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Publicado el 19 de marzo, 2020

Cristóbal Aguilera: Nosotros

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

El lenguaje moderno de los derechos, por más de moda que se encuentre, es incapaz de asentar las bases de algo así como una comunidad, pues es permanente reivindicación. Puede, de hecho, que sea este lenguaje el responsable de que la primera reacción que tenemos ante alguna carga que se nos impone sea preguntar en qué me beneficia personalmente. La opción por el nosotros, en cambio, conlleva a aceptar sacrificios, que puede que incluso no nos beneficien en este sentido, es decir, que no sean útiles, ni placenteros ni satisfagan nuestros derechos, pero que, a fin de cuentas, son los que más valen, pues son opción de generosidad. Demás está decir que el coronavirus constituye una oportunidad.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae

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Vivimos en una época individualista. Lo que las personas buscan en la vida es, fundamentalmente, pasarlo bien. Más todavía, pasarlo bien a toda costa, aún a costa de los demás. Por esto, nadie debería extrañarse de que haya jóvenes (y no tan jóvenes) que no les interesa la salud del prójimo en momentos así de complejos. ¿Cómo apelar ahora a la virtud cuando lo único que nos ha importado ha sido el placer y la utilidad?

El individualismo devalúa las relaciones humanas. El otro únicamente cuenta en la medida en que sea funcional al propio bienestar, por lo que los vínculos solo son valiosos si son provechosos. Lógicamente nadie puede evitar los vínculos sociales, pero son varios los sentidos que se le pueden dar a estos vínculos: el individualista ha escogido poner el yo como la cumbre de la realización “social”, y el alegato de sus derechos como el modo de actualizar dicha realización.

Ahí donde solo hay múltiples yo, no hay comunidad. La comunidad implica, primeramente, una unión, es decir, la posibilidad de hablar en plural, de identificarnos en un nosotros. La opción del nosotros en vez del yo, no es una opción de convivencia, de cómo podemos configurar entre todos la sociedad para que cada uno alcance mejor sus fines personales sin el estorbo del otro (lo que no sería sino otro rostro del individualismo). La opción del nosotros es una opción política, ética y antropológica: implica aceptar que nuestra realización pasa necesariamente por y en otros. El bien humano no es el encierro en sí mismo y la expansión del yo, sino la apertura, la generosidad, la donación.

El desafío de volver, como se dice, a “hacer comunidad”, tiene múltiples aristas. La primera de ellas, la más importantes, es la familia, que es la primera comunidad donde uno aprende a donarse (principalmente mirando la entrega y amor de los padres, que es el fundamento de dicha comunidad). Fortalecer la familia es -como ya se ha dicho hasta el cansancio, y más- la manera más radical de superar el individualismo que nos carcome. Este desafío también supone cambiar el modo en que social y políticamente argumentamos: el lenguaje moderno de los derechos, por más de moda que se encuentre, es incapaz de asentar las bases de algo así como una comunidad, pues es permanente reivindicación (y, la gran mayoría de las veces, reivindicación hedonista, es decir, maximización del yo). Puede, de hecho, que sea este lenguaje el responsable de que la primera reacción que tenemos ante alguna carga que se nos impone sea preguntar en qué me beneficia personalmente. La opción por el nosotros, en cambio, conlleva a aceptar sacrificios, que puede que incluso no nos beneficien en este sentido, es decir, que no sean útiles, ni placenteros ni satisfagan nuestros derechos, pero que, a fin de cuentas, son los que más valen, pues son opción de generosidad. Demás está decir que el coronavirus constituye una oportunidad.

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