En un magnífico ensayo que debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas y universidades, el autor de las Crónicas de Narnia intenta demostrar lo razonable -e inevitable- que es valorar objetivamente las realidades de este mundo. Tanto el arte como la cultura, el obrar humano y la ciencia, todo puede -y debe- ser apreciado según criterios que nos permitan dar con una respuesta que excluya a otras. Si tal o cual pintura, ópera, jugada en el ajedrez o acción es buena o mala, debería ser algo posible de sostener y argumentar más allá de lo que piense o sienta el sujeto que valora.

Esto es algo que, hoy por hoy, se pone cada día más en jaque. Aunque, a decir verdad, solo se hace en ciertas esferas de la vida social y a propósito de ciertas doctrinas, sobre todo éticas. Así, por ejemplo, incluso el mayor relativista moral del planeta, si desea denominarse a sí mismo como tal, debe sostener que es absolutamente verdadero o cierto aquello de que es imposible valorar éticamente las actuaciones de las personas o -entre otras variantes del relativismo- que dicha valoración es un asunto emocional.

Esta incoherencia, sin embargo, no es algo que normalmente inquiete a los relativistas morales, sobre todo cuando de lo que se trata es juzgar a quienes -como ellos- defienden la objetividad de una doctrina ética. Dicho de otro modo: quien plantea, por ejemplo, que el aborto es algo malo, lo hace a partir de premisas éticas igualmente objetivas y absolutas (no neutrales) que aquel que sostiene que el juicio moral del aborto es un asunto de meras preferencias. Al final, lo que subyace es lo que plantea C. S. Lewis en la Abolición del hombre (el ensayo que deberíamos leer): toda moral o toda doctrina ética es necesariamente absoluta y objetiva.

El problema es que una y otra vez nos han pasado gato por liebre. Los valores objetivos e incuestionables de la neutralidad, la tolerancia y la no discriminación esconden supuestos éticos que son parciales, inflexibles y discriminatorios.

Decirlo con toda claridad es un deber para con el debate público que nuestra sociedad merece. Si hay algo urgente en nuestros tiempos es precisamente juzgar objetivamente el modo en que se están dando las cosas en el ámbito social, cómo actúan nuestros políticos, la forma en que se comportan los ciudadanos indiferentes frente a la crisis sanitaria. Cuando criticamos con fuerza la corrupción, no argumentamos en contra de ella a partir de nuestra opinión o sentimiento personal, sino a partir de lo evidente, de lo objetivo, de la verdad de las cosas: incluso aquel que frente al juez se defiende diciendo que para él la corrupción es algo bueno y necesario debe ser condenado por lo que objetivamente significa la corrupción.

Debemos pasar del “bueno o malo para mí” al sencillamente “bueno o malo”, no solo cuando hablamos de corrupción, sino también cuando hablamos de eutanasia, de aborto o de identidad de género.

Bajo la idea de renunciar a dar una respuesta objetiva y universal frente a debates morales difíciles se esconde una respuesta ética objetiva que se intenta imponer de modo universal. La famosa postura de que, ante el conflicto de valores y posiciones, cada uno debe decidir libremente, no resiste análisis. Ni siquiera quienes la defienden la creen en realidad, pues no estarían dispuestos a aceptarla como válida si la trasladamos a otros debates.

Debatir a rostro descubierto, sin intentar pasar por contrabando razones morales y éticas objetivas, es un importante desafío que tenemos como sociedad, más aún cuando discutimos sobre las cosas más fundamentales, como la vida, la libertad y la dignidad.

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