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Publicado el 16 de agosto, 2015

Cuando éramos inmortales

A la inmortalidad no le sucede la mortalidad. Le sucede la nostalgia… de la inmortalidad. La Presidenta Bachelet siente nostalgia de la RDA y del ex Presidente Allende; la oposición siente nostalgia del gobierno del ex Presidente Piñera.

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Como recordará, estimado lector, el título de esta columna es el mismo de una excelente novela de Arturo Fontaine, obra que, en su momento, compré y, en buena hora, leí motivado precisamente por ese título extraordinariamente sugerente y lúcido. Porque es propio del ser humano sentir, en ciertos momentos, que ha encontrado el rumbo definitivo y nada puede cambiar.

El Génesis dice que Adán y Eva fueron tentados por la serpiente a comer del árbol prohibido, porque haciéndolo serían como dioses; en pleno siglo XX los regímenes totalitarios pretendían haber encontrado la forma de organización política definitiva: el nazismo proyectaba un Reich de mil años y el comunismo al hombre nuevo que pondría fin a la historia. Todos se creyeron inmortales.

Entre nosotros, acá cerca del fin del mundo, la cosa no ha sido tan diferente: en los 60 la DC presumía de haber encontrado el modelo alternativo al capitalismo y al socialismo, era tal su convicción que su candidato sostenía que no cambiaría una coma de su programa ni por un millón de votos. En los 2000 nuevamente pensamos que habíamos encontrado la ruta definitiva, el modelo de desarrollo había sido asumido por el socialismo, cuyo primer Presidente después de Allende era “amado” hasta por los empresarios. ¡Inmortales!

Así las cosas, llegó un momento en que muchos creyeron que daba lo mismo quien gobierne, puesto que teníamos una forma de bipartidismo en que la socialdemocracia dirigía el país y un bloque de centroderecha ejercía muy ordenadamente el rol opositor. Era el equilibrio perfecto: una centroizquierda que jugaba, pero con las reglas de la derecha.

Incluso los dirigentes de la Concertación se permitían “lujitos”, como presentar cada cierto tiempo proyectos de ley que entusiasmaban a sus miembros verdaderamente izquierdistas, pero de lado cerraban un ojo a los empresarios y en el Congreso decían a la oposición: “ya pues, ustedes hagan su pega”. El país seguía igual, la izquierda tenía a la derecha para atribuirle la culpa y éramos el primer país latinoamericano gobernado por socialistas capitalistas. Háganse esa.

Pero el sistema comenzó a mostrar algunas fallas, los políticos de derecha se empezaron a cabrear de hacer el trabajo sucio en el Congreso, de mirar desde la galería como la izquierda gobernaba. Políticos al fin, su vocación es el poder –irreprochable aspiración- y si la izquierda podía administrar la ambigüedad de obtener los votos mirando para un lado y gobernar mirando para el otro, por qué ellos no. Así la derecha creyó que tenía que ser una nueva derecha, a la que también le duele la desigualdad, que se atreve a subir impuestos, que combate los abusos de los poderosos.

El resto es historia conocida. Ya no somos inmortales.

A la inmortalidad no le sucede la mortalidad, ese es un error. A la inmortalidad le sucede la nostalgia… de la inmortalidad. Probablemente por eso esta última semana estuvo marcada por ese sentimiento de añoranza de un pasado que parece difícil, si es que no imposible, de recuperar.

La Presidenta Bachelet siente nostalgia de la RDA y del ex Presidente Allende; la oposición siente nostalgia del gobierno del ex Presidente Piñera; los empresarios sienten nostalgia del periodo de estabilidad concertacionista y, probablemente muchos, del ex Presidente Lagos; la Concertación siente nostalgia de si misma.

Pero la nostalgia proviene de la melancolía, es el refugio que busca el espíritu cuando se enfrenta a un futuro que sabe inferior a su pasado. La nostalgia es la sublimación de la impotencia, es la forma en que nos rebelamos frente al fracaso al que nos condenó la historia. La semana que terminó nos deja hechos que ameritan un análisis de profundidad mayor de la que se percibe a primera vista; porque una sociedad cuyos líderes comienzan a estar marcados por la nostalgia, es una sociedad que comienza a quedar sin líderes.

La decadencia de Roma se inicia cuando el imperio, renegando de si mismo, añora la república; cuando niega la posibilidad de un futuro mejor, en la nostalgia de su pasado. La decadencia de Roma comenzó, cuando los romanos descubrieron que ya no eran inmortales y sintieron nostalgia.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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