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Publicado el 20 junio, 2021

Cristián Garay: Respondiendo al desafío chino

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

La economía, base de la nueva hegemonía, se está volviendo a reformular en un ambiente más controlado, menos liberal, más proteccionista y más centrado en los intereses nacionales. Algo que formuló Donald Trump y que ahora retoma Joe Biden con otros modos pero el mismo sentido.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH
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La guerra ha perdido su manifestación más formal, solemne e interestatal y ha mutado hacia formas difusas que abarcan muchos planos además del militar. Esto fue anticipado por Arquilla y Ronfeldt en su famoso texto Las guerras en red, en que explicaban que la conflictividad de cualquier tipo adoptaba una forma de organización en telaraña que permitía aumentar las capacidades y niveles haciendo muy superior al todo por sobre los miembros individuales. Este concepto además era transversal y operaba desde la actividad de los ambientalistas y los antiglobalistas a Estados, narcotraficantes y terroristas. La guerra en red no era un concepto militar, sino un enfoque organizacional respecto de los conflictos del mañana.

Esto puede explicar la hostilidad sorda pero sostenida entre Estados Unidos, Rusia y China Popular. Una divergencia simbólica, económica y geopolítica de magnitud, que coincide con el debilitamiento estadounidense en lo económico, la competencia tecnológica china y el desafío militar ruso, aunque sin escalar jamás al nivel de la guerra abierta y declarada. Pero hay una “guerra” subrepticia, que abarca muchos niveles como el comunicativo, el económico, la inteligencia y las tecnologías que es evidente.

La cumbre de Joe Biden con el G-7, es decir con el núcleo europeo, y con su par ruso en una reunión el 16 pasado en Ginebra, permite reposicionar a Washington en la agenda global. Ya se redirigió a sus aliados en África y Asia mediante la donación de 500 millones de vacunas Pfizer a cien países pobres, y ahora, en una propuesta de cooperación económica que sea la contraparte de la Ruta de la Seda china. Si bien se trata de una reacción y Biden no lleva la iniciativa, China ha sido incapaz de controlar algunos daños en sus relaciones con países como Australia o India, y ha puesto de manifiesto su intención de asegurar materias primas y recursos desde Asia, África y América del Sur.

La guerra sorda y encubierta sigue pues entre Estados Unidos y las potencias retadas por Beijing con una agenda de cooperación. El propio Biden escribió en The Washington Post  que este viaje “tiene como fin hacer realidad el compromiso renovado de EE.UU. con nuestros aliados”. Y las señales más evidentes fueron el acuerdo económico sobre la controversia comercial entre la Unión Europea y Estados, seguida por la declaración de Boris Johnson y Joe Biden respecto de aristas estratégicas, cambio climático, crisis sanitaria y ciberseguridad. Recordando la Carta del Atlántico de 1941, Biden y Johnson firmaron una nueva declaración anglo-estadounidense cuyos fundamentos dio el segundo: “Si bien Churchill y Roosevelt enfrentaron la cuestión de cómo ayudar al mundo a recuperarse después de una guerra devastadora, hoy tenemos que enfrentar un desafío muy diferente pero no menos intimidante: cómo reconstruir mejor después de la pandemia del coronavirus”. La Unión Europea y Estados Unidos apuntaron, con matices al interior de algunos líderes, a los nuevos desafíos: la conducta disruptiva rusa, la defensa de la democracia (Hong Kong, Ucrania), los Derechos Humanos y la competencia económica y tecnológica con China. A su vez, 30 líderes de la OTAN señalaron a Rusia y la desestabilización ideológica como las mayores amenazas a su seguridad y cuyo primer frente es Ucrania.  Pero además se incluyó un tema nuevo: la amenaza china y el tema del arsenal nuclear chino, antes obviado por su antigüedad y pocas unidades, aspecto que está cambiando. Con el marco de la dupla ruso-china, la cita Biden-Putin será poco amistosa, afortunadamente jalonada por la prórroga del acuerdo estratégico New Star sobre misiles nucleares, cabezas nucleares y aparatos aéreos, mostrando la nueva musculatura de la política exterior estadounidense.

Todo esto resulta en que hay un enfrentamiento global que incluye la díada Rusia-China Popular frente a Estados Unidos y los aliados occidentales. Es una guerra sorda, multidimensional y que tiene aristas no armadas, pero conflictivas. Difícilmente el mundo del porvenir será más tranquilo, y aunque el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, dijo que no habría algo parecido a la guerra fría, todas estas señales de inestabilidad y competencia evidencian que la competencia por el liderazgo global será un acontecimiento central en las políticas exteriores del resto de los Estados que contemplan como espectadores el choque de trenes. La economía, base de la nueva hegemonía, se está volviendo a reformular en un ambiente más controlado, menos liberal, más proteccionista y más centrado en los intereses nacionales. Algo que formuló Donald Trump y que ahora retoma Joe Biden con otros modos pero el mismo sentido. Estados Unidos está de vuelta y la nueva Guerra Fría también.

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