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Publicado el 26 de febrero, 2019

Cristóbal Aguilera: La ciudad y los perros y el amor familiar

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera
Releer el primer libro de Mario Vargas Llosa inevitablemente lleva a reflexionar sobre un tema que aún está pendiente en nuestro país: el equilibrio familia-trabajo.
Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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* Spoilers

La violencia injustamente desatada en contra de los débiles, precisamente porque son débiles, debe ser uno de los tópicos principales de la primera novela de Mario Vargas Llosa. En un ambiente consumido por los distintos factores que conforman la miseria humana (alcohol, drogas, prostitución, delincuencia, infidelidad, violencia intrafamiliar, pornografía, pobreza extrema, etcétera), La ciudad y los perros nos entrega un panorama que bien podría extrapolarse a otros contextos que no sean los de un colegio que busca formar servidores de la patria bajo un régimen paramilitar. No por nada, como dice Víctor García de la Concha, el marco o espacio al que alude el título de la obra, no se circunscribe al colegio, sino que se amplía a la “ciudad”.

La trama que narran las diferentes voces es bastante sencilla. La virtud del libro, en efecto, no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Sin embargo, entre las historias de vida que se entrelazan y bifurcan, hay una cuyo desenlace llama la atención. Es la del niño que, por decirlo así, constituye el ejemplo paradigmático del caso perdido. Iniciado a los pocos años de la adolescencia en la prostitución y la delincuencia, su ingreso al Leoncio Prado puede entenderse como una manera de buscarle un asidero o justificación a la vida. Es el matón del curso, el que todos odian y, sin embargo, adulan. Al que siguen y aplauden cada vez que humilla a otro. Lo único que no le perdonaron –y que él, sin embargo, de cierta manera sí lo hizo– fue ser “soplón”. Asesino, mentiroso y confeso, logró zafar debido a los vicios del sistema, la lógica del encubrimiento y el cansancio del, posiblemente, único teniente honrado de ese lugar. A pesar de todo, el único verdadero brillo de esperanza en las más de cuatrocientas páginas del libro, lo entrega precisamente un diálogo (el que cierra el volumen y, sin duda, el mejor de todos) que sostiene este caso perdido con su principal ex socio de la época de ladrón.

¿Cómo se explica este vuelco? ¿Qué sucedió en aquel adolescente para que diera un giro en ciento ochenta grados? La respuesta es, como casi siempre, el amor. El amor que sacude como fuerza renovadora y es capaz de provocar las cosas más insólitas. Lo hizo, por ejemplo, con Raskolnikov y, ahora, lo hace también con Jaguar.

En una sociedad como la nuestra, en gran medida capturada por el exitismo y la frivolidad, la imagen y el poder, una de las pocas cosas que puede entregarle sentido y refugio es el amor y, específicamente, el amor familiar. Y esta verdad, que la historia y la literatura se han encargado de recordar una y otra vez, el hombre olvida a diario. ¿Hasta qué punto una sociedad va perdiendo su sentido cuando el trabajo ocupa tal lugar que es preferible que un padre se quede tecleando hasta la madrugada frente a un computador en vez de asumir la hermosa y heroica tarea de educar a sus hijos? ¿Qué sentido tiene la vida laboral cuando el jefe reprocha a quienes prefieren cumplir con su deber de padre o madre y celebra a los que evitan las felices tareas que conlleva la vida familiar? Jaguar se salvó porque, luego de abandonar el camino de niño símbolo y hundirse en sí mismo, sobrevive en él el recuerdo de su amiga y vecina. Logra reflotar, únicamente, debido a que se enamora, busca, se casa y forma una familia con Teresa. Por eso el flaco Higueras, al despedirse, pudo decirle “A mí me encanta conversar con los amigos. Pero no podremos vernos con frecuencia; tú te has vuelto un hombre serio y yo no me junto con hombres serios”.

En tiempos en que las llamadas “nuevas generaciones” de derecha parecen obsesionadas con el individualismo liberal, tal vez podrían optar por -antes que mirarse al espejo en los ensayos políticos del tan de moda Vargas Llosa defensor de la “libertad integral”- leer al novelista, en cuyos libros no solo podrán encontrar una maravillosa manera de narrar, sino también, y sin duda, mensajes tanto más importantes.

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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