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Publicado el 01 de agosto, 2020

Cristián Garay: La crisis de los 20 años y la nueva Guerra Fría

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

Lo que hay es un ambiente de guerra sorda, no declarada pero evidente. Por ello no basta con decir “Paz, Paz”, el mundo no está en calma.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH

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Uno de los libros más determinantes del desarrollo de la Teoría de las Relaciones Internacionales es La crisis de los 20 años (1919-1939) de Edward H. Carr. Este libro fue central en 1939 para desnudar las ilusiones del mundo pacifista y sus decisiones pos 1918, ya que coincidió con el desarme del mundo de buenas intenciones, el fracaso de la Liga de las Naciones y el ascenso de Hitler en el panorama internacional.

El momento actual ofrece un paralelo factible para una analogía histórica como las que caracterizaba Raymond Aron. Un mundo en conflicto, ideales internacionales que no se concretan, una crisis global económica y sanitaria, y el reverdecer de los intereses nacionales de suma cero, pese a las buenas intenciones en pro de una gobernanza mundial o de diseños con beneficios compartidos. En suma, el mundo tal como es, y no como se prefiguraba en ciertos soñadores como Wilson y una larga serie de moralistas y filósofos previos.

La tesis de Carr en 1939 -poco después iniciaba la II Guerra Mundial- es que el mundo previsto por los idealistas, es decir regido por el derecho internacional y afianzado en valores comunes, que en esos momentos eran la autodeterminación de los pueblos y la proscripción de la guerra como herramienta de política internacional, estaban siendo superados por un sistema internacional no solidario. En ese instante, la crisis económica del 29, los resabios de la destrucción de Europa, y los efectos de la mal llamada gripe española, habían tumbado las esperanzas de una rápida salida, acrecentando el hambre, la mortandad y la desesperanza civiles. Por todos lados, además, los extremistas hacían presencia. Desde la expansión del comunismo soviético, quebrado provisoriamente en Polonia, en el “Milagro del Vístula” (1920) una portentosa derrota militar soviética, hasta la aparición de las camisas negras y pardas en Alemania e Italia.

Los ideales de un régimen internacional sustentado sobre el respeto de la igualdad de los Estados, y una visión más compasiva y democrática de las cuestiones internacionales, se fueron durante 20 años desde la creación de la Sociedad de las Naciones (1919) hasta 1939 en la antesala de la invasión a Polonia. La Sociedad de las Naciones no tuvo consenso político para mantener la paz; poder moral o jurídico acerca de lo que era o no permisible en la política mundial; y fuerza acorde frente a los trasgresores como Japón, Italia y Alemania.

En 2019 algo similar se puede decir. Los elementos contrarios a una cultura liberal están dominando bajo el imperio del populismo, el nacionalismo a ultranza, globofóbicos, feministas, especistas, ambientalistas a ultranza, y otros muchos ismos. Las restricciones de libertades a los movimientos radicales islámicos empiezan, en muchas naciones, a aplicarse a grandes sectores de la población mundial. Los Estados vuelven al principio rector del interés nacional y los mecanismos de gobernanza se debilitan.

Contra el optimismo de los 90, el sistema internacional no socializa valores globales pese a la interconexión económica y de comunicaciones. Por el contrario, los tres grandes, Rusia, China Popular y Estados Unidos, desarrollan un enfrentamiento muy similar al de la Guerra Fría. Como se decía en la época, aquello era “Paz imposible, Guerra improbable”. Dado que el uso de medios destructivos tiene por techo la autodestrucción mutua, los enfrentamientos son al interior de cada actor nacional, mediante sutiles formas de interferencia, colonización ideológica, dependencia económica, política o militar, y sobre todo con una violencia graduada. Tal como China Popular e India mantienen un protocolo que los soldados de ambos países no pueden disparar armas, pero sí agredirse físicamente sin restricciones: la última guerra se libra a puños, peñascazos y palos, y ahora también por internet, el control informativo y la censura virtual, e incluso por la ley.

Lo que hay es un ambiente de guerra sorda, no declarada pero evidente. Por ello no basta con decir “Paz, Paz”, el mundo no está en calma. Pese a las palabras de buena crianza, es claro que el “sálvese quién pueda” domina las relaciones internacionales, y una paz tensa, subterránea, no logra evadir que la violencia y la fuerza se toman las relaciones interestatales. Al igual que en el mundo de entreguerras, abierto con la Gran Guerra y la influenza de 1918, hay temores comunes acerca de un mundo iliberal, con compartimientos estancos, y violencia dentro y fuera de los países, caldo de cultivo de extremismo y de las falsas esperanzas de seguridad a cambio de la entrega de las libertades. ¿Serán 20 años de construcción de otro orden internacional, no necesariamente mejor que el precedente?

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