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Publicado el 19 de septiembre, 2019

Cristóbal Aguilera: Ser chilenos

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Ser chileno es algo que nos constituye y nuestra cultura nacional es una fuente de valores.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Todos los domingos del año escuchamos cueca en mi casa mientras tomamos desayuno. Es una tradición que se instaló sin tener la intención de ser tradición. Cuando yo o mi señora lo olvidamos, mi hijo mayor nos recuerda que debemos poner cueca. No es que nos hayamos propuesto forzadamente ser “patrióticos”; simplemente he querido transmitirles a mis hijos mi fascinación por la danza nacional, y ellos la han recibido con gusto.

Los padres tenemos la misión de transmitir cultura. Y, sin duda, dentro de esta misión, una cuota importante se la lleva la cultura nacional. La cultura nacional es cultura en el sentido de que es una manera específica de relacionarnos con este entorno físico y espiritual que llamamos Chile. Pero lo es, también, porque es herencia. Lo que somos, en cuanto a chilenos, se lo debemos a una lista interminable de compatriotas que aportaron con sus virtudes y vicios a constituir nuestro país (su territorio, emblemas, etcétera). Chile, en efecto, no comienza ni termina con nosotros, que solo somos, poseyendo una dignidad inconmensurable, un eslabón más en esta cadena temporal. Nuestra misión, así, consiste en trasmitir lo que a nosotros mismos nos fue heredado y que, por tanto, no es únicamente nuestro.

La retórica de lo heredado o, como dicen algunos filósofos, de lo “dado”, se ha ido perdiendo y olvidando. Entre las causas que podemos encontrar para explicar esto se encuentra el énfasis que nuestra sociedad actual le asigna a la “autonomía”. Autonomía que se comprende como sinónimo de liberación. Esto significa que todo aquello que no ha sido creado o aceptado libremente es manifestación de opresión. De todo ello debo emanciparme si quiero ser “verdaderamente yo”, es decir, yo auténticamente libre, sin nada impuesto desde afuera.

Este ideal subjetivista moderno tiende a obviar el hecho de que el hombre es un ser en relación, que nos necesitamos no solo para subsistir, sino también para formar nuestra propia identidad (lo cual es parte de nuestra propia realización). Las relaciones y vínculos que entablamos desde que nacemos por herencia, como la familia y la nacionalidad, y aquellos que luego vamos formando por voluntad, como la pertenencia a algún club de fútbol y las amistades, no son un anexo en nuestras vidas, sino algo que nos constituyen. En otras palabras, estos vínculos no son ataduras que nos oprimen e impiden la manifestación de nuestra auténtica identidad, sino que son los que precisamente permiten el despliegue de nuestra personalidad.

Lo que quiero decir, finalmente, es que ser chileno es algo que nos constituye y que nuestra cultura nacional es una fuente de valores. Es obvio que para cierto círculo de nuestra élite cultural y política esto no es algo valioso en sí mismo sino en la medida en que lo escogemos. Pero, como contrapunto, nuestra propia experiencia nos sugiere que hay algo de valioso en aquellas realidades a las que gratuitamente pertenecemos y que nos anteceden y sucederán. Digo esto, además, luego de asistir al acto patriótico de la comuna de Las Cabras, en el que decenas de familias, es decir, padres trasmitiendo cultura a sus hijos, concurrieron a dar gracias (porque esa es la verdadera actitud que debemos adoptar) por ser chilenos.

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