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Publicado el 21 noviembre, 2020

Cristián Garay: El sector privado, un nuevo actor espacial

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

Hasta hace poco la carrera espacial era un símbolo de poder entre las grandes potencias.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH
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La cápsula Resilience llegó a la Estación Espacial Internacional, situada a 400 kilómetros sobre la Tierra, para llevar cuatro pasajeros, tres estadounidenses y un japonés. Con ello el gobierno de Estados Unidos se desliga de la logística rusa, más avanzada que la de Washington, mediante una nave Crew Dragon de la empresa SpaceX de Elon Musk. Este proyecto visibiliza el avance del sector privado espacial, que en el caso de Musk contempla otros aspectos como satélites, viajes turísticos y su convicción que este salto es necesario porque algún día la humanidad puede verse forzada a abandonar el planeta Tierra por causa de un virus, de un choque de un asteroide o una catástrofe ambiental sin control. Hasta hace poco la carrera espacial era un símbolo de poder entre las grandes potencias, y en este tranco avanzaron Estados Unidos, China, la Unión Europea, India e Israel, aunque este último tuvo un traspié en abril de 2020, cuando intentó posar su vehículo no tripulado, el Beresheet. Innegablemente, el espacio ultraterreno se está convirtiendo en un escenario de la pugna de poder global, y lo que es nuevo es el ingreso de actores privados.

Desde luego, la motivación esencial del sector privado es la búsqueda de réditos económicos, lo que por lo demás ha movido casi siempre las tecnologías y el en caso de lanzaderas, vehículos y satélites no es la excepción. Lo nuevo es que el espacio ultraterrestre se concebía regulado por Estados, pero lentamente se ha ido generando un consenso que incorpora y reconoce a los actores privados. Con 43.000 millones de dólares Musk, nacido en Sudáfrica, se ha convertido en el mayor impulsor de tecnologías espaciales y de viajes turísticos que abran el espacio a los que lo puedan pagar y soportar físicamente. Su interés viene de 2002, cuando concibió el cohete Delta-2 y en 2008 consiguió un contrato por 1.600 millones de dólares con la NASA para proveer de viajes espaciales a la Estación Orbital Internacional. En 2020 anunció su programa para desplegar 11.943 satélites, la mayor cantidad de ellos, lo que rápidamente lo hizo objeto de críticas.

Desde luego este es solo una parte de esta presencia de particulares. La explotación económica y minera de los cuerpos celestes está animando una serie de iniciativas legales para dar legalidad a la acción de privados sobre planetas y satélites que están considerados bienes comunes por el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, aunque por las dudas (y en la picaresca) el abogado chileno Jenaro Gajardo Vera inscribió en 1954 la Luna para sí en el Registro de Propiedad. Según explicó, años después, hizo esto porque quería ingresar al Club Social de Talca y tenía que acreditar una propiedad. De forma seria inscribió el satélite por un 1 peso.

La atracción por la explotación económica de la Luna, Marte y otros cuerpos celestes, es tal que el 12 de octubre de 2020 se firmaron los Acuerdos Artemis, impulsados por Estados Unidos, entre Australia, Japón, Italia, Canadá, Luxemburgo, Emiratos Árabes Unidos y el Reino Unido. De todas maneras, los acuerdos Artemis guardan la idea de la trasparencia y el carácter pacífico, enfatizando la idea de trabajar colaborativamente, darse ayuda mutua en incidentes en el espacio, compartir información y hallazgos científicos, hacer buen uso de desechos espaciales y proteger los sitios donde aterrizó el Apolo 11. Pero, más allá de las buenas intenciones, Luxemburgo está entregando cobertura para sociedades económicas privadas, presagiando el nivel que puede tener esta iniciativa a futuro.

Que China y Rusia han quedado fuera de los Acuerdos Artemis no impedirá que se resten al reparto del espacio exterior. Esto tendrá innegables repercusiones en la desintegración del Tratado sobre el Espacio Ultraterreno. Ahora los actores privados convivirán con los Estados, y los títulos deberán tener respaldo jurídico multilateral o degenerarán en enfrentamientos con las potencias detrás.

Para el mundo la conquista del Espacio pasa de ser un imperativo de la naturaleza humana con cierto rasgo épico y de proeza tecnológica a un desafío del estilo de explotación y colonización de otros espacios en siglos anteriores. La anarquía jugará en favor de los más desarrollados y contra la comunicación de nuevos materiales, experimentos y conductas. Estamos lejos del espíritu de las “chinitas en el espacio” que permitió, en la época anterior participar de las novedades lejos del espíritu comercial y militar, casi el mismo predicamento que animó en otra época esa otra porción del globo, la Antártida, y que también se amenaza con su explotación y uso bélico. Quizás una forma de atenuar la angustia sea creer, como Musk, en que los privados tendrán los mismos objetivos económicos, pero menos propósitos estratégicos y militares que los Estados en este nueva “tierra sin dueño” (res nullius).

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