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Publicado el 06 de agosto, 2018

Alberto Mayol: ¿Cuándo fracasa una ideología?

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

Está lleno de proyectos políticos en la historia que son válidos como puntos de referencia conceptuales, pero que fracasaron en su traducción histórica y/o en su implementación.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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¿Fue la caída del muro la prueba empírica del fracaso del socialismo? ¿Fue el atentado a las Torres Gemelas la demostración de la falsedad del triunfo liberal o de la decadencia del judeocristianismo? ¿Es la crisis migratoria una señal del fracaso de la globalización? ¿Es el nacionalismo europeo la demostración de la crisis del liberalismo? ¿Es el movimiento feminista la crisis del patriarcado?

Estas preguntas se suelen deslizar en los análisis de quienes examinan procesos políticos de larga data y se hacen cargo de la problemática de las ideologías. Buscamos denodadamente las pruebas empíricas del éxito o el fracaso de las ideas políticas o económicas, esto es, de los proyectos de sociedad. El fundamento de esta búsqueda es inexistente. No hay una epistemología para demostrar el éxito de una ideología, su fundamento suele estar asociado a la cantidad de almas conseguidas. Pero eso nada dice de su eficacia en tanto proyecto, sólo habla de su capacidad de penetración como idea (y dejamos en manos de la publicidad la cuestión del gobierno). Lo cierto es que en el campo intelectual que se abre en este conjunto de preguntas organizaré una discusión sobre la situación de las ideologías en el presente.

Platón, tuvo un proyecto, un ideal de sociedad, sus políticas públicas. Y tuvo ocasión de llevarlas a cabo en Siracusa. Su fracaso fue considerable.

Con esta columna comienza una colaboración con este medio que supondrá un texto semanal. He optado, por ello la introducción que aquí ofrezco, en darle a la secuencia de columnas el sentido de la composición, esto es, seguir una trayectoria que incorpore la contingencia, pero en el marco de una discusión más amplia, en la que el conjunto de columnas escritas signifique algo que no está contenido en una específica de ellas. Como normalmente mis colaboraciones escritas son contingentes y dependen del furor sagrado de un momento, de las musas, del enamoramiento por una idea o de la ira de Dios, dichos textos han sido siempre tesis parciales en el marco de tesis globales invisibles para el lector. Por el contrario, en este caso, cuando se escribe para un medio que se declara liberal (lo mismo que si se declarara socialista), creo que la disputa por el sentido de esas definiciones es interesante y nos ofrece la posibilidad de construir algo más que una columna, haciendo que la suma de las partes permita una serie. En la arquitectura antigua se hablaba de ‘columnata’ para referir una serie de columnas dispuestas en una o varias filas, que soportan una cubierta. Esta figura permite representar el modesto método que nos acompañará.

He decidido comenzar por el viejo problema sobre las pruebas del fracaso de una idea política. Está lleno de proyectos políticos en la historia que son válidos como puntos de referencia conceptuales, pero que fracasaron en su traducción histórica y/o en su implementación. El primer filósofo sistemático sobre la política, Platón, tuvo un proyecto, un ideal de sociedad, sus políticas públicas. Y tuvo ocasión de llevarlas a cabo, de imponerlas a una realidad, en Siracusa. Su fracaso fue considerable. Si gustamos con extremar la ironía, no debemos olvidar que las ideas de Platón regaron los valles de la costa siciliana. Sus ideas, extremas en puritanismo y probidad, resultan hoy una graciosa anécdota al mirar la histórica forma de hacer política en Sicilia. Pero bueno, quizás no es más irónico que mirar a la Iglesia Católica y a Jesús a la vez. Lo cierto es que Platón fracasó. Sus ideas siguen siendo valiosas, sin embargo.

Probablemente es difícil encontrar alguien más relevante en la materia, salvo Aristóteles. Pero por supuesto el recurso serio de partir con los antecedentes de los griegos clásicos ya ha sido devaluado. La señal más clara de ello fue cuando en el proceso de ‘negociación’ de la Troika (Unión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional) con Grecia, que terminó en julio de 2015, donde en medio de la discusión de ‘lo que me debes’ y ‘lo que te debo’, los griegos salieron con un argumento tan brillante como rebuscado: Europa les debía la filosofía y el desarrollo completo del pensamiento occidental (lo que es cierto), pero Europa no lo pagaría ni consideraba necesario hacerlo. Grecia, en cambio, le debía a Europa créditos financieros enormes para su capacidad de pago (la deuda casi duplicaba el PIB) y Europa estaba empeñada en que se pagara dicha deuda. Grecia no podía cobrarse de su aporte cultural. La Troika podía cobrarse de su aporte monetario. El dinero no da la felicidad, pero otorga unas certezas que la razón no entiende.

¿Cómo enfrentará el liberalismo, victorioso, lo que llamaremos la ‘aporía de las ideologías modernas’?

Pero volvamos a la pregunta. Francis Fukuyama (un autor mucho más interesante de lo que se le caricaturizó) parece tener una liviana tranquilidad a su alrededor: el liberalismo se presenta victorioso por el mundo, es el hombre nuevo, el sistema nuevo, el horizonte nuevo, la sabiduría de siempre. ¿Son los estertores extremos y desquiciados de sus rivales un canto del cisne de la historia a punto de terminar? ¿O son la señal de una resistencia activa? ¿O expresan el síntoma de una creatividad nueva, de un despliegue sin precedentes de un nuevo orden? Pues bien, la mayor parte de los intelectuales en el mundo sostienen que hay un claro triunfo del liberalismo. A nuestro juicio, confunden capitalismo con liberalismo. Pero hay además otras confusiones, que veremos después, que para eso hay tiempo. Pero supongamos que hay un triunfo del liberalismo. Solo mantengamos una pregunta, ¿cómo enfrentará el liberalismo, victorioso, lo que llamaremos la ‘aporía de las ideologías modernas’? Esa aporía es muy simple y sorprendente. En nombre del orden social, los liberales sirven a los conservadores, los socialistas a los liberales; y todos al capitalismo. La múltiple y compleja oferta doctrinaria deriva en una operación predecible y atávica. Como una tragedia griega, pero sin héroes y sin dioses montados en una máquina. Bueno, en rigor sí está la grúa en escena, la máquina, con su silencioso dominio. Machina ex machina. ¿Es a eso lo que llamamos libertad? Mueren religiones porque no necesitamos dioses. Pero tampoco necesitamos humanos.

Alberto Mayol, académico Universidad de Santiago

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