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Publicado el 29 agosto, 2020

Cristián Garay: Estados Unidos, elecciones y política exterior

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

Lo que ha perdido Estados Unidos con Trump es la encarnación de valores globales, y eso favorece los nuevos papeles de Moscú y Beijing y una sustantiva autonomía europea. Cada región tiene sus problemas, pero el dilema entre una conducción personalista e intuitiva versus otra más estructural y reflexiva con un esquema de mundo parece ser lo otro que se juega en esta nueva elección.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH

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Donald Trump cerró con la jornada Tierra de Grandezas la nominación republicana. Fue notorio cómo Mike Pompeo intervino en este proceso, explicando que gracias a su líder se había conseguido alejar a Estados Unidos de los impedimentos del tratado con Irán, consiguió sentar a la mesa al líder norcoreano y se liberó de las trabas de un acuerdo sobre misiles con Rusia. Si en algo se puede conceder razón a Pompeo es que los dos primeros hitos son, efectivamente, indisolubles de la personalidad de Trump, en tanto el tercero venía siendo anunciado por sucesivos gobiernos estadounidenses y no es privativo de su gestión.

Desde luego, la diplomacia de Trump ha estado ligada más a su intuición y experiencia anterior, en que como un director ejecutivo había optado por tácticas agresivas para en las negociaciones asegurarse posiciones más ventajosas. Eso sugiere su propio programa de televisión El Aprendiz, que lo catapultó a la fama, entre otras cosas. Ahora esto sugiere que su conducción de la política exterior ha estado más situada en el rango de su valoración del líder y de la toma decisiones que en análisis más estructurales de los asuntos internacionales. Puede ser totalmente cierto, como se dijo en su contra, que no supiera que Reino Unido disponía de arsenal nuclear, y ese dato no obstruye su confianza del papel de la personalidad en las relaciones internacionales.

Menos diplomático, en cambio, ha sido en el terreno de las negociaciones: sus posturas inflexibles y de todo o nada ilustran su propia concepción de conducir negocios en aguas turbulentas y ese principio lo ha manejado en forma evidente frente a la competencia comercial y hegemónica china. Trasladar códigos empresariales al manejo de las relaciones internacionales tiene costos si éstos además tocan materias sensibles de seguridad. Ningún país deja de velar por sus intereses nacionales, pero en diplomacia las maneras sí importan, y Trump no ha considerado este aspecto de ningún modo. El uso recurrente de canales personales, especialmente su (anti) “diplomacia del twitter”, se corresponde con la interferencia con la actuación del personal de la Secretaría de Estado, de sus embajadores y consejeros en esta materia, muchos de los cuales han rotado innecesariamente o sus cargos no han sido provistos a tiempo.

Trump ha ido en forma contraintuitiva respecto de Rusia, contrapesando su cercanía a Putin con el rechazo de los intereses rusos en Estados Unidos. Ha sido en cambio agresivo respecto de China, tratando de modificar los patrones de relaciones bilaterales. Respecto de la Unión Europea o de tradicionales aliados, los ha dejado solos en pos de una suerte de nuevo aislacionismo. Ha exigido pago o compensaciones económicas por la presencia y respaldo militar estadounidenses, tensando las relaciones con Japón y otros países. Ha cumplido con la promesa de devolver soldados estadounidenses en diferentes puntos de guerra y ha tenido intervenciones más mediáticas que otra cosa, respecto de Venezuela e Irán.

Ahora bien, una reelección significaría la continuidad de este enfoque personalista de la política exterior de su país. Por contrapunto se puede conjeturar qué pasaría con un triunfo demócrata. Primero que nada, el regreso del establishment a la conducción de las relaciones exteriores es posible que signifique un aquietamiento de las tensiones con China Popular y una cierta y acotada revalorización de la economía global. Al mismo tiempo habría un endurecimiento frente a Rusia y al liderazgo de Putin, acusado de favorecer a los republicanos y su elección.

Esto implicaría el retorno a una voluntad de liderazgo mundial, que en la presidencia Trump ha sufrido una restricción evidente. Los demócratas tienen más propensión a implicarse en temas de gobernanza mundial (clima, género, etcétera) y quizás en algunos temas sensibles de seguridad como el régimen de armas de destrucción masiva y el control de tecnologías duales. Parece, en todo caso, que la valoración de China Popular como una amenaza trasciende a Trump y la nueva administración no serán tan generosa en no valorar los costos políticos que implica situar la cadena logística y de suministros en China y no en países más cercanos a la sensibilidad de Washington. No pareciera que habrá grandes cambios en el apoyo estadounidense a los países cercanos a China que se han visto incomodados por el despliegue retórico y militar de Biejing en las zonas marítimas del área.

Desde luego una administración demócrata puede beneficiarse de un clima más políticamente correcto y recuperar algo del prestigio internacional previo. Pero afrontará de modo más visible a la diada Rusia-China, actuando decisivamente en pos de imponer sus propias condiciones de liderazgo mundial. Discusiones como el 5G tendrán que ser asumidas, y no bastará el llamado a la paz mundial o semejantes para dar a Estados Unidos una ecuación entre sus intereses reales y su retórica internacional.

En este plano, América Latina es un lugar poco significativo en el contexto del diagnóstico estadounidense. Si bien Estados Unidos entre que se ha marginado y que ha perdido influencia, ello ya se veía claro en la delegación en Brasil de algunas facultades para regular la región. Obama en especial se sintió cómodo trasladando la resolución de conflictos en instancias regionales mediadas por Brasil. El desafío venezolano dejó de tener gravitación continental, pero sigue mostrando la poca influencia de Estados Unidos en un retorno democrático. En los temas regionales, para Estados Unidos solo la migración y el narcotráfico parecen agregar algún interés urgente a una definición.

Por cierto, lo que ha perdido Estados Unidos con Trump es la encarnación de valores globales, y eso favorece los nuevos papeles de Moscú y Beijing y una sustantiva autonomía europea. Cada región tiene sus problemas, pero el dilema entre una conducción personalista e intuitiva versus otra más estructural y reflexiva con un esquema de mundo parece ser lo otro que se juega en esta nueva elección.

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