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Publicado el 16 enero, 2021

Cristián Garay: Un país fracturado: Estados ¿Unidos?

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

Más allá de la anécdota del Capitolio, a Estados Unidos se le va dificultar retomar un liderazgo positivo porque, como dice la Biblia, “una casa dividida contra sí mismo, perecerá”.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH
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En el episodio de la toma del Capitolio, aun sin armas de por medio, hay un daño reputacional enorme para el papel de primera potencia global, y todavía más en el marco de la competencia con China Popular y la Federación Rusa. Hace mucho rato que Estados Unidos está dividido y en esto han contribuido tanto demócratas como republicanos. Trump no empezó el muro con México, ni indultó a más gente que los anteriores gobiernos, ni se involucró en nuevas guerras. Pero también hay una cultura de la cancelación que enfrentó con más vigor, y que se volcó en su contra con el guion pre escrito acerca de su maldad intrínseca.

La verdad es que el episodio del Capitolio está lejos de ser un golpe de estado o una insurrección, pero sí está dentro del género del uso de la violencia no armada, una técnica de predominio golpista que tiene muchos teóricos y prácticos tan disimiles como Lenin, Malaparte, Mussolini, Chávez o Evo. La imagen de un conspiranoico llevando la enseña de Nancy Pelosi es más cómica que otra cosa. (En Chile tuvimos fotografías trágicas, como los que brindaban mientras quemaban el Hotel Principado de Austrias). Quizás ello haga que Estados Unidos, como dicen algunos, se integre al mundo latinoamericano, no precisamente parecido a Suiza.

Las repercusiones de la protesta política trumpista muestra, por otra parte, que Estados Unidos está muy dividido y que las decisiones políticas normativas pueden acabar de forma violenta o añadir más fuego al conflicto. Aunque pensamos que no será así, porque el sistema de pesos y contrapesos ha mantenido su vigencia y la cultura política estadounidense tiene otros paradigmas en los que legitimarse, hay que preguntarse qué significa esto en el plano internacional.

Lo primero es que el liderazgo de Trump va a ser reemplazado por un Joe Biden más atento a afrodescendientes, latinos y liberales. Las minorías sexuales y el feminismo no tendrán repercusión en el nuevo diseño, que retomará las directrices clásicas de su política exterior. La CIA volverá a estar tranquila, lo mismo que el FBI. Se afianzará la hostilidad frente a Rusia y se morigerará ante China Popular. También habrá guiños decorativos frente a América Latina y, para tranquilizar a los liberales en sus filas, la política ante Cuba y Venezuela se relajará, aunque menos para el segundo que para el primero.

El punto es que el desencuentro con la Unión Europea, con un Brexit ya funcionando, quitará fuerzas a la convergencia con la Europa Continental. Habrá que tener un segundo canal respecto de la Mancomunidad británica, algo menos liberal y más reticente a China. Australia no será abandonada y habrá sintonía con Canadá. También debido al potenciamiento económico chino, Europa como Estados Unidos estarán recelosos de adquisiciones o participaciones económicas de Beijing en sus empresas locales. Por el contrario, China Popular hará esfuerzos por devolver su cuota de interdependencia con Estados Unidos. Irán y Corea del Norte quieren volver a la política (inútil) demócrata de subsidios y compensaciones económicas a cambio de la supuesta interrupción de su desarrollo nuclear y misilístico.

Con todo, esta restauración pre Trump va a darse en un escenario negativo. Primero hay un cambio demográfico y étnico interno que va a repercutir por relativizar la identidad estadounidense y sus compromisos históricos con el mundo de habla anglosajona y Europa Occidental. Segundo, por la constatación de una decadencia económica y política del peso global estadounidense. Y tercero, por el cambio del imaginario positivo de Estados Unidos. Porque se diga o no, Trump tenía un programa para redireccionar el cambio hegemónico, que incluía balancearse sobre India, Gran Bretaña, y Australia, menos centrado en costos globales y más en alianzas bilaterales. En el retorno a los diseños multilaterales, Estados Unidos ha perdido la sensación de un núcleo intangible de su democracia. Ello dañará su prestigio, su credibilidad, y alentará a desafíos iraníes, chinos, rusos y de Corea del Norte. Como Estados Unidos es una democracia liberal representativa, responder a estos desafíos puede ser el primer choque por el entusiasmo con Biden, quien puede tener los mismos problemas y menor capacidad de acción. Aplacar a China Popular puede salir mucho más caro que converger con Rusia a nivel global.

Más allá de la anécdota del Capitolio, a Estados Unidos se le va dificultar retomar un liderazgo positivo porque, como dice la Biblia, “una casa dividida contra sí mismo, perecerá” (Mateo, 12:25). Y en esto republicanos y demócratas, unos por reacción, los otros por su cultura de la cancelación, estas contribuyendo activamente. Durante la Guerra de Secesión en el siglo XIX, la crisis estadounidense permitió la aventura colonial de Maximiliano y los franceses, antecedentes que en otra crisis también van a observar los países hispanoamericanos.

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