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Publicado el 22 de mayo, 2019

Cristóbal Aguilera: Sobre la posibilidad de la discusión pública

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Sin argumentos, la violencia se convierte en el único código de interacción. Y nuestra sociedad, encandilada por el respeto y la tolerancia, la apertura de mente y el desprecio de los prejuicios, se va encogiendo hasta convertirse en múltiples y pequeñas burbujas. Vaya comunidad la que estamos construyendo.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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En el contexto de la conmemoración del día contra la homofobia, la alcaldesa Virginia Reginato argumentó que el único emblema que representa y une realmente a todos es la bandera de Chile. La provocación no pasó desapercibida, y en pocas horas su cuenta de Twitter se convirtió en el blanco de justicieros que reclamaban contra la evidente falta de empatía y tolerancia. Así, a la autoridad le dijeron -y esto es literal-: «inepta», «estúpida», «ordinaria», «ignorante», “mutante”, «ridícula «. Como es obvio, solo he copiado los mensajes más respetuosos. Los demás están a disposición de todo el público.

Tal vez esto sea lo más preocupante. No estamos hablando de una especie de foro privado destinado a insultarse, sino de una red social pública. ¿Cuánto de esto refleja el estado actual de nuestra sociedad? En otras palabras: ¿Qué tan dispuestos estamos a escuchar a quienes piensan distinto? La pregunta me parece importante, porque la posibilidad de la discusión pública es clave para alcanzar una sociedad más o menos pacífica.

Por cierto, este desafío es mucho más difícil cuando lo que está en juego son bienes que nos parecen fundamentales. En este caso, la dignidad de las personas homosexuales. En otro, la libertad de la mujer para decidir el aborto. Más allá, la protección del medio ambiente. Pero quizá por lo mismo, porque son las disputas más relevantes, el esfuerzo por abandonar la propia trinchera y darle algún sentido al intercambio de ideas (no balas) es más urgente.

En este marco, y justamente cuando releo algunos textos de Chesterton, me resulta imposible no volver la atención sobre su costumbre (vicio) de discutir con su amigo Bernard Shaw sobre los temas más relevantes de economía, política, historia, filosofía, teología. El contraste, tanto físico como intelectual, era notable. Pero lo más notable era lo ameno, profundo, polémico, ingenioso y proselitista de sus disputas. Nadie podría negar que ambos no se lo tomaran en serio. Chesterton habría muerto por defender sus ideas. Pero eso no les impedía darse la tarea de escuchar, comprender, de interpretar de la mejor manera posible las posturas del otro. Al contrario, este era el punto de partida.

Nadie es infalible. Por otro lado, hay gente razonable y con rectitud de intención tanto en la derecha como en la izquierda. Esto no significa que todas las opiniones sean igualmente válidas y menos que no haya una verdad que deba ser descubierta. Tampoco significa olvidar nuestras convicciones fundamentales. Pero es evidente que las explicaciones fáciles, aunque retóricamente atractivas (y útiles para sumar corazoncitos y likes a nuestras publicaciones), no llevan a ninguna parte. El argumento “nosotros somos los buenos y ustedes los malos”, solo perpetúa la ingenua idea de que ellos, los de la vereda del frente, están siempre y necesariamente equivocados.

Todavía nos somos capaces de medir las consecuencias de olvidar lo anterior. Sin argumentos, la violencia se convierte en el único código de interacción (lo de Reginato es solo un síntoma menor). Y nuestra sociedad, encandilada por el respeto y la tolerancia, la apertura de mente y el desprecio de los prejuicios, se va encogiendo hasta convertirse en múltiples y pequeñas burbujas. Vaya comunidad la que estamos construyendo.

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