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Publicado el 03 de octubre, 2019

Cristóbal Aguilera: Devoción mariana y tradición chilena

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Se ha intentado entender la ceremonia que se llevó a cabo en la Moneda para recibir a la Virgen de Fátima como un atentado al principio de separación de la Iglesia y Estado. Lo cierto, sin embargo, y se pudo ver en el rostro del Presidente y la Primera Dama, es que este recibimiento fue sencillamente una muestra especial de cariño.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Sin duda, el hombre que más escándalo e inquietud ha provocado en la historia fue (es) un judío llamado Jesús. Quien se aproxime a su figura puede descubrir la paradoja de la fe que nos dice que aquel que murió crucificado hacia el año 30, aquel que a los ojos humanos fue un fracaso, es el mismo Dios. Como diría Benedicto XVI, que el hombre que vivió y murió en un punto específico de la historia, es el dueño y centro decisivo de la historia.

Ese hombre tuvo (tiene) una madre, judía también, que podríamos decir que es la segunda persona que más inquietud ha provocado en la historia, aunque de un modo distinto al de su Hijo. Es, por así decir, una inquietud que se revela contra nuestra propia lógica. Pues, si bien nos puede resultar difícil admitir que Dios se haya hecho hombre, no parece complejo aceptar que Dios tenga una madre.

Esto es una verdad (un dogma) radical. Es radical porque está en la raíz de nuestra fe: ser católico, como lo reconocía Chesterton luego de su conversión, significa ser irremediablemente mariano. Pero es radical, además, porque aquella Madre no es (como tampoco su Hijo) un mero punto en la historia, sino que es hoy y ahora, nuestra Madre. Es nuestra con toda la propiedad con que llamamos a nuestras madres como madres. Es nuestra en el mismo sentido en que ella nos reconoce a cada uno como hijos suyos. No es extraño, entonces, que la Virgen haya estado siempre en la cumbre de nuestra veneración.

Esta devoción natural muchas veces se ve empañada en la época actual, que tiende a negar la simplicidad de los fenómenos más humanos. Así, por ejemplo, se ha intentado entender la ceremonia que se llevó a cabo en la Moneda para recibir a la Virgen de Fátima como un atentado al principio de separación de la Iglesia y Estado. Lo cierto, sin embargo, y se pudo ver en el rostro del Presidente y la Primera Dama, es que este recibimiento fue sencillamente una muestra especial de cariño.

Algo parecido ocurrió el domingo recién pasado en las calles del centro de Santiago. Miles de personas nos reunimos para caminar junto a la imagen de la Virgen del Carmen, participando de una tradición que es parte constitutiva de nuestra identidad nacional. Aquí lo importante no es el número, sino el cariño. No es una demostración de poder político, sino una muestra de filial afecto. Caminando por Amunategui, alguien me dijo que le impresionaba que los carabineros detuvieran el tránsito para que todos pudiéramos seguir a un ritmo uniforme. Pero de qué otro modo podría haber sido. Aquella mujer es nuestra Madre, Reina y Refugio. Es que, a la Virgen María, como decía Federico Suárez en su libro «La Virgen nuestra Señora», “se la quiere sin querer”.

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