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Publicado el 02 de abril, 2020

Cristóbal Aguilera: La importancia de lo inútil

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

La discusión sobre educación en estos días ha tratado casi exclusivamente sobre computadores, educación online y programas de tv, es decir, pantallas. Cuánto bien haría el Ministerio de Educación si promoviera que los estudiantes hicieran cosas inútiles, como leer, y en vez de repartir computadores, repartieran libros.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae

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De pronto nos hemos visto encerrados en casa. Las reacciones, las emociones, varían día a día: el placer de estar más tiempo con los niños, la agobiante incertidumbre de no saber cuándo diablos podremos volver a tener una vida normal, el miedo al sufrimiento que es una especie de sufrimiento. También puede darse, sobre todo en el hombre moderno, cuyo horizonte es el éxito, el miedo a ser inútiles, a no rendir lo suficiente: ¿qué sentido puedo darle a todo este tiempo en el que he dejado de producir, en el que me he convertido en una persona inútil?

Las situaciones extremas, como la que hoy vivimos, que nos obligan a adoptar estilos de vida anormales, constituyen una oportunidad para preguntarnos quién es el hombre. Estábamos (estamos) viviendo una crisis política y social grave, que nadie sabe muy bien cómo se retomará luego de que acabe la crisis sanitaria. Pero, previo a ello, nuestra sociedad estaba capturada, casi indiscutiblemente, por el criterio del éxito, sobre todo el éxito profesional. Los jóvenes, que lo aprendieron de los viejos, advierten que su vida “vale la pena” en la medida en que logren triunfar. Los riesgos de este estilo de vida son claros, sobre todo en el ámbito familiar. Es un gravísimo problema, por ejemplo, que no exista la convicción de que no hay empresa más importante que la empresa familiar

¿Pero quién es el hombre? La pregunta nos interpela en estos días de encierro, pues el riesgo de volvernos inútiles es tremendo. Riesgo que, en todo caso, puede hacernos comprender que nuestra dignidad no está condicionada a nuestra capacidad de hacer cosas útiles. Es algo propio y exclusivo del hombre, podríamos incluso decir, el hacer cosas inútiles. Y este es el momento de aprovecharlo, de crecer en aquello que somos, haciendo cosas que no sirven para nada. Por de pronto, es un tiempo para estar más en familia, para descubrir el gozo que hay en ello y, de paso, para darnos cuenta del problema que significa ponerle una relevancia tal al trabajo, que nos impide llegar a horas razonables a la casa.

También podemos ser inútiles en otras cosas. La discusión sobre educación en estos días ha tratado casi exclusivamente sobre computadores, educación online y programas de tv, es decir, pantallas. Cuánto bien haría el Ministerio de Educación si promoviera que los estudiantes hicieran cosas inútiles, como leer, y en vez de repartir computadores, repartieran libros. El hobbit, La peste, David Copperfield, Los miserables, El hombre que fue jueves, Robinson Crusoe, alguno que otro poemario de Parra, Teillier… en fin, la lista es eterna. Así, tal vez, podrían darse cuenta de la riqueza de lo verdaderamente humano. Se abriría un notable horizonte de progreso y desarrollo si acaso algunos se convencieran de aquello que advertía Víctor Hugo: “lo bello es tan conveniente como lo útil… y tal vez más”.

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