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Publicado el 3 septiembre, 2020

Cristóbal Aguilera: ¿Para qué los padres?

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Los políticos no deberían seguir perdiendo el tiempo en discusiones acerca de la autonomía progresiva o sobre si un niño puede o no ir a una fiesta sin permiso de sus padres. El desafío político es promover que cada madre y padre se comprometa con la educación de sus hijos y garantizar que existan las condiciones sociales para que realicen esta labor fundamental, cuyo impacto en la sociedad no tiene comparación con ninguna otra.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Es fascinante constatar que los seres humanos necesitamos ser educados. Somos radicalmente dependientes unos de otros, entre otras cosas, porque sin otros no podemos llegar a tener una vida plenamente humana. No estamos determinados, a diferencia de lo que ocurre con los animales, a los bienes que nos perfeccionan. El perro no necesita de otro perro para que le enseñe a comportarse como perro, pues lo hará necesariamente. El ser humano, en cambio, requiere de sus padres para que le enseñen a conducir su vida humanamente, pues su naturaleza no lo determina a ello.

¿Qué significa conducir la vida humanamente? Los padres no esperan únicamente que sus hijos aprendan a caminar, comer y conservar medianamente sus vidas. Tampoco basta para la educación verdaderamente humana que los hijos saquen buenas notas en el colegio, sepan tocar bien el piano o sean los primeros  en el deporte. En realidad, si uno le pregunta a un padre qué espera de su hijo, normalmente responderá que espera, en última instancia, que sea «bueno». Que sea bueno es que obedezca a sus padres porque los quiere, que luche día a día por erradicar un defecto, que pida perdón cuando deliberadamente falta el respeto, que diga la verdad a pesar de que la tentación de mentir por evitar el castigo sea muy fuerte, que se alegre cuando a sus hermanos les va bien y se entristezca cuando les va mal. En definitiva, el objetivo de la educación es la virtud. Todo esto no viene del nacimiento. En algún sentido, los seres humanos necesitamos nacer dos veces.

Lo anterior, se diga o no de esta manera, implica aceptar que la perfección que se busca con la educación es una perfección esencialmente moral. Los padres no necesitan estudiar la ética de Aristóteles para saber que lo «bueno» está definido por la vida que uno espera que sus hijos tengan, y esa vida es una vida plena, una vida lograda. «Haz esto», «evita aquello», «eso es feo», todo esto no se le dice al hijo para conseguir algo de ellos, por comodidad u otra razón diferente que el deseo de que sea feliz.  Y se le dice, no pensando que su hijo es un niño más entre muchos de este mundo, sino con la consciencia de que su hijo es una persona, es decir, que es único en este mundo, y que la perfección a la que todos estamos llamados, el hijo la debe hacer suya en su intimidad.

Los padres tienen un asunto muy importante en sus manos: colaborar para que sus hijos alcancen su plenitud. Los políticos no deberían seguir perdiendo el tiempo en discusiones acerca de la autonomía progresiva o sobre si un niño puede o no ir a una fiesta sin permiso de sus padres. El desafío político es promover que cada madre y padre se comprometa con la educación de sus hijos y garantizar que existan las condiciones sociales para que realicen esta labor fundamental, cuyo impacto en la sociedad no tiene comparación con ninguna otra. Llevamos años discutiendo sobre educación y preocupados de los problemas de la infancia. Es hora de que dirijamos adecuadamente los esfuerzos.

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