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Publicado el 12 diciembre, 2020

Cristián Garay: Política exterior realista y pragmática, o no será

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

La política exterior implícita en el nuevo diseño constitucional será realista y pragmática. De lo contrario,  estará superada por las convicciones, no transformará el mundo o la civilización, y no será útil para Chile como nación.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH
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Estamos en el momento constitucional en el cual las esperanzas son parte del proceso genético de una nueva carta para el país. Esto no es algo nuevo, ya que en diversas épocas y naciones los constituyentes se hicieron ecos de demandas y esperanzas. Esta no es la excepción, aunque algunas chocaran con la realidad, como la renuncia a la guerra en el artículo 6° de la Constitución española de 1931. Las Constituciones hispanoamericanas se han hecho famosas en los estudios comparados por los innumerables e inverificables “derechos” que han consignado. En ello contribuye el barroco de sus declaraciones de principios, que contrastan con la sobriedad de las constituciones europeas y de la estadounidense. A mayor abundamiento, la Constitución bolivariana de Venezuela exhibe el derecho a la felicidad, que sin duda ha sido robado en el proceso desatado por Hugo Chávez, su progenitor. Tener 29 constituciones en su historia, algo común a la historia constitucional regional que supera en número de constituciones a cualquier otra zona del mundo, no aseguró nada en Venezuela.

En este ambiente se han dicho muchas cosas acerca de cómo plasmar el cambio que viene en lo relativo a política exterior. Se ha dicho que ella debe ser plurinacional, feminista, incluyente. Desde luego, aunque son puntos de vista interesantes, hay algunas reflexiones que aplicar. ¿La política exterior de Chile deberá ignorar el poder como eje de su proyección e interlocución en el sistema internacional? Mi respuesta es que la realidad es más porfiada que el lenguaje, ya que el problema no es que el mundo esté la mitad plagado de hombres, sino la naturaleza del poder, tanto lo ejerzan hombres o mujeres. Como dijo Lord Acton, el problema es el poder, y cuanto mayor poder se acumule, mayor será el peligro de corrupción. Los diseños ideológicos además conviven mal con la pluralidad del sistema internacional, ¿o alguien pensará cómo los criterios de género, feministas o de inclusión van a soportar y dialogar con estados (y sociedades) como la rusa, las árabes o la china?

Algo de ese afán fundacional de una nueva sociedad me recuerda la declaración de principios de los 60 de la Democracia Cristiana, según la cual el partido tenía por misión alumbrar una nueva civilización, tarea para la cual una colectividad partidista está lejos de estar capacitada. Y así fue, en el siguiente mandato el partido perdió la elección presidencial y no alumbró otra cristiandad. Pensar que en el estado de ánimo actual Chile será la semilla germinal de un proyecto de sociedad y relacionamiento exterior en la globalidad, es una expectativa que parece estar en desacuerdo con la importancia y desarrollo comparativo de Chile en relación a los países que sí tienen cláusulas o aspectos de género o de inclusión (por ejemplo, Canadá) y que no por eso abandonan principios del realismo y de la continuidad incluso institucionales, como lo demuestra el Consejo Privado de la Reina para Canadá que lleva la titularidad de ese país o la existencia de una planificación por capacidades desde la conducción exterior de Fuerzas Armadas fuertes en un país de tamaño y poder medio.

Confundir criterios de paridad de género con una política exterior de género conlleva a trampas dialécticas que normalmente se solucionan aludiendo a distintos criterios según la cercanía ideológica del proyecto de sociedad con el que se contacta. Pero pasará inevitablemente que la primacía del feminismo tendrá que ser escamoteado en favor de otros argumentos como el decolonialismo o el antimperialismo, o peor aún el antisemitismo, que algunos actores promueven sin mucho decoro.

Las políticas exteriores deben ser realistas y pragmáticas, lo cual no significan que no tengan algunos consensos generales. Tampoco el realismo es uno solo como se pretende: hay realismo clásico, realismo ofensivo, defensivo, neorrealismo, realismo periférico. Pretender simplificar las cosas identificando el realismo con una sola receta es una reducción que afecta la visión del entorno en que se actúa en la política exterior. Porque es evidente que el elenco de valores internos no coincidirá siempre con la realidad exterior. Cuando se habla tanto y sobreabundantemente de nuevas teorías se olvida que la reflexión clásica y especializada de los estudios internacionales ya ha identificado los nudos gordianos de la relación internacional. Por tanto, habrá partes negociables como otras que no son posibles de imponer en una interlocución, más si el camino está marcado por la profunda asimetría de las relaciones entre los Estados, y Chile en el equilibrio de poder global no pinta nada, por más que nos duela.

También en los años de fundación de la Liga de las Naciones había ideas marcadas por el buenismo de sus inspiradores. Algunas de ellas fueron implementadas: como los tratados de delimitación naval (inspirados por Chile y Argentina), los de desarme, pero otros como el tribunal de La Haya no consiguieron supervisar y regular los actos de los Estados más fuertes. Las esperanzas no dieron frutos, y el malestar social y económico se transformó política en cambios que afectaron las relaciones internacionales. Para entonces Edward Carr había diagnosticado que, sin método, el idealismo y las buenas intenciones no habían suplido lo que un adecuado diagnóstico de la realidad hubiera dicho: contención por medios coactivos y criterios de balance de poder para impedir el quiebre que iba a derivar en la II Guerra Mundial. Al fin y al cabo, Eden no fue mejor que Churchill.

Pasado el entusiasmo a lo Fukuyama de los 90 por lugares comunes como la unipolaridad, el término de la historia, o el “fin del Estado”, cuesta ahora dar la razón a quienes dicen que los “pueblos” van a conducir las políticas exteriores, olvidando el carácter elitista que estos temas tienen en cada Estado, indistinto del sistema político. Tampoco parece razonable agregar un toque identario (étnico) cuando nuestra civilización, siendo mestiza, tiene más de principios generales de Occidente y que las aspiraciones políticas de los pueblos originarios están sobre la matriz del poder, que no desaparece en ninguna sociedad organizada. Un análisis a la política de Evo Morales y su coalición, por ejemplo, respecto de la llamada “Diplomacia de los Pueblos” demuestra que es una extensión de las instituciones de política exterior boliviana y no un movimiento surgido desde abajo y autónomo. En suma, “la esperanza no es un método”. La política exterior implícita en el nuevo diseño constitucional será realista y pragmática, o estará superada por las convicciones, no transformará el mundo o la civilización, y no será útil para Chile como nación.

  1. Sergio Menares dice:

    Una de las medidas mas útiles y protectoras para nuestra Democrcaia, es que la Nueva Constitucion Chilena otorgue el ´´Cuarto Poder´´ de la nación a las FFAA (el Poder Defensivo) las que serán absolutamente independientes de cualquier poder político. Deberán ser profesionales jurar defender el país y la Constitucion, intervenir cuando los totalitarios (como Pinochet lo hizo en Chile, Hugo Chavez lo hizo en Venezuela y lo sigue haciendo Maduro) las usen para alimentar y sustentar su dictadura anti-democratica. (purochile.net).

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