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Publicado el 05 de agosto, 2020

Cristóbal Aguilera: Conservación vs. buena vida

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

El criterio fundamental con el que se mide el éxito del gobierno frente a la pandemia es la disminución del número de muertes. Si uno se toma en serio esto, puede justificar moralmente el confinamiento obligatorio de las personas con factores de riesgo hasta que el virus desaparezca.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae

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La pandemia nos ha puesto delante de diversos desafíos éticos. Uno de ellos, de notable importancia, dice relación con la disyuntiva entre la conservación de la vida y la vida buena. La pregunta sobre el sentido de la vida ha sido una constante en las reflexiones de la filosofía de las cosas humanas. ¿Cuál es el objetivo de todo hombre aquí, en este mundo, en esta sociedad?

Una respuesta, de las múltiples posibles, es la conservación. La vida debemos conservarla y este debe ser su principal objetivo. Paradójicamente, esta opción no constituye un ensalzamiento de la vida y su dignidad, sino todo lo contrario. La vida humana es valiosísima, sin duda, pero de ello no se sigue que lo más importante sea mantenerla cueste lo que cueste, obviando su realidad pasajera. Una concepción así de la vida es la que, de hecho, lleva a prácticas que degradan a la persona, como el encarnizamiento terapéutico.

Las autoridades se ven hoy expuestas permanentemente a la tentación de ver la conservación de la vida como su principal objetivo. Esto se debe, entre otras cosas, a que el criterio fundamental con el que se mide el éxito del gobierno frente a la pandemia es la disminución del número de muertes. Si uno se toma en serio esto, puede justificar moralmente el confinamiento obligatorio de las personas con factores de riesgo hasta que el virus desaparezca. Es lo que algunos ancianos han reclamado con especial inquietud: ¿qué sentido tiene resguardar mi vida en estas condiciones?

La pregunta es políticamente pertinente. Es un error comprender la vida como un regalo que debemos evitar poner en riesgo a toda costa, debido a su fragilidad. La misma condición humana sugiere que el fin de nuestra especie no es únicamente la permanencia en el tiempo, como ocurre con los animales. Podemos, de hecho, atentar deliberadamente contra ese instinto tan básico de supervivencia por considerar que hay valores más importantes, como lo hace aquel que muere por la patria o por su Dios. Lo clave, aquí, es comprender que la vida, para que valga la pena vivirla, debe tener un sentido más allá de la simple y llana conservación. De lo contrario, corremos el riesgo de humillar al hombre, ensalzando su constitución biológica, pero ignorando su realidad espiritual. Y aquí, por cierto, hay una opción antropológica clave. Pues, debido a que somos animales espirituales, podemos pensar que el que estemos destinados a morir en este mundo, es decir, el que no podamos por definición cumplir con el ideal de la conservación, es precisamente la condición, como decía Robert Spaemann, “para que la vida tenga sentido y para que las cosas que encontramos en ella nos sean preciosas”.

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