Dos aporías del mundo posmoderno era que las guerras se extinguirían y la ciudadanía universal prevalecería sobre los Estados. Probablemente, este es el trasfondo de los despectivos juicios de Vladimir Putin sobre la incapacidad de respuesta política militar europea, que refleja un hecho de la causa: la Unión Europea es un gigante económico, pero un enano militar. 

Un estudioso militar español comentaba que esto proviene de la Doctrina Dragomirov, que postulaba que «aunque la voluntad de sufrir y morir es universal, los soldados occidentales están contaminados por una modernidad decadente que los lleva a la autoconservación; los soldados rusos, en cambio, poseen un sentimiento del deber hacia el zar y la patria que los lleva a la abnegación»” (García Riesco, 2021, 14-15).

Si hay algo visible en Europa es el pacifismo, ya que el núcleo europeo se ha acostumbrado a décadas de paz y prosperidad, en parte sustentado sobre la reducción del gasto militar, que ha sido cargado a Estados Unidos. Para muchos europeos se impone la idea del “jardín democrático”, fuera del cual reinan la pobreza, polución, las guerras, el boom demográfico y las migraciones descontroladas. Generaciones europeas se han forjado en desprecio de la milicia, en la tesis que las instituciones militares son poco más que una ONG con armas. Conforme a ello, hay países occidentales en que el índice de compromiso con la defensa del territorio se vuelve cada vez menor. En la Encuesta Gallup de 2015 esta realidad se vuelve divisoria: en la Europa Occidental el compromiso de la defensa es bajo, en cambio hacia la Europa nórdica, el Este y el Cáucaso, la conciencia de defensa es mayor. El heroísmo y los valores tradicionales tienen mucho mayor peso y eso se refleja en la adhesión a la defensa conforme se mueve del núcleo central occidental: 55% en Suecia, 59% Rusia, 65% Ucrania, 72% Armenia, 74% en Finlandia y Georgia. Frente a ellos la Europa opulenta considera el patriotismo relevante en menor grado: solo el 15% en Países Bajos, 18% Alemania, 19% Bélgica, 20% Italia, 21% España, 28% Portugal, y 29% Francia.

Para los países occidentales la Modernidad suponía la idea del progreso y la extinción de la violencia en las relaciones internacionales. Bajo esta tesis, las fuerzas armadas no tenían razón de existir. Pero las amenazas de Putin contra Suecia y Finlandia y la puesta en escena de la activación de la fuerza estratégica (nuclear) han reavivado la necesidad de un músculo militar europeo. Tanto, que dentro de la OTAN como fuera de ella los europeos han tomado decisiones inéditas: los finlandeses piden ingresar al tratado atlántico, Dinamarca autoriza el envío de voluntarios y los alemanes pasaron de enviar cascos a enviar armas. Casi todos los estados han reevaluado la situación como grave, pues permitir el avance de Putin sobre las fronteras del 89 sería la “finlandización” de Europa.

El término se refiere a la neutralidad forzada  de ese país tras el tratado que puso fin a la Guerra de Continuidad (1941-1944) y, cuando Finlandia detuvo la invasión soviética pero no era capaz de enfrentar por tercera vez a la URSS. La neutralidad generó para Finlandia y sus vecinos nórdicos una doctrina militar de defensa no agresiva, que  sostiene que su poder militar no amenazará nunca a Rusia. Hoy la pretensión rusa es neutralizar países que fueron parte del bloque soviético, pero estaban distantes del mundo ruso, y que fueron ocupados y sometidos post Segunda Guerra Mundial; pero también a los países de Europa central, desmarcándose de los alegatos rusos que solo querían una esfera no OTAN alrededor de Ucrania. Ya Putin había alcanzado el gran sueño ruso: acceso al Mediterráneo con la base de Tartus en Siria.

La reacción es de temor: los acontecimientos suceden apenas a 400 kilómetros de Viena. Eso explica que países menores, como Croacia, Noruega, Portugal, Dinamarca, Finlandia, Polonia y Suecia, envíen activamente armas y equipos, uniéndose a Reino Unido. En un acto inédito, este 1° de marzo Francia autorizó a los voluntarios ucranianos en la Legión Extranjera a viajar con su equipo completo a defender su país. Para Europa se acabó el tiempo del pacifismo, como dijo el Primer Ministro italiano Mateo Draghi: “En las últimas décadas, muchos se habían engañado a sí mismos pensando que la guerra ya no tendría lugar en Europa. Que los horrores que caracterizaron el siglo XX fueron monstruosidades irrepetibles. Que la integración económica y política que habíamos perseguido con la creación de la Unión Europea y que las instituciones multilaterales creadas después de la Segunda Guerra Mundial estaban destinadas a protegernos para siempre».

El actor más relevante de Europa Central, Alemania, ha cambiado su convergencia con Rusia a la búsqueda de su seguridad: el 27 de febrero el canciller alemán Olaf Scholz reorientó su política de defensa: “A partir de ahora, año tras año, Alemania invertirá más del dos por ciento de su producto interior bruto en nuestra defensa”, algo conforme a su estatura estratégica. Esto se une a la declaración pública de gran número de naciones europeas, las sanciones económicas, la prohibición de sobrevuelo de aviones rusos por 32 países, y la prohibición de operar a RT y Sputnik como entidades de desinformación contra Occidente, a lo que Putin ha respondido con la activación de “las fuerzas de disuasión del Ejército ruso en régimen especial de servicio de combate”, esgrimiendo las “declaraciones agresivas” contra Rusia. En suma, estamos ad portas de una conflagración en que la tentación nuclear implica por cierto la autodestrucción. Moscú juega con esto y con la viabilidad del planeta. Quizás por eso la llamada del ejecutivo ucraniano a Beijing puede ejercer una acción moderadora. Sin pelear, entre tanto. China sería favorecida siempre y cuando no haya escalada nuclear, en la cual no habrá vencedor alguno.

*Cristián Garay es historiador

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