetibles burlándose de los más básicos principios de respeto hacia la comunidad internacional y, desde luego, arruinando la nacional. Del Colón y su majestuosa cultura a los piquetes y el país inmerso en la basura.

Eleonora Urrutia, abogado, MBA y PhD (c) en Economía.

[1] La famosa elección «entre formas de pensar el país» y realizar una «proclama anti- imperialista» surgió cuando en mayo de 1945 llegó al país un nuevo embajador norteamericano, Spruille Braden, quien incluso impulsó  un nuevo partido: la Unión Democrática. En octubre de ese año Perón fue detenido y se produjo la histórica movilización encabezada por Eva Duarte de Perón, que logró su liberación. Luego de la liberación se adelantaron las elecciones a realizarse en 1946 para el 24 de febrero. Perón lanzó el célebre «Braden o Perón» como una forma de proclamar una cruzada nacionalista.

 

FOTO: GUSTAVO FACCI / FLICKR

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