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Publicado el 26 de febrero, 2015

¿De a dónde es que los gobiernos pueden decirnos cómo ser felices?

Como ciudadanos, debemos velar por no otorgarle al Estado más poder que el estrictamente necesario para el ejercicio de sus facultades.
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El padre de la patria Norteamericano fue tremendamente visionario al definir como “verdades autoevidentes” y como derechos inalienables de los seres humanos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Las poderosas palabras escritas por Jefferson en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos establecieron una premisa esencial para los fundadores de la nueva nación. Los gobiernos se organizan para garantizar a los hombres el derecho a la búsqueda de la felicidad, no para proveerles la felicidad, pues su definición y su búsqueda está dentro de la esfera de lo personal, allí donde el gobierno no puede intervenir. Sin duda, ésta fue una idea radical ya que hasta entonces la mayor parte de la humanidad no había pensado mucho sobre la búsqueda de la felicidad.

Desde entonces, ha corrido mucha agua bajo el puente y las naciones regidas bajo estos principios se han desarrollado. La riqueza ha traído nuevas preguntas y nuevas tentaciones. A algunos políticos, como por ejemplo, el Primer Ministro británico David Cameron, les ha hecho pensar: “hay más que dinero en la vida…es hora que nos enfoquemos no sólo en el GDP (PIB) sino también en el GWB (General Well Being)”, algo así como el Bienestar Interno Bruto. Otros economistas, preocupados por mostrarse demasiado racionalistas, han adoptado la “felicidad” como nuevo indicador de las economías nacionales.

Esto ha llevado a que muchos gobiernos alrededor del mundo estén considerando medidas de felicidad (también llamada de “bienestar subjetivo”) como alternativas a las mediciones del PIB con el propósito de fijar directrices a la política económica. Quienes proponen medir la felicidad señalan que el PIB no capta todos los aspectos del crecimiento económico y ciertas dimensiones de la calidad de vida de los ciudadanos.

A Chile, cada punto de su crecimiento económico y aumento en la calidad de vida le ha costado un gran esfuerzo. Es por eso que no podemos adoptar a la primera y sin sopesar las consecuencias, las ideas que para algunos afuera parecen tan atractivas. Y existen importantes razones por las que la felicidad como indicador para el diseño de políticas públicas no funciona.

Tres aspectos problemáticos de la felicidad: definición, medición e implementación

Primero, la definición: el término “felicidad” abarca diferentes conceptos y significa cosas distintas para las personas. Ni siquiera para cada persona es fácil definir o explicar qué significa felicidad. Se trata de un concepto vago y complejo y que varía de persona a persona. Incluso para una misma persona, el concepto de felicidad está siempre cambiando. ¿Quién no ha querido un nuevo smartphone, para una vez obtenido, darse cuenta que lo que necesita es la presencia física de sus amigos?

Tanto es así que los filósofos han debatido sobre la felicidad por miles de años y todavía no alcanzan un entendimiento único del concepto. Desde Aristóteles y su estudio de la eudaemonia hasta nuestros días, no hay teoría sobre la naturaleza de la felicidad que tenga apoyo mayoritario. Ni siquiera hay acuerdo sobre que sea posible alcanzarla. En lo único que hay coincidencia es que ésta es una noción compleja y multifacética que no puede ser reducida a una fórmula o slogan. Si los filósofos y los humanistas no han resuelto este tema, ¿no será un tanto arrogante que nuestros políticos y burócratas pretendan diseñar políticas para procurar nuestra felicidad? (¡y basadas en las mediciones obtenidas por encuestas!)

Segundo, el problema de la medición de la felicidad. Esta tiene una dimensión cualitativa que no puede ser cuantificada o medida con certeza. Por ejemplo, si la felicidad se midiera en una escala de cero a diez, ¿cómo estar seguros que dos personas que califican su felicidad con un cinco son igualmente felices, o menos felices que otras personas que reportan un nivel seis de felicidad?

Tal como lo plantea Daniel Gilbert, cuando filósofos y psicólogos se refieren al significado del concepto felicidad, no pueden estar seguros si dos personas que dicen ser felices están teniendo la misma experiencia o que su actual experiencia de felicidad es realmente diferente de una pasada experiencia de felicidad. Ni siquiera pueden comprobar que estén teniendo siquiera alguna experiencia de felicidad. Cualquiera sea la definición que uno le de a la felicidad, ésta será siempre un sentimiento u opinión subjetiva – que, como tal, depende de muchísimos factores que van desde los genéticos, hasta los socioeconómicos, culturales, psicológicos, ambientales: ¡influye hasta el ánimo del día! Por eso, pretender medir la felicidad, transformándola en escalas numéricas o en categorías de “más” o “menos” felicidad, sin duda arrojará resultados ambiguos e inciertos.

Tercero, el problema de la implementación de políticas públicas que promuevan la felicidad. Existen impedimentos “técnicos” y de principios fundamentales. Entre los primeros está por ejemplo, la búsqueda de maximizar la felicidad. ¿Cómo se haría esto? ¿En base a qué criterios? ¿Cuáles serían los costos alternativos? ¿Cuál el monto óptimo de felicidad a alcanzar?

Otro problema al que se enfrentan los políticos y tecnócratas es el de la evaluación de los trade offs no sólo respecto de un “tipo de felicidad” sino entre “tipos de felicidad” cualitativamente distintos. Muchas personas sacrifican placeres en el corto plazo para obtener logros de largo plazo, como el caso de quien estudia por largas horas para ser doctor o de quien ahorra para luego emprender o de quien se priva de comer grasas y dulces para tener una vida más saludable. Las mediciones de felicidad registrarían estas realidades como una disminución en la felicidad presente sin distinguir que es una inversión en futura felicidad, produciendo una evidente distorsión en los datos.

Ya de carácter más fundamental es el conflicto de cómo un gobierno resuelve el hecho que los seres humanos tienden a trabajar arduo para alcanzar un cierto nivel de felicidad, y al alcanzarlo, tienen nuevas aspiraciones, lo que los fuerza a hacer nuevos esfuerzos para sentirse más feliz. O cómo resuelve el hecho, establecido por la teoría del punto inicial, según la cual el nivel de felicidad de una persona es, en parte importante, determinado genéticamente.

El Estado y la felicidad

Siguiendo la tradición de Jefferson, el Estado tiene un rol importante en una sociedad libre. Debe proteger nuestros derechos – la vida, la libertad, la propiedad – de las amenazas y ataques de terceros. Desafortunadamente la mayoría de los gobiernos están fallando en este rol: no hacen un buen trabajo en castigar a quienes violan nuestros derechos y buscan acrecentar su poder entrometiéndose cada vez más en diferentes aspectos de nuestra vida, privándonos más de nuestra libertad y demandando más de nosotros. Y otra forma de entrometerse y controlar nuestras vidas sería bajo el eufemismo de un aparente noble objetivo: la búsqueda de la felicidad ciudadana. No es casual que uno de los gobiernos que más pretenden concentrar el poder en forma autocrática, como el caso de Venezuela, haya creado el Ministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, con metas vagas y difusas que les permita arrogarse poder sobre la sociedad. ¿Por qué el gobierno tiende a crecer tanto si es malo para la sociedad en general? James Buchanan, premio Nobel de economía respondió esta pregunta en su teoría del Public Choice: los burócratas y los políticos están tan motivados en sus propios intereses como el resto de nosotros. Pero como la mayoría de los intelectuales creen lo contrario, existe la convicción que mientras las personas buscan su propio interés, el gobierno actúa en pos del interés público. Así, las personas que trabajan en el gobierno captan nuestro dinero silenciosamente, normalmente a través de terceras partes y luego lo redistribuyen según su arbitrio, con gran pérdida en burocracia generalmente, y lo hacen con bombos y platillos para que todos se sientan agradecidos y así volvamos a votar por ellos.

Cuando cedemos parte de nuestros derechos a un gobierno a cambio de recibir supuestamente una contraprestación, debemos hacerlo sabiendo que le estamos dando a otras personas poder sobre nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad. Es por ello, que, como ciudadanos, debemos velar por no otorgarle al Estado más poder que el estrictamente necesario para el ejercicio de sus facultades.

Considerar a la felicidad -con todos los bemoles que tiene- como un parámetro según el cual los gobiernos fijan políticas públicas y hasta la recaudación de impuestos, equivale a soltar al zorro dentro del gallinero. No sólo es arrogante y carente por completo de rigor científico. Además, implica intervenir en nuestros espacios de libertad ya que terminarán por dictaminar qué nos hará más felices, además de sacarnos nuestro dinero. El llamado a un estado de bienestar basado en la felicidad de los ciudadanos es otra forma de paternalismo, uno renovado y más peligroso, porque es el Estado diciéndonos: “yo estoy a cargo de que tú seas feliz, pedazo de estúpido”.

Por eso, la pregunta es: ¿quieres que el gobierno sea quien decida por ti qué es lo que te hace feliz y te lo imponga? ¿O prefieres que te asegure los derechos básicos y te deje resolver por tu cuenta cómo alcanzar la felicidad personal?

En lugar de focalizarse en la felicidad como medida del éxito de una sociedad, deberíamos centrarnos en estructurar instituciones que permitan a las personas mayores grados de libertad y más opciones para la consecución de sus propios objetivos e intereses. Esto además liberaría recursos públicos para lidiar con los problemas de importancia nacional a la par que dejaría la búsqueda de la felicidad a los mejores calificados para perseguirla: los propios interesados.

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