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Publicado el 23 de julio, 2020

Cristóbal Aguilera: Las posibilidades de la política

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Cuando no hay posibilidad de una discusión pública, la única alternativa que queda es la lógica del poder, la que ahora se manifiesta, por ejemplo, en las mayorías parlamentarias que no tienen problemas con arrogarse competencias que no tienen. Esto es insostenible. El poder, en cualquier momento, buscará otros cauces de acción que, probablemente, harán desaparecer la política. La violencia está a la vuelta de la esquina.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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El proceso de degradación de nuestra política no parece tener posibilidades de detenerse ni menos de retornar. Salvo que una mayoría transversal de políticos tome consciencia del crítico momento en el que se encuentra nuestra República, es difícil ver un camino alternativo que nos aleje del precipicio al que nos dirigimos. Son innumerables los factores que han originado y acelerado este proceso, y muchos de ellos no son para nada recientes. Pero hay un factor que el último tiempo se ha agravado especialmente y cuya influencia es crucial. Este factor dice relación con la imposibilidad de sostener hoy día un diálogo político sobre cualquier asunto posible.

Los ejemplos que confirman esto son múltiples, y cada día se van sumando más. Y, para entenderlo bien, esto no es un problema que tiene como causa el que los políticos parecieran estar en un constante diálogo de sordos. Esto es cierto hace mucho tiempo. Por lo demás, si uno observa las discusiones en el Congreso, se podrá dar cuenta de que la gran mayoría de los diputados y senadores lo único que buscan en sus discursos es confirmar a su público, y pocas veces se oyen palabras que tengan por objeto persuadir al que está en la vereda del frente. Tampoco el problema mayor es la particular desvergüenza que ha capturado a no pocos parlamentarios, quienes piensan que frivolizar el debate y las instituciones no tiene costo alguno. Todo esto es cierto, pero el problema me parece que es más profundo todavía.

Por un lado, pareciera que hoy no existe ninguna idea a la cual los políticos de distintas veredas puedan remontarse para poder iniciar una discusión. No hay premisa que sea compartida. Esto se ha podido ver con mucha claridad en el debate sobre el retiro del 10% de los fondos previsionales. A la izquierda no la convenció ninguno de los múltiples argumentos que se ofrecieron, los que iban desde la falta de coherencia doctrinaria hasta la afectación de las pensiones. Esto no es un problema de sordera. Es un problema, por decirlo de algún modo, intelectual: no hay un modo de conversar que posibilite los acuerdos; no hay términos del debate que todos acepten para que, efectivamente, pueda llevarse a cabo un debate.

Por otro lado, el mismo lenguaje o discurso político se ha degradado. Ya nadie sabe siquiera para qué está la política. Por ello, si uno escucha a parlamentarios de partidos tradicionales de derecha, es fácil confundirlos con parlamentarios del Frente Amplio (y viceversa). Todo se ha degradado a lugares comunes. Palabras como “pueblo”, “bien común” y “solidaridad” se han convertido en envoltorios vacíos, conceptos abstractos que sirven para revestir la propia postura, para sofisticar un discurso que solo se preocupa del poder. Y precisamente a esto se ha reducido todo: al poder. Cuando no hay posibilidad de una discusión pública, la única alternativa que queda es la lógica del poder, la que ahora se manifiesta, por ejemplo, en las mayorías parlamentarias que no tienen problemas con arrogarse competencias que no tienen. Esto es insostenible. El poder, en cualquier momento, buscará otros causes de acción que, probablemente, harán desaparecer la política. La violencia está a la vuelta de la esquina.

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