Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 18 de abril, 2019

Cristóbal Aguilera: El poder sobre la naturaleza

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Uno podría partir por preguntarse qué llevó a un gobierno que se opuso a la aprobación del aborto a impulsar la crioconservación de embriones, es decir, a permitir y financiar el congelamiento de aquellas vidas cuya muerte directa, hasta hace poco, denunciaban como un verdadero homicidio. ¿Es que no es lícito matar, pero sí manipular?

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Hace pocas semanas el Ministerio de Salud anunció la decisión de dar cobertura a los tratamientos de fertilidad de alta complejidad en el sistema de libre elección. Desde todas partes celebraron la iniciativa, enmarcándola dentro de las medidas de promoción de la maternidad. No deja, sin embargo, de ser perturbadora la siguiente pregunta: ¿es que nadie ve lo que en realidad está sucediendo?

Lo traigo a colación simplemente como un ejemplo: “embriones congelados”, “embriones almacenados”, “embriones remanentes”, “embriones desvitrificados”. No hace falta recurrir a algún cuento de Huxley, sino revisar los programas de reproducción asistida de la Clínica Las Condes. Embriones, una manera fría, técnica, que evita significar la realidad tal cual es, pero que, al fin, no se puede esconder: seres humanos en su estado inicial, indefensos, que, por lo mismo, son manipulados, congelados, trasferidos, desechados.

Uno podría partir por preguntarse qué llevó a un gobierno que se opuso a la aprobación del aborto a impulsar la crioconservación de embriones, es decir, a permitir y financiar el congelamiento de aquellas vidas cuya muerte directa, hasta hace poco, denunciaban como un verdadero homicidio. ¿Es que no es lícito matar pero sí manipular? Más todavía cuando, como denuncia la profesora María Sara Rodríguez, este tema fue aprobado mediante una glosa presupuestaria y su posterior codificación como prestación de salud, dejando un sinfín de preguntas importantes sin resolver (importantes en la medida en que todavía se tenga la convicción de que la vida humana comienza en la concepción).

También se podría reaccionar en términos de las atribuciones de las autoridades públicas: ¿Es razonable que la Administración tenga la competencia para tomar autónomamente una medida como esta? ¿Financiar con recursos del estado el congelamiento de embriones no constituye, al menos, una definición que deba ser adoptada en un foro propiamente político, en donde la ciudadanía pueda expresar su parecer, lo que solo es posible –o al menos en parte– en el Congreso? ¿No merece todo esto un debate democrático de mayor envergadura como para zanjarlo, sin discusión, a través de un mero acto administrativo? Todo esto es importante, pero hay todavía algo más inquietante: la pasividad, la normalidad, el adormecimiento. Es que, en realidad, a nadie parece interesarle que unos puedan decidir (¡y lucrar!) la manipulación de otros.

Así, nuestra sociedad se va configurando a través de una tensión entre progreso y cuestionamientos éticos. Pero lo cierto es que todo este avance no es sino una manifestación de dominación, pero no sobre las cosas, sino sobre las personas. Ya lo decía C. S. Lewis: cuando se habla del poder del hombre sobre la naturaleza (la vanguardia de la tecnología) en realidad se trata de un poder ejercido por algunos hombre sobre otros. Algunos, pocos, decidiendo sobre la existencia de otros.  En efecto, a puertas cerradas, entre cuatro paredes, como a nadie le gusta, el gobierno dio el pase para la creación de bancos de embriones congelados.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: