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Publicado el 24 de octubre, 2014

Cuestión de fe

Cuando un grupo político llega al poder convencido, por razones ideológicas, de que algo que ha funcionado debe ser cambiado, no hay nada que hacer.
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Las ideologías, escribió el premio Nobel de economía Douglass North, son materias de fe antes que de razón y subsisten pese a las abrumadoras pruebas en contrario. El mismo North explicó que las ideologías eran esencialmente las responsables del fracaso de los países del tercer mundo. Según North, las ideologías de aquellos que se encuentran en la posición de diseñar las reglas del juego, es decir, de quienes gobiernan, conducen a cambios institucionales que desconocen la operación elemental de una economía.

Cuando un grupo político, entonces, llega al poder convencido, por razones ideológicas, de que algo que ha funcionado debe ser cambiado, no hay nada que hacer.

Puesto que las ideologías son materias de fe como cualquier otra religión, la discusión racional y empírica no tiene ninguna forma de alterar el curso de acción que los profetas de la nueva ideología han adoptado. Solo las muestras de poder son capaces de forzar a este grupo de creyentes a poner fin a su proyecto. Levantamientos civiles, conflictos que se radicalizan amenazando su subsistencia política y cosas por el estilo son la única salida que queda a un país que ha caído en las manos de personas propulsadas por un extremismo religioso o ideológico.

Si pocos entienden lo que ocurre en un país que, como Chile, de pronto decide destruir todo lo alcanzado, es porque no han entendido que en buena medida la naturaleza del problema no es racional sino religioso. Es una cuestión de fe, no de razón como dice North. A los ideólogos no les importa el costo que otros paguen por llevar adelante su proyecto y solo estarán dispuestos a detenerlo si ellos mismos deben asumir un costo lo suficientemente alto por sacarlo adelante.

Es por eso que un país que es dirigido por un grupo ideologizado solo puede terminar en el conflicto y eventualmente el caos. En este contexto, el combate ideológico de fondo, como es obvio, resulta determinante. Es el “sense of fairness” dice North, esto es, el sentido de justicia, lo que lleva a uno u otro tipo de evolución institucional y mientras el sentido de justicia general sea igualitarista jamás podrá instalarse una base de creencias para sostener instituciones liberales.

Friedrich Hayek tenía esto tan claro que dejó de escribir sobre economía para dedicarse a investigar sobre las instituciones de la sociedad libre. Si el rol del político, dijo Hayek, consiste en hacer lo posible, el rol del filosofo político, es decir, de aquel que reflexiona en torno a la justicia en el orden social, consiste en hacer políticamente posible lo que en un momento es imposible. Y eso requiere de instalar una idea de justicia que se convierta en patrimonio común tanto entre las élites como en buena parte de la población. Solo así se puede garantizar la subsistencia de cualquier tipo de orden social.

Son entonces las ideas la clave para cambiar el destino de un país más que los intereses. Pues como bien dijera John Stuart Mill, un hombre con una creencia es una fuerza social más poderosa que noventa y nueve con intereses. El mismo Mill explicaría que cuando los intelectuales han logrado destruir la legitimidad de una determinada institución a nivel de creencias populares, esta tiene sus días contados. Mill llamó “espíritus superficiales” a aquellos hombres, típicamente del mundo de los negocios, que no entendían el poder de las ideas y de la filosofía especulativa pensando que el dinero y otras cosas eran más importantes.

Ciertamente, de todas las ideologías el estatismo en sus diversas manifestaciones es una de las más seductoras a nivel de élites intelectuales y de masas. La invocación al Estado es siempre una promesa de mayor bienestar, de la construcción de un paraíso o algo parecido sobre la Tierra.

La promesa de derechos gratuitos garantizados para todos, por ejemplo, no es más que la de incrementar el bienestar de la población aliviando necesidades urgentes. En ese deseo, como observó Ludwig von Mises, socialistas y liberales no están muy lejos. La diferencia es que los liberales jamás prometen resolver todos los problemas y aseguran que los medios ideales para resolverlos no son la concentración del poder en manos de unos pocos burócratas sino la libertad, que es lo que de verdad permite incrementar la cantidad de recursos disponibles en una sociedad para lograr un mayor bienestar.

La evidencia está claramente del lado de los liberales. Pero como se ha dicho, esto es una cuestión de fe más que de razón. Y la fe en el Estado es tan ciega como la fe en cualquier dios.

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO

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