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Publicado el 29 de noviembre, 2019

Cristóbal Caviedes: La democracia es una lotería

Abogado, candidato a Doctor en Derecho Universidad de Queens, Canadá Cristóbal Caviedes

Si hay un momento para quemar las naves y experimentar con nuevas formas de participación ciudadana, ese momento es ahora; y resulta que el azar o sorteo tiene ilustres credenciales democráticas a la hora de complementar el voto como herramienta de fortalecimiento de la política. En efecto, el sorteo es democrático por razones probabilísticas, demográficas, y de prevención de conflictos de interés.

Cristóbal Caviedes Abogado, candidato a Doctor en Derecho Universidad de Queens, Canadá
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Voy a ser muy directo: en la nueva constitución, el Senado debería ser electo por sorteo. Pienso también que se debería permitir a las regiones y a las comunas reemplazar sus asambleas electas mediante el voto por asambleas sorteadas si así lo desean. Por ejemplo, podríamos tener senadores sorteados que duren cuatro años y se renueven por parcialidades cada dos.

Me imagino lo que usted, estimado lector, debe estar pensando; pero no, no estoy loco. Sé que la idea de tener asambleas sorteadas puede no serle muy familiar, pero no es una idea tan descabellada como parece a simple vista, ni tampoco un experimento mental sin asidero en la realidad. De hecho, nada menos que los antiguos griegos (quienes algo sabían de democracia), las antiguas ciudades-estado italianas, y los municipios del Reino de Aragón, poseían asambleas deliberativas en las que la elección de representantes era echada a la suerte. Junto con lo anterior, en los últimos años, este tipo de asambleas han sido utilizadas con éxito para discutir asuntos tales como sistema electoral, aborto, matrimonio igualitario, y cambios constitucionales en países como Canadá, Irlanda, Islandia, y Holanda. Es decir, países que se caracterizan por su seriedad a la hora de tratar los asuntos públicos. (Al respecto, recomiendo leer el libro “Contra las Elecciones: Cómo Salvar la Democracia” de David Van Reybrouck).

Si tomamos en cuenta tanto el estallido social en Chile como el reciente deterioro de la política en el mundo occidental (piense usted en el Brexit, el resurgimiento del populismo en América Latina y Europa, la elección de Trump y Bolsonaro, etc.), parece claro que nos enfrentamos a una crisis estructural de la democracia. Por un lado, nuestra población es políticamente activa. Esto lo demuestra la participación en protestas y el compromiso de las generaciones más jóvenes con causas como la protección del medio ambiente, la defensa de los animales, la igualdad de género, las reivindicaciones indígenas, etc.

Por el otro, cada vez menos gente se molesta en votar; el apoyo a los políticos y al Congreso está por los suelos; verbos como ceder, comprometer, negociar, y transar son vistos como “amarillismo”, “cocina”, pusilanimidad, y falta de carácter; y pocas cosas son más mata-pasiones que inscribirse y participar entusiastamente en un partido político. Toda la evidencia apunta a que la democracia no enfrenta un problema meramente coyuntural, sino sistémico. Si un régimen no puede canalizar las pulsiones políticas latentes en una sociedad en formas constructivas, ello constituye indicio de que tal régimen está haciendo aguas. Nos guste o no, como forma de ejercicio del poder político, la democracia parece estar siendo desbordada en casi todas partes. En cuanto tecnología política, la democracia parece estar quedando obsoleta.

En los últimos años, este tipo de asambleas han sido utilizadas con éxito para discutir asuntos tales como sistema electoral, aborto, matrimonio igualitario, y cambios constitucionales en países como Canadá, Irlanda, Islandia, y Holanda.

Estas son pésimas noticias para Chile, pues el deterioro generalizado de la democracia significa que, aun cuando en la nueva constitución los chilenos efectivamente enchulemos nuestro sistema político, la calidad de nuestras instituciones va a seguir siendo insuficiente para enfrentar los desafíos de la segunda mitad del siglo veintiuno. Por ende, si hay un momento para quemar las naves y experimentar con nuevas formas de participación ciudadana, ese momento es ahora; y resulta que el azar o sorteo tiene ilustres credenciales democráticas a la hora de complementar el voto como herramienta de fortalecimiento de la política. En efecto, el sorteo es democrático por razones probabilísticas, demográficas, y de prevención de conflictos de interés.

Primero, el sorteo es democrático porque distribuye en partes iguales el poder político entre los ciudadanos. Tal como sucede con el voto, el sorteo le otorga a cada ciudadano exactamente la misma probabilidad de influir en los asuntos públicos, en el sentido de que cada ciudadano tiene la misma chance de ser seleccionado como representante. De hecho, el voto sigue una lógica probabilística muy similar a la del sorteo, toda vez que la probabilidad que tiene cada ciudadano de que su voto individual sea el que efectivamente defina una elección es bajísima; tan baja como la de ganarse el Kino.

Segundo, el sorteo es democrático porque permite que las asambleas deliberativas representen demográficamente a la población chilena. Ya que bajo el sorteo cualquier ciudadano puede terminar siendo un representante, bajo el sorteo, es más probable que quienes deliberen y aprueben políticas generales a nombre de Chile efectivamente se parezcan a Chile, en toda su diversidad y complejidad. En efecto, el sorteo posibilita el acceso a la política de personas que pueden hacer aportes valiosos, pero que lamentablemente no cumplen con el perfil de un buen candidato. Como mecanismo de selección política, el voto es restringido. El voto privilegia a los lindos sobre los feos; los ricos sobre los pobres; los hombres sobre las mujeres; los extrovertidos sobre los introvertidos; los heterosexuales sobre los homosexuales; las personas sin discapacidad por sobre las personas con discapacidad; y los blancos por sobre todas las otras etnias. Por el contrario, con el sorteo, todas estas ventajas inmerecidas desaparecen por completo de la ecuación.

Esto es importante no sólo porque fortalece la participación política de personas históricamente excluidas del poder, sino también por razones cognitivas. Existe evidencia de que los grupos heterogéneos tienden a resolver mejor los problemas que los grupos homogéneos, ya que los grupos heterogéneos poseen un mayor abanico de perspectivas—y por ende, de información—para aproximarse a ellos. Por tanto, siendo que el sorteo incrementa la probabilidad de que una asamblea representativa sea demográficamente diversa, el sorteo puede contribuir significativamente al mejoramiento de las políticas públicas en Chile. Además, no se debe pasar por alto la formación cívica que significa para los ciudadanos observar a sus pares deliberando con calma, racionalidad, y respetando sus legítimas diferencias morales.

En lo que respecta a competencia, tanto el sorteo como el voto son imperfectos.

Finalmente, el sorteo es democrático porque es menos susceptible que el voto a la influencia del dinero en la política. Siendo que con el sorteo la elección de representantes queda entregada a la suerte, el apoyo económico de los grupos de interés deja de ser un requisito necesario para participar en política. Junto con lo anterior, y siempre que se coloquen resguardos como, por ejemplo, límites a la reelección por sorteo y voto secreto al interior de la asamblea, las asambleas sorteadas son significativamente menos permeables a la influencia del lobby que las asambleas electas por voto.

Sí, es cierto, existe la posibilidad de que el sorteo elija a gente incompetente. No obstante, esto ya ocurre con el voto. Si de elegir incompetentes se trata, la única diferencia entre el sorteo y el voto es que el voto privilegia a los incompetentes carismáticos por sobre los incompetentes desagradables, mientras que el sorteo no privilegia a ningún incompetente sobre otro; nada más. Por ende, en lo que respecta a competencia, tanto el sorteo como el voto son imperfectos.

Al final del día, mi impresión es que el recelo moderno en contra del uso del sorteo —recelo que, como vemos, no compartían los antiguos griegos— no tiene realmente que ver con el hecho de que la regla sea ilógica o contra-intuitiva, sino más bien con el hecho de que el sorteo reconoce una verdad que para muchos es casi insoportable: el hecho de que no tenemos pleno control sobre la realidad; el hecho de que, a pesar de nuestro impresionante dominio de la técnica, los humanos seguimos siendo una especie frágil, vulnerable, y sujeta en grados importante a fuerzas que porfiadamente rehúsan a someterse ante nosotros.

Sin embargo, el hecho de que una verdad sea incómoda no quita en absoluto su carácter de verdad. Independientemente de lo que queramos creer, el azar, la suerte, o el “hado” (como le decían los antiguos griegos) es una fuerza poderosa que ignoramos a nuestro propio riesgo. (No por nada los romanos adoraban a la fortuna como una de sus diosas). Siendo así las cosas, ¿no será tiempo de utilizar la suerte en formas socialmente provechosas en lugar de pretender que no existe? El uso del sorteo en las democracias es una forma de canalizar el poder de la suerte para el bien; y no hay que olvidar que, como decía Virgilio en La Eneida, la fortuna suele sonreír a los osados.

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