Como una afrenta impensada al estado alemán fue descrita la negativa del presidente ucraniano Volodymir Zelenski a recibir la visita de su homólogo Frank-Walter Steinmeier, justo cuando este se aprestaba a abordar el Airbus A350, el avión oficial del gobierno alemán, conocido como “Konrad Adenauer”. Zelenski dejó estupefactos a políticos, periodistas y académicos alemanes, quienes debaten ahora cómo pudo ocurrir esta monstruosa osadía de un país tan necesitado de ayuda externa. 

¿Podrá superar la potencia europea el ultraje diplomático recibido? 

Difícil, por no decir imposible. Los argumentos y las formas de Zelenski no dan mucho espacio de maniobra. Su tajante enunciado, “Usted no es bienvenido en nuestro país”, rebota una y otra vez por las paredes del palacio de Bellevue, la residencia del mandatario alemán a orillas del Spree.

Steinmeier ha reaccionado, balbuceando que sólo puede hacer un “balance amargo” de su pasado reciente. En todo caso, el estupor ha sido mitigado con el apoyo resuelto de todo el arco de partidos políticos alemanes que calificaron la conducta ucraniana de “imprudente, desastrosa y negligente”. 

Una afrenta sin precedentes

Más de alguien podría suponer que esto se trata de un guión televisivo, o una novela, o sencillamente fake news. Pero no lo es. La verdad es que estamos en presencia de un hecho del todo inédito en las relaciones internacionales. No hay registro en la literatura especializada sobre dichos tan virulentos de un país sumido en un conflicto armado, abordable sólo si se tiene una fuerte ayuda extranjera, hacia su benefactor. Es una afrenta, sin la menor duda, casi incomprensible, especialmente si los acontecimientos se observan a miles de kilómetros de distancia.

Por eso, las razones de Kiev deben ser vistas necesariamente en sus numerosos contextos y trasfondos. 

Primero, en las formas. Zelenski no sólo dijo lo que dijo. Sostuvo luego que su país no desea visitas de alguien sin poder y que Ucrania no está interesada en simples gestos o cuestiones insustanciales. De paso, sugirió la visita de un político alemán con efectivos poderes, como el canciller Olaf Scholz. Pocas veces se ha visto una muestra de tan escalofriante desprecio.

Segundo, en lo medular. Zelenski describió la figura de Steinmeier como repulsiva, debido a su reconocida amistad con los rusos, asunto demostrable -según agregó- en la extraordinaria generosidad comercial con Moscú mostrada por él cuando ejerció cargos relevantes antes de asumir la Presidencia. 

O sea, Steinmeier sería cómplice de la cruzada anti-occidental de Putin. Cabe entonces escarbar brevemente en su trayectoria personal y política.

Amigo de los rusos

Se trata, desde luego, de un político de fuste. Hizo carrera al lado de su amigo, el canciller Gerhard Schröder (1998-2005), llegando a ejercer un puesto muy sensible: coordinador de los servicios de inteligencia. Ambos formaron por años una estrecha dupla al interior de la socialdemocracia germana. Luego, Steinmeier acompañó a la demócratacristiana Angela Merkel como titular de Exteriores, entre 2005 y 2009 y también entre 2013 y 2017.

Nadie podría negar entonces lo evidente. La vida de Steinmeier está muy asociada a la de Schröder, con quien comparte, además, una fuerte afición por el fútbol. Y ocurre que Schröder ha cultivado en realidad una muy buena amistad con Putin. Por eso no extraña que Schröder y Steinmeier hayan propiciado juntos los acuerdos gasíferos con Moscú. 

Tras dejar el poder, Schröder asumió como alto ejecutivo de Rosneft y luego de Gazprom, accionarias de los proyectos NordStream, desatando polémicas que duran hasta el día de hoy. De ahí proviene su apodo, originado por su involucramiento con los gigantes petroleros rusos, Genosse der Bosse. Se trata de un juego de palabras en alemán que pudiera traducirse como “camarada de los empresarios”. 

Pero nos sólo eso. Schröder incluso adoptó una niña huérfana en señal de estima con la ciudad de San Petersburgo, allí donde nació Putin. Además, es reconocido hincha del equipo de fútbol de ahí, el Zenit, propiedad de Gazprom. Un gusto futbolístico que comparte con Putin.

Otro dato interesante sobre este peliagudo asunto, es la versión de medios de comunicación sobre presuntas simpatías inusuales de Steinmeier con los rusos. Por ejemplo, en 2007, cuando aparecieron muertos los opositores Anna Politowskaya y Alexander Litvinenko, fue invitado a una audición en el Parlamento Europeo. Los parlamentarios deseaban conocer el marco de algunos comentarios atribuidos a él sobre una presunta histeria mediática en relación a la muerte de ambos opositores.

Decisiones estratégicas

La trama desatada por el mandatario ucraniano se inserta entonces en el debate político alemán de estos momentos acerca de cómo el país pudo llegar a los impresionantes niveles de dependencia del gas y petróleo de Rusia. En las últimas semanas están resonando con inusitada fuerza conceptos muy dolorosos para un político europeo occidental, como appeaser. Este fue el calificativo dado en su tiempo a Chamberlain y Daladier, dos grandes ejemplos de esas corrientes internacionalistas extremadamente favorables al comercio y al diálogo abierto y descarnado como verdaderos garantes de la paz.

En resumen, ya se tiene certeza que la guerra ruso/ucraniana está dejando numerosas lecciones, donde no son ajenos los fantasmas del pasado. En ese marco se inscribe la afrenta de Zelenski.

De paso, ha hecho resurgir esa imperiosa necesidad (muchas veces olvidada por el buenismo) de que los grandes tomadores de decisión deben actuar siempre con frialdad y cazurrería, especialmente en materias de carácter estratégico. Hoy muchos se preguntan en Alemania si Steinmeier, Merkel y Schröder la tuvieron o no en su relación con el Kremlin. 

Schröder parece refocilarse con la pregunta y se le ve feliz recibiendo cuanto reconocimiento sea posible en la tierra de Putin. Merkel guarda escrupuloso silencio. Steinmeier, hundido en la peor de las pesadillas imaginables. 

No son pocos los que creen que aquel fatídico 24 de febrero puso efectivamente al actual mandatario alemán al lado de los inefables Chamberlain y Daladier. Sin embargo, ello parece un ejercicio algo injusto o impropio. Los paralelismos históricos a veces son engañosos. Con frecuencia se recurre a ellos como quien toma ad libitum una u otra mercancía en un supermercado. Pero, por otro lado, tampoco es posible huir del pasado y su sombra se proyecta sobre el presente. Ya lo advirtió Johan Huizinga en su clásico El Concepto de la Historia y Otros Ensayos. 

*Ivan Witker es Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta