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Publicado el 12 junio, 2021

Cristóbal Aguilera: El problema de la igualdad

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Nadie podría afirmar que una pareja de un hombre y una mujer es «lo mismo» que la de un hombre y un hombre. Esto no significa que una deba ser enaltecida y la otra pisoteada. La palabra desigual no dice que una es peor que la otra, sino que son diferentes. Es, así, contrario a la igualdad tratar igual lo que es desigual. Pero esto es justamente lo que se pretende.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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La ilusión igualitaria nos tiene enceguecidos. Hoy le tocó el turno al matrimonio. Poco importa qué diablos signifique esa particular unión: lo relevante es que sea igualitaria. Si con esta pretensión ponemos en riesgo la institución misma, entonces es un riesgo digno de correr.

Lo igualitario es una ilusión, porque es un imposible. Pero como vivimos de máscaras y farsas, nos conformamos con promesas vanas sin tantos inconvenientes. Lo importante –nos dicen– es que cada uno haga lo que quiera. Una obviedad. Todo el mundo hace lo que quiere, aunque muchos no tengan la menor idea de qué es realmente lo que quieren. Pero por más que uno haga lo que le venga en gana, no todo es lo mismo, equivalente, uniforme, un espejo: no todo es ni será «igual».

Esto es un alivio, porque un mundo igualitario es lo más parecido a un infierno. Abrimos los ojos con esperanza porque podemos ver que el otro es, efectivamente, un otro, alguien distinto, un desigual. La igualdad, en efecto, haría imposible la amistad. Por lo demás, la tesis de que todos somos iguales en dignidad y derechos es, a estas alturas, algo vacía. Obviamente hay una cierta igualdad en cuanto que nadie debe ser tratado de modo denigrante. Pero el norte debe ser que todos sean tratados de manera distinta, desigual: no según lo que son, sino según quiénes son. La igualdad es, en este sentido, injusta.

Esto último podría ser criticado. Aristóteles decía justamente lo contrario: lo justo es lo igual. Pero el griego no ocupaba la palabra con la frivolidad con que hoy se emplea: si dar a cada uno lo que merece es lo justo, entonces ello coincide con la igualdad, que nos invita a darle a los iguales lo mismo y a los distintos algo diferente. Pero esto supone, precisamente, la posibilidad de decir que esto y aquello no son lo mismo y que, por este motivo, no es justo tratarlos de igual modo. De no existir esa posibilidad, entonces no tendría sentido hablar de la igualdad. En otras palabras: la igualdad sirve únicamente en la medida en que se comprenda como un principio meramente formal (nos indica la forma en que hay que tratar a los iguales y diferentes), pero nada más. Es decir, un principio impotente para resolver, por sí solo, disputas como la que nos pone por delante la propuesta de matrimonio homosexual.

La igualdad que hoy está de moda, sin embargo, nos invita a tirarnos tierra en los ojos. Nos dice que las diferencias dan lo mismo, aunque estén ahí, delante de nosotros, aunque sean patentes. En verdad, nadie podría afirmar que una pareja de un hombre y una mujer es «lo mismo» que la de un hombre y un hombre. Esto no significa que una deba ser enaltecida y la otra pisoteada. La palabra desigual no dice que una es peor que la otra, sino que son diferentes. Es, así, contrario a la igualdad tratar igual lo que es desigual. Pero esto es justamente lo que se pretende.

Es verdad que las leyes pueden reglar lo que sea, y se ve difícil que uno pueda decir algo que tenga mínima cabida en esta disputa que es un perfecto diálogo de sordos. Pero la realidad, de pronto, nos golpeará como una piedra en los dientes. No todo da lo mismo, a pesar de que se intente argumentar así: privar a un niño de la experiencia de tener un padre o una madre, por más que se diga lo que sea, es una injusticia: quizá no hay otro plano donde se advierta mejor la necesidad de esta desigualdad y diferencia (o paridad, si cae mejor).

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