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Publicado el 30 de abril, 2020

Cristóbal Aguilera: ¡Fanáticos!

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Nuestra pequeñez nos impide, paradójicamente, ver la radicalidad de nuestra insignificancia. Tan alto hemos creído volar, que no nos damos cuenta de que solo hemos tomado una pala y cavado. Nos hemos enterrado en nosotros mismos, en un proceso creciente de ensimismamiento. Lo que estamos viviendo, exteriormente, no se compara con el estallido interior que, en cualquier minuto, detona en todo ser humano.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae

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El escándalo comenzó en Twitter y luego continuó en ciertos medios de comunicación que, poco a poco, se han convertido en mediocres cámaras de eco: un par de sacerdotes confesando y dando la comunión en la calle y a plena luz del día. Para ser sinceros, lo que escandaliza no es que se incumplan las normas de higiene. Esa es la excusa. En realidad, lo que no termina de escandalizar es que, en pleno siglo XXI, todavía existan personas dispuestas a hacer una fila para que un hombre vestido de negro les perdone sus pecados y luego les dé de comer un pequeño y delgado pan blanco. ¡Qué diablos tiene esta gente en su cabeza! Una comentarista de redes sociales reconocía haber quedado en shock luego de advertir que había taco para la confesión.

Fanáticos. No queda otra. Un gran santo del siglo pasado (¡¿qué es un santo?!) reconocía, sin pudor, que era un loco, que estaba “loquito” y, como si esto fuese poco, recomendaba al mundo entero que enloqueciera de “Amor”. Con mayúscula. Esto es demasiado para el hombre moderno, aquel que está colmado de seguridades, aquel que no se conmueve por nada, que no desvía su mirada de ese norte que llaman progreso, hasta que un ser microscópico le desestabiliza el barco. «Insensato, esta misma noche te visitará la muerte» se lee en aquel extraño librito hoy pasado de moda. Es una sentencia dura, pero cierta, más cierta que todas las seguridades de la modernidad. Hoy mismo, cualquiera de nosotros podría recibir una interpelación de esta naturaleza.

Ya no pisamos tierra firme. A menudo se escuchan expresiones del tipo “nada volverá a ser como antes”. Se refieren, por supuesto, a que se expandirá la modalidad del trabajo a distancia o que muchos servicios comenzarán a prestarse vía online. Nuestra pequeñez nos impide, paradójicamente, ver la radicalidad de nuestra insignificancia. Tan alto hemos creído volar, que no nos damos cuenta de que solo hemos tomado una pala y cavado. Nos hemos enterrado en nosotros mismos, en un proceso creciente de ensimismamiento. Lo que estamos viviendo, exteriormente, no se compara con el estallido interior que, en cualquier minuto, detona en todo ser humano. Pues, todos, en algún momento, nos vemos enfrentados a la pregunta sobre el todo o la nada, ante a la opción de optar entre la luz o la oscuridad.

Aquellos fanáticos ya han optado y permanentemente renuevan su opción frente a aquel hombre de negro y aquel pan blanco. ¿Qué es una pequeña y mezquina polémica de farándula frente a esto que es más grande que el mundo entero? Por eso la paz de aquella mujer que, con toda naturalidad, le respondía al periodista: “me gusta venir a recibir al Señor”. El hastío y la banalidad parecen habernos capturado, pero ya llegará aquel día en el que, como decía Leon Bloy, «los hombres estén tan cansados de los propios hombres que bastará con hablarles de Dios para verles llorar».

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